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El tenis es sexi. Muchos deportes lo son, claro, con su glorificación del esfuerzo y de los cuerpos trabajados hasta el cansancio, pero el tenis tiene esa narración con gemidos cada 3 segundos que hacía que un partido de María Sharapova o de Rafael Nadal fuera casi pornográfico. Sin embargo, esa cualidad que todos reconocemos, lo sexi, es muy difícil de incorporar al cine, porque no basta con mostrar piel y sudor; se necesitan diálogos insinuantes, una actitud altiva del reparto, una historia seductora. Por eso es notable lo que ha conseguido en Desafiantes Luca Guadagnino: un largometraje que sin explayarse en el detalle de las jugadas consigue incorporar en todos los elementos formales (actuaciones, guion, edición, vestuario y sobre todo música) esa temperatura ardiente, ese fragor de batalla que tienen los partidos de uno de los deportes más bellos que existe.
El guion de Justin Kuritzkes, escrito con gracia y ardor, le ofrece al director italiano una estructura sólida que atrapa la atención de los espectadores como lo haría un gran partido, yendo de un extremo a otro de la cancha, aunque en este caso sea del tiempo, llevándonos del presente en el que dos rivales enconados se esfuerzan por ganar la final de un Challenger (de allí el juego de palabras del título original, imposible de replicar en español) hasta el pasado en que esos mismos personajes, Art Donaldson y Patrick Zweig, eran compañeros de dobles, amigos y casi que una sólida familia (sin que mencionemos la constante pulsión homoerótica que lo permea todo), cuyo equilibrio fue alterado por la llegada a sus vidas de la magnífica Tashi Duncan, que los hace sentir emociones tan intensas como las que tienen jugando.
Tashi está encarnada por Zendaya, que construye un personaje complejo y nada obvio, una mamá que lo es a su pesar, que también será la espectadora más importante del partido final, entrenadora de uno de los contrincantes y esposa, amante y obsesión de otro, en un rol que se balancea entre los temperamentos y la forma de asumir la vida y el tenis, contrastantes, de los otros dos. Si algo funciona bien en Desafiantes es conseguir que ella encarne todo lo que se juega en un partido que no vemos a través de una pantalla: el orgullo, el miedo al éxito, la incertidumbre de la derrota, las apuestas que no se cuentan.
La música aquí es vital. Trent Reznor y Atticus Ross crean una serie de temas con bases electrónicas que no concuerdan con el tempo de las escenas sino con la intensidad interna de los momentos, con el ritmo de los latidos. Y aunque Guadagnino se pasa de “autor” eligiendo al final unas cámaras subjetivas que se salen de la estética que había construido, nos regala a los que hablamos español la clave de todo cuando escoge Pecado, cantada por Caetano Veloso, como puente de una escena en que Tashi sabe que está faltando “a las leyes honradas del hombre y de dios”. Porque a Tashi también la aturde la vida como un torbellino, como quien se juega todo lo que tiene en el tie-break del último set.