Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8
A veces pierdo la fe en lo que pasa con la música en Colombia. Todo lo mismo, todo tan frío, sin la mística que hacía emocionar, sin la energía que yo mismo tenía cuando a los quince años perseguía bandas por que sí, porque me enamoraba sentir la energía de un concierto. Pero a veces, como esta vez, pasan cosas que devuelven la esperanza y dan alegría genuina que invita a escribir o a querer de nuevo ir a muchos conciertos.
Y así surge una idea que no nace para llamar la atención, sino para resolver una incomodidad y la mística que se ha perdido. A esa idea la llamaron: Bengala y no surge de una búsqueda de marca o de una estrategia de agencia, más bien nace por el cansancio honesto de tocar en conciertos donde la música se interrumpe más de lo que suena. Y quizás por eso funciona: porque propone algo tan simple como radical en estos tiempos: que la música no pare.
Bengala es un solo show. Un mismo escenario, un solo sonido, un mismo ingeniero, el mismo backline. No hay cambios eternos ni pausas técnicas que enfríen al público. Durante dos o tres horas, cuatro o cinco bandas comparten el espacio y el tiempo como si se tratara de una sola criatura musical con muchas voces. Nadie se baja para que otro empiece. Las canciones se encadenan, los músicos se cruzan, el concierto avanza sin distracciones como un solo show.
La experiencia cambia desde el primer minuto. El público no espera “al que viene”, no mide el tiempo entre sets, no siente que el show se rompa en fragmentos. Todo ocurre de corrido, como una conversación larga. La atención se sostiene porque no hay cortes. Y la emoción crece porque lo que pasa en el escenario no está pensado para repetirse igual.
Detrás de esta idea están dos buenos amigos: Nano, vocalista de Nepentes, y Manzano, vocalista de Grito. Dos músicos que conocen el escenario desde adentro, que han vivido la lógica tradicional del concierto y que decidieron probar otra cosa ¿qué pasa si dejamos de desmontar y empezamos a tocar juntos?
El resultado es más que logístico. Compartir sonido y equipo obliga a escucharse, a confiar, a adaptarse. Las bandas no compiten por volumen ni por protagonismo, más bien trabajan en común por un solo elemento, la música. El escenario deja de ser un lugar de turnos y se convierte en un espacio común. Esa decisión técnica termina teniendo un efecto artístico y, sobre todo, comunitario.
Que este proyecto haya nacido en Medellín no es un dato menor. En una ciudad donde la música se ha profesionalizado a gran velocidad, Bengala aparece como un recordatorio: la escena se construye colaborando, no aislándose. Aquí no hay teloneros ni acto principal, no hay jerarquías marcadas. Hay músicos tocando para que un show funcione, no para que su parte quede mejor en el recuerdo.
Espero que Bengala no se queda en lo local. Justamente porque su lógica es clara y replicable, tiene una vocación viajera. No depende de un género, de un circuito específico ni de un público cerrado. Puede suceder en cualquier ciudad donde existan bandas dispuestas a compartir escenario y públicos con ganas de vivir un concierto distinto.
En una época obsesionada con la inmediatez y el recorte, Bengala apuesta por la continuidad. Por quedarse. Por no mirar el reloj. Durante esas dos o tres horas, la música no se detiene y el tiempo parece acomodarse a su ritmo. Y eso, hoy, es casi un gesto político.
Y para finalizar, me queda una reflexión. Lo que propone Bengala es algo más raro y más valioso en estas épocas: volver a tocar como si la música importara más que la espera. Quizás por eso se siente menos como un evento y más como un estado. Uno que nació en Medellín, sí, pero que tranquilamente puede encontrar casa en cualquier lugar del mundo donde alguien esté cansado de hacer fila para escuchar una canción.