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Todos los cuentos el cuento
Crítico

Gustavo Arango

Publicado el 25 de febrero de 2019

Todos los cuentos el cuento

Gustavo Arango
Profesor de literatura

A Octavio Escobar Giraldo le caería bien la expresión frecuente para hablar de los que no reciben la atención que merecen: “Es un secreto bien guardado”. Pero ni el autor ni la obra son secretos ni están guardados. Escobar Giraldo ha recibido toda clase de distinciones nacionales e internacionales, su creación es constante y de calidad. El problema es que sus libros están dirigidos a lectores atentos a sutilezas y el autor está tan enfrascado en su escritura que no le queda tiempo para las relaciones públicas.

La editorial Eafit publicó una antología de sus cuentos, con el título menos imaginativo que se pueda imaginar: “Cuentos”. Pero ya esa aparente simpleza nos sugiere la manera como el autor se acerca a sus temas. Un lector descuidado puede pasar de largo sin enterarse de lo que pasa. Verá montones de citadinos en el borde de la caricatura, la mayoría gravitando en torno a un centro comercial con aspecto de zoológico, pensará que casi todas las historias están interconectadas, pero al final quedará con un gesto de desconcierto. Para los familiarizados con el género, con autores como Salinger o Cortázar, la explicación de esta aparente falta de tramas radica en que la procesión va por dentro, en que el cuento verdadero es aquello que no nos cuentan.

Desde “Con Sandra en EL HIP”, el primer texto del libro, el lector se encuentra con un problema: ¿Cómo se pronuncia eso? EL HIP es un lugar misterioso, situado en un centro comercial que reaparecerá en varios relatos y que terminará volando en pedazos por un carro bomba. Las escenas son casuales. Los diálogos abundan. Una familia va al Megacentro Babilonia y lo único que vemos de manera ostensible son los movimientos y diálogos triviales de los personajes. Un leve parpadeo y nos perdemos el detalle de que una de las chicas -a quien su padre ve todavía como una niña- ha contraído una enfermedad venérea que puede ser de fatal.

En “Hotel en Shangri-Lá” un par de hombres resultan ganadores de un premio en un centro comercial. La sospecha de que ambos comparten la misma mujer, el uno como esposo y el otro como amante, genera una tensión que nos hace olvidar de otros detalles: como el hecho extraordinario de que el narrador pueda ser un jabalí.

En “El diámetro de la cúpula de la capilla sixtina”, asistimos a una comedia de errores que al final parece salir bien. Un hombre aficionado a acumular conocimientos triviales se siente culpable porque dio una referencia equivocada. Al final, el padre de su “víctima” lo confunde con un doctor y toma sus opiniones como si fueran dictámenes médicos.

En “543 minutos, 21 segundos” asistimos al operativo que destruye el centro comercial, pero la atención está dirigida a detalles menores. Al final, Marta Cecilia baja al parqueadero, deja libre el espacio para el carro bomba y se marcha: “Un coro de sirenas acompañó su regreso a casa”. Esa elipsis, esa ausencia del hecho trágico, caracteriza el estilo de Escobar Giraldo. La sangre y los muertos se los deja a la literatura de noticiero.

Los demás cuentos del libro tienen tonos y temas diversos. En “Infestación”, el cuento que leemos “tiene piojos” y -por consejo de su esposa- el autor lo cepilla y le lava el pelo. En “De música ligera”, un hombre intenta distraerse con canciones y películas para no tener que admitir que “de aquel amor nada más queda”. En “¿Recuerdas Staying Alive?”, el fantasma de Andrés Caicedo merodea en el monólogo de un camarógrafo que sueña con estar algún día frente a las cámaras, En “Apócrifo” asistimos a una escena probable y enternecedora entre José, el padre de un chico que es “un milagro de Dios”, y una prostituta llamada María Magdalena. Finalmente, en “La muerte de Dioselina”, vemos romperse el corazón de un chico que se hace hombre.

En una de las últimas novelas de García Márquez, un personaje dice que “Mientras más transparente es el lenguaje, más se ve la poesía”. La obra de Escobar Giraldo no parece literaria pero está llena de poesía, de vertientes, de posibilidades. Podemos apreciarlo en ese personaje que dice: “Llevo siglos esperando un momento”, o en esa chica que dice: “Parecemos nuestro propio recuerdo”, o en esa expresión casual, después de haber visto muchos animales en el centro comercial: “La cebra amarilla lo llevó al ascensor”. Abunda el humor fino y cruel: “Y si lo agarran, ¿cómo se va a suicidar?” Y, de principio a fin, hay una tremenda compasión, como en la imagen del chico que disfruta por primera vez “la caricia amarga de la cerveza”.

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