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La deriva hacia el fondo de una piedra
Crítico

Diego Agudelo Gómez

Publicado el 26 de junio de 2021

La deriva hacia el fondo de una piedra

Juan Forn es un escritor de efectos secundarios. Someterse a su obra —su principal obra, sus contratapas, sus columnas fulminantes en las que se condensa la historia de la literatura— implica desatar una metástasis sobre cualquier biblioteca personal. Después de leer cada historia suya es muy difícil reprimir el deseo de correr a cualquier librería para buscar a los autores de los que Juan Forn habla de esa manera tan propia que encontró para sumergirse hasta el fondo de las vidas y sucesos de las que surgieron las obras que lo encandilaron como lector. Juan Forn también es un escritor del que no se puede hablar en pasado. Aunque el domingo 21 de junio un infarto se le hubiera interpuesto en su jornada de lectura, a Juan no le queda bien que sus hazañas lleven verbos como fue, escribió, leyó, murió o vivió. A fuerza de leer y convertir esa lectura en una resonancia que se iba expandiendo entre sus lectores como las ondas que generan las piedras arrojadas a un estanque, Juan Forn es elusivo a esa conjugación porque es quien arroja la piedra y también es la piedra: un fragmento de meteorito disparado hasta el fondo del lenguaje y en cuyo recorrido hace saltar chispas de las vidas que conforman la historia espiritual del ser humano. Eso son las historias que Juan Forn cuenta, una taxonomía rigurosa de la imaginación en la que se encuentran especies de escritores oscuros, músicos que entregan su biografía a cambio de chutes de heroína, mujeres que remiendan las heridas de sus pérdidas con versos cáusticos, novelistas entregados a la seducción del suicidio, fugitivos caníbales que atraviesan Siberia, emigrantes hercúleos con sed eterna de vodka, poetas deshauciados que burlan a la muerte escribiendo siempre una palabras más...

Por sus Contratapas de Página 12, Juan Forn es el dueño de los viernes. Por lo menos para muchos lectores lo es. Empezar el día con una buena historia siempre es algo memorable y a Forn se le puede atribuir una cantidad bastante extensa de viernes iniciados de esa forma: la conmoción simultánea de miles de lectores perplejos ante su prosa no era visible pero ahí estaba, haciendo trizas las gargantas de quienes respondían con llanto, abriendo los ojos para reconocer los andamios de la creación, provocando convulsiones por el hallazgo de lo increíble, de la maravilla.

Esa conmoción fue un poco más visible el domingo 21 de junio, por el infarto, por la noticia que cayó como por obra de un ángel bromista, por tener que acoger por un momento esa

idea difícil de tragar de un Juan Forn que ya no escribe y ya no lee. Por fortuna, el momento es breve. Juan Forn es hábil esquivando la muerte, no porque pueda decirse que sigue vivo en sus textos o que su voz estará resguarda en sus libros, también, pero eso se sabe; Juan Forn puede esquivar a la muerte en doble sentido: a través de sus lectores, que seguirán entrando en los libros remedando su mirada de azor —buscando las chispas de esas vidas, siguiendo la ruta hacia el fondo de la piedra— y a través de los escritores y artistas que convirtió en materia de su propia obra. Un lector de Juan Forn ya estará polinizado, por decirlo de algún modo, y en los libros que Forn leyó, lo encontrará, campante, sonriente, voraz, y en ese encuentro con Forn y el escritor y el lector, habrá comunión, siempre, como le gustaría a Juan.

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