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Publicado el 06 de septiembre de 2021

La melancolía del arraigo. La Casa de Mamá Icha, de Óscar Molina

Despedirse de familiares, amigos y todo un entorno. Salir del país en búsqueda de un mejor futuro, de oportunidades que no se encuentran en el propio territorio. Construir una nueva realidad, pero nunca perder el anhelo por volver a lo conocido. Regresar y encontrar las raíces ancestrales y los vientos del cambio. La historia invisible de muchos durante generaciones que nos lleva a reflexiones sobre política, economía y propósitos de vida. El documental colombiano La Casa de Mamá Icha (2020) nos lleva por una historia de amor y dolor, del verdadero valor del arraigo y la claridad de tener un lugar en el mundo.

El director Óscar Molina encontró este común denominador hace más de veinte años, en uno de sus múltiples viajes. Migrantes que están buscando oportunidades, pero que entre sus principales objetivos está enviar dinero a su lugar de origen y construir una casa, para tener donde retornar. Dentro de esos caminares, encontró en Filadelfia, Estados Unidos, a María Dionisia Navarro, Mamá Icha. Una mujer que había migrado hace más de 30 años y ahora, con sus 93, quiere retornar a su Mompox del alma, regresar a la casa que había construido con el dinero enviado pacientemente durante tantos años. Una aventura que muchos migrantes no tienen la oportunidad de vivir.

Las evocaciones de un pasado, los atardeceres, los hijos que se quedaron, las comadres y un especial orden de las cosas en su casa, son el motor para abandonar a su hija, su nieta y la comodidad que ofrece un país como Estados Unidos. Al llegar, encontrarse con un panorama no tan idílico, tener la confrontación con sus hijos, el abandono en el que se encuentra la casa y la bofetada de realidad para encajar y resolver los apuros del ahora.

La Casa de Mamá Icha es un documental que demoró siete años de realización. Desde su investigación inicial, rodaje de dos años de seguimiento a la historia, otros años de montaje para depurar 180 horas de grabación, hacer primeros cortes, buscar financiación para finalizar posproducción y llegar a cartelera. Una historia universal de arraigo con los matices de la familiaridad, de la cercanía y complicidad de un director, con la mirada en la alegría, el drama y el resquebrajamiento del sueño. Muchos migrantes no logran regresar a la casa construida, muchos no disfrutan ese sueño hecho de sacrificio y melancolía. En este filme podemos vivir de manera muy íntima ese periplo, los encuentros y desencuentros de lo que se puede encontrar.

En palabras de Óscar Molina, acercarse a un personaje como mamá Icha es sentir muy cerca esa necesidad del retorno. Entender las dificultades y decisiones que estaba tomando su personaje, las implicaciones de lo que dejaba y lo que encontraba. Más allá del interés audiovisual y documental, fue comprometerse para tratar de protegerla, pero también recordando los límites como documentalista. Una delgada línea con toda la carga ética y emocional en el desarrollo de los acontecimientos.

Y como sucede para todo director que llega a ese punto de complicidad y compromiso con un personaje, se crea un vínculo que va más allá de la cámara y queda reflejado en la gran pantalla. Crear una relación profunda con mamá Icha para hacer parte de sus sueños, y hasta ella convertirse en parte de la realidad de él. Comenta el director que, cuando salía a grabar, “mi mamá era celosa por pasar tanto tiempo con ella, que parecía el patico detrás de la pata... Le contaba a mamá Icha, y ella se reía y le contaba a las amigas”. Una complicidad que logra recogerse en las miradas de los personajes, en una cámara revelando la intimidad, en las pausas de la cotidianidad anhelada por mamá Icha, los animales que ambientan la casa y los malestares que se desatan por paredes, techo y ambición.

Un documental que narra con delicadeza los hechos que suceden en largas semanas, nos lleva a la profundidad de las decisiones y las tensiones que se levantan en la historia, y nos invita al límite de la indignación. Una película con la presencia del director, con esa firma entre planos, preguntas y punto de vista; que no pasa desapercibido y, por el contrario, horma y canaliza las emociones. Una historia criolla que refleja el peregrinaje de generaciones. Una casa que se arma con aromas de hogar, corredores por los que todos caminamos e identificamos como propios, despedidas con matices y la convicción de pertenecer a un lugar en el mundo

CRÍTICO ANDRÉS M. MURILLO R.

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Crítico de cine

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