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Killabeatmaker y el día que llovió música

hace 1 hora
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  • FOTO cortesía miguel delgado g.
    FOTO cortesía miguel delgado g.

Hay días en los que uno va a buscar un libro y termina encontrando una revelación. Eso me pasó en el Jardín Botánico de Medellín, durante la Fiesta del Libro, hace unos años, cuando el verde parecía multiplicarse en todas sus versiones posibles y la ciudad, por unas horas, parecía recordar que también sabe leerse a sí misma. Caminaba entre stands, autores, niños desordenados y lectores atentos, buscando El acto de crear, de Rick Rubin. Un libro discreto, casi invisible, que no se impone desde la vitrina sino que se deja encontrar por quienes ya están en la pregunta correcta: para qué crear, desde dónde, con qué cuerpo.

Después de más de una hora de búsqueda, lo encontré. Lo celebré como se celebran las pequeñas victorias íntimas. Rubin escribe que quería hacer un libro sobre cómo crear arte y terminó escribiendo uno sobre cómo ser. Esa frase quedó suspendida en el aire, como si supiera que algo estaba a punto de ocurrir. Y ocurrió.

En Medellín, el cielo no avisa. La lluvia llegó con violencia, oscureció la tarde, obligó a correr, a protegerse, a improvisar. El libro, apretado contra el pecho, se volvió un objeto sagrado. Y justo cuando todo parecía arruinarse, cuando el plan se disolvía en agua, la música apareció. No como fondo ni como espectáculo anunciado, sino como irrupción. Como si estuviera enterrada bajo la tierra y hubiera decidido salir.

En un escenario pequeño, casi ignorado hasta entonces, comenzó un beat. Bajo, semillas sonoras, electrónica viva. Un DJ levantó la mirada y señaló el cielo. A su lado, una mujer interpretaba gaitas con los ojos cerrados, recordándonos que este territorio también canta desde lo ancestral. Un percusionista activó algo que iba más allá del ritmo. La gente dejó de correr. Yo dejé de pensar. Estaba bailando electrónica bajo la lluvia, empapado, feliz, sin pose, sin saber bailar, pero bailando igual. El libro ya no importaba. El ritual había comenzado.

Ese proyecto se llama Killabeatmaker, y detrás está Hilder Brando, un músico que lleva más de quince años haciéndose una pregunta incómoda para la electrónica contemporánea: ¿qué pasa cuando deja de mirarse al espejo y empieza a escuchar el territorio que pisa? Su recorrido no es lineal ni complaciente. Pasó por el funk, el rock, el rap, las músicas colombianas, hasta encontrarse consigo mismo en un proyecto donde la música no se contempla, sino que se baila.

Killabeatmaker no entiende la electrónica como género cerrado, sino como lenguaje. Uno global, sí, pero maleable. Por eso suena a Caribe, a montaña, a selva mental. Por eso conviven sintetizadores con gaitas, MPCs con palmas, máquinas con error humano. No hay obsesión por sonar “internacional”, sino por sonar honesto. Y en esa honestidad aparece algo raro en estos tiempos: identidad sin consigna, territorio sin folclor congelado.

En vivo, su propuesta se vuelve evidente. No reproduce canciones, las activa. Las habita. El cuerpo del público termina siendo parte del discurso. Cada show es distinto porque cada noche, cada clima, cada comunidad responde distinto. Incluso en escenarios lejanos, como su paso por Glastonbury, su música conecta sin necesidad de traducción. Porque cuando la electrónica se vuelve ritual, no necesita explicación.

En el fondo, Killabeatmaker propone algo radical: recuperar el acto de bailar como experiencia colectiva, física y espiritual. No como consumo ni tendencia, sino como necesidad. Lejos de la inteligencia artificial y cerca de lo que él llama inteligencia artesanal, su música se construye con tiempo, error, café, pies descalzos y memoria.

Desde Medellín, este proyecto no busca imponer respuestas, sino activar preguntas. Cómo hacer electrónica con memoria. Cómo bailar sin olvidar de dónde venimos. Cómo convertir un aguacero en celebración. Porque hay músicas que no se analizan ni se etiquetan. Hay músicas que, simplemente, aparecen. Y se bailan bajo la lluvia.

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