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La primera y la última maravilla
Crítico

Diego Agudelo Gómez

Publicado el 06 de marzo de 2021

La primera y la última maravilla

Es difícil hablar de la señora Maisel y no sentir que las palabras todavía tienen inmensas cumbres por escalar si quieren acercarse aunque sea un poco a sus espléndidos tobillos. Es elocuente y mordaz, nada nuevo que decir cuando se habla de un personaje que de manera imprevista encuentra en el stand up comedy una razón para vivir. Pero la señora Maisel tiene un modo de desplegar su elocuencia que francamente hiela la sangre, el flujo de las venas se detiene para no interrumpir con su murmullo ninguno de sus monólogos. Son demoledoras las diatribas que la señora Maisel improvisa en el escenario, sobre todo cuando nacen de la rabia, una rabia por cierto elegante, que le permite arañar la epidermis de hipocresía que recubre el mundo en el que vive.

A finales de los años cincuenta la señora Maisel estaba preparada para ser la esposa judía perfecta, cómplice de la empresa descabellada de su marido, que en lugar de buscar la fortuna como sus congéneres usureros y tacaños, quiere alcanzar la gloria contando chistes en bares de mala muerte, semisótanos oscuros en los que el humo de cigarrillo se trenza con los hedores que despiden los orinales. Pero no contaba la señora Maisel con que su retablo perfecto de sueño americano tenía, como es lógico, un reverso de traición e inseguridad. Y de ahí nace su rabia, como un embrión que abre de forma prematura sus ojos y contempla un mundo que espanta. Ah, pero este embrión es de una especie feroz y no corre a esconderse. De hecho, sale disparado como un torpedo que golpea certeramente sus blancos, siempre enfundado en la colección más exquisita de vestidos que se ha visto en producción alguna. (Un ejercicio que me he propuesto para la próxima vez que vea la serie completa es el de comprobar que la señora Maisel, Miriam, o Midge para sus más allegados, nunca repite atuendos entre las escenas. Por cada capítulo pueden ser hasta cinco cambios de ropa y tengo la impresión de que en los 27 episodios que acumulan las tres temporadas, no he visto dos veces la misma combinación de ropa).

Y vaya que es importante destacar el inagotable guardarropa de la señora Maisel, el glamour que se le da tan naturalmente, los buenos modales característicos de una clase social que se desvive por levantar apariencias de bienestar, prosperidad y buen gusto. La señora Maisel, a bordo de su rabia conservando el sentido sibarita de la vida, aprende cómo hacer que tanta falsedad se desmorone. Acarrea ese tipo de genios del que se suele decir que está adelantado a su época, aunque el de ella parece obrar en una dirección distinta, no se adelanta a su época sino que la arrastra consigo, le abre nuevos horizontes, la despierta a un amanecer en el que las mujeres pueden labrarse un destino escindido de ese mundo masculino que todavía las considera compañeras ornamentales, amantes sumisas, novias ejemplares o esposas blindadas de estoicismo.

Pero la rabia es solo una punta de lanza. El arsenal de la señora Maisel es vasto. Una inteligencia demencial que le ayuda a enhebrar en su lengua corrosivas arengas que detonan en su público la risa efervescente del que aprende a despojarse de su propia hipocresía. Una belleza incomparable alumbrada por ojos oscuros y labios cuyos provocativos rictus dejan asomar de tanto en tanto ese mundo oculto y complejo que florece en su mente. Además, cuenta con la compañía desternillante de su manager, Susie Myerson, quien no solo vio gemas invaluables en el talento de Midge sino que ella misma riega en todas las escenas un rosario de chistes negros e insultos tan virulentos que convierten a los guionistas de esta serie en verdaderos Jedis del diálogo y la trama.

Si hubiera que elegir las ocho maravillas del mundo de las series entre el sinfín que hasta ahora existe, The marvelous Mrs. Maisel (Amazon Prime) tiene sin duda la talla para ocupar todos los puestos.

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