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Una canción de despedida para Peaky Blinders
Crítico

Diego Agudelo Gómez

Publicado el 25 de junio de 2022

Una canción de despedida para Peaky Blinders

El último capítulo de una serie es la despedida de un universo. Durante cinco, seis, siete años o más, una historia nos mantiene en vilo, fieles al devenir de su trama, siempre a la expectativa del próximo estreno, de los giros que mostrarán el verdadero rostro de sus protagonistas, atentos a las proezas maquinadas por el equipo de producción, esperanzados en que el guion mantenga la intensidad, la crudeza, el ingenio, el humor, la rareza, el desparpajo, para que no descienda de las cúspides creativas que ha alcanzado.

Durante cinco, seis, siete años o más, miles de personas en todo el mundo hablan de la serie, el fandom crea universos alternativos desde múltiples expresiones: se hacen parodias, ilustraciones, se estampan camisetas, se crean foros para discutir el destino de los personajes, imaginar sus otras vidas posibles, cómo reaccionarían ante tal o cual problema; y si en el próximo episodio pasa esto, entonces fulano debería hacer aquello; y si la trama toma este camino, entonces lo mejor sería que este protagonista reaccionara así pero este otro protagonista reaccionara asá.

Cuando una serie se abre para envolvernos con su historia nos entrega las llaves de casa para que en el lapso entre capítulo y capítulo, entre temporada y temporada, exploremos cada rincón, desde los sótanos y sumideros hasta las alcobas principales y los áticos que guardan secretos. Pero llega el final definitivo de la serie y hay una sensación de orfandad que nos expulsa a una deriva azarosa, mientras nuevos universos se abren para darnos refugio.

Y si es un universo como el de Peaky Blinders el que llega a los límites de su expansión, el que decide cauterizar cada línea narrativa y presentar el desenlace de sus feroces personajes, hay solo una manera de sobrellevar el duelo y aguantar la deriva, la misma serie nos ha entregado la receta a lo largo de sus seis temporadas: una descarga de música que nos mantendrá vinculados a una historia que siempre fue un despliegue magnífico de creatividad humana.

En 36 episodios Peaky Blinders nos dejó escenas memorables, actuaciones impecables, una ambientación minuciosa de una época de atmósfera mítica gracias al cuidado del vestuario, la construcción de los escenarios, el virtuosismo de los directores de fotografía, que lograban pintar los espacios con matices vibrantes de luz y de sombras, guiones con la precisión de una bomba de relojería y un desfile de personajes devenidos en leyenda, como Tommy Shelby, el volátil Arthur o la mística tía Polly, cuyo influjo se mantuvo a pesar de que la actriz que la encarnaba, Helen McCrory, falleció sin llegar a rodar ni un episodio de la temporada final.

Algo más que nos dejó Peaky Blinders y que puede compensar el vacío que deja, es una banda sonora brutal, con fuerza de tempestad, explosiva por momentos, sutil casi siempre, deliberadamente subversiva, con visible intención anacrónica, pues cada nota sobre la que cabalgaban las escenas contribuía a apuntalar el sentido vanguardista y rebelde de la serie.

Tomen la lista de tracks de esta banda sonora y escojan cualquiera al azar para despedirse de Peaky Blinders, del destino de ascenso, caída y resurrección de Tommy Shelby. Repitan el procedimiento todas las veces que deseen, tienen más de 130 exquisitas posibilidades: podrían sonar los himnos desesperados de Radiohead o la furia de juventud maldita que Joy Division estampó en Disorder. Siempre estará la promesa de la voz fulgurante de Nick Cave, su indestructible melancolía, en contraste con los rifts vertiginosos de The White Stripes. Black Sabath, Tom Waits, Queens of the Stone Age, PJ Harvey, Artic Monkeys, Puccini, Pavarotti, cada track de esta lista incendiaria puede ser una despedida con aire de muerte y de revolución. Peaky Blinders deja como uno de sus legados un paisaje sonoro que define muy bien los estados turbulentos del alma humana, esos vaivenes entre violencia, redención y gloria entre los que se despedaza un destino.

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