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Juego de Tronos, el verdadero final
Crítico

Diego Agudelo Gómez

Publicado el 18 de mayo de 2019

Juego de Tronos, el verdadero final

¿Es necesario advertir los spoilers cuando han pasado casi ocho días desde el capítulo cinco de la última temporada de Juego de Tronos? Un seguidor fiel no hubiera soportado tanto tiempo bombardeado por las reacciones incontables publicadas en Internet, las cuales hacen difícil medir si, a estas alturas, la serie que nos ha tenido cogidos del pescuezo durante casi una década cuenta con la aprobación o el oprobio de sus fanáticos.

Como van las cosas, esa fidelidad que se le dedica a una producción también está en duda: se han dejado tantos cabos sueltos en lo que va de la temporada que preveo un desenlace Deux ex machina, un conejo salido de un sombrero que a todos nos dejará con cara de WTF. Todo el hilar a lo largo de tantos capítulos sobre el Trono de Hierro y en la destrucción de la Fortaleza Roja, bajo el vómito de llamas de Drogón, ni siquiera vimos cómo se fundía esa poltrona que debe ser un verdadero martirio para las hemorroides -se entiende la amargura de los reyes y reinas que se sientan en ella-.

Por otro lado, los personajes que habíamos endiosado desde el principio de la serie perdieron su alma. ¿De dónde salió el Jon Snow pusilánime que inclina la cabeza por amor? Ygritte, sagrada pelirroja de las tierras salvajes, primer amor de este Targaryen secreto, guerrera certera con el arco y la flecha, era mil veces más temible que la madre de los dragones y ni siquiera galopaba sobre las escamas de un dragón -ahora que lo pienso, volar sobre esas escamas puntiagudas, sin montura ni protección, debe provocar un cayo vergonzoso además de originar una mala leche que explica muy bien la cólera destructiva que vimos en el último episodio-.

Si habláramos de Bran, ¿su única función era ser el señuelo del Rey de la noche? Tanto misterio, tanto poder, tanta supuesta sabiduría para esperar a su némesis bajo las ramas de un árbol y ni siquiera enfrentarlo con su magia ni revelarnos el origen, las motivaciones o los secretos de este zombi coronado que se convierte en escarcha con apenas un leve pinchazo. He visto maleantes en el centro de Medellín con rostros más temibles y cicatrices tan absurdas que hubieran sido mejores candidatos para capitanear una horda de muertos.

Arya parecía ser la salvación de la temporada, furtiva como los ninjas, grácil como una gacela, virtuosa en el manejo de la espada, mirada de hielo, de palabras afiladas como sus cuchillos. Amamos el momento en el que salta sobre el Rey de la Noche y aplaudimos el ardid que le permitió encajar la daga entre sus costillas. Sin embargo, ¿es posible perder tan fácil esa determinación que la hace partir silenciosamente de Invernalia para matar a la infame reina Cersei? En su diálogo final con el Perro renuncia a su venganza por temor a morir, ¿por qué no repitió el mantra que le suele recitar al señor de la muerte?

Y si vamos a Cersei, nunca le perdonaré a los guionistas que la hubieran borrado del mapa con un alud de ladrillos y abrazada a su hermano y amante, en una imagen shakespeariana que la reduce a indefensa doncella cuando siempre había estado encumbrada en el rango más alto al que puede aspirar una bruja.

Ahora, la locura inexplicable de Daenerys, que achicharra sin discriminar a hombres, mujeres y niños, y convierte en ruinas la ciudad que esperaba reinar, hizo que su figura transitara de la luz a la oscuridad. No les miento, disfruté tanto caos y destrucción, si tan solo esa destrucción hubiera afectado nada más a la ciudad, pero se ha extendido al guion de la serie y el desenlace no parece tener oportunidad de restaurar la magia que quizás podremos recobrar cuando George R. R. Martin -o su zombi- termine de escribir el último libro, el verdadero final.

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