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Un amor con piel de terciopelo

05 de diciembre de 2023
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Este es un murmullo lejano de un amor rocanrolero repleto de crestas, pogo, baladas, rancheras, melenas al viento, actitud y estética kitsch y la banda sonora con nombre propio: Aterciopelados. Es el amor de telenovela latinoamericana, el amor de un dúo dinámico que no ha dejado de resonar y que aunque su historia se haya apagado desde el romance, sigue el cariño de siempre fulgurando en sus canciones.

Imagínense a Corín Tellado con una guitarra eléctrica: esa es la historia de ellos dos, de Andrea y de Héctor, de Héctor y de Andrea, un bolero falaz con actitud rockera. Una historia con banda sonora que haría llorar a cupido de envidia.

Ambos se conocieron en una universidad de la ciudad de Bogotá, ella una gomela, artista y amante del bolero y la ranchera, y él, un punketo del barrio Restrepo de Bogotá, pestilente y rebelde. Juntos hicieron pirotecnia con una sola mirada que se consolidó cuando al tiempo se encontraron nuevamente porque Andrea tenía un amigo que la invitó a cantar en una banda, ella aceptó porque en su casa todo el mundo cantaba, así que no era nada raro para su vida, de hecho, quería cantar. El ensayo era en la casa de Héctor. El amigo que los unió no volvió a tocar y así quedaron los dos con toda esa inspiración en las vísceras y con el amor en los ojos.

A él le llamó la atención su alma de artista, su look estrafalario y su pelo a ras. A ella, la ternura detrás de esa actitud hardcorera y rebelde. De esa explosión multicolor salió un amor bonito que desencadenó en un bar: Barbarie. Y en una banda de rock: Delia y los aminoácidos, él como bajista y ella como cantante.

No tenían más de 25 años, pero esa actitud de espíritu joven les dio alas, arte, amor y canciones. Con ellas, lograron reunir algo de dinero para irse a vivir juntos a un edificio barato del tradicional barrio bogotano La Candelaria.

Ahora tenían donde vivir, donde ensayar y un lugar para trabajar y ganar dinero. Pero a los meses, por el ruido, el descontrol y esa fuerza de la juventud en éxtasis que los visitaba en su bar, Barbarie, recibieron la queja de los vecinos y la policía cerró el lugar. Quedó la música, los recuerdos de fiesta y la banda, porque ese amor incendiario y artístico también llegaba a su fin. Por eso mismo, la banda tomó otro nombre y una fuerza de volcán que no la detuvo nada, el nuevo nombre fue: Aterciopelados.

Una frase de una novela de Simone de Beauvoir, le dio la estocada final a esa banda que cambiaría la historia del rock de colombia y latinoamérica para siempre. La frase era: ‘Aterciopelados la flor de la pasión’, del libro La mujer rota.

El amor acabó pero la música continuó sonando.

Y con Aterciopelados han hecho su sueño realidad. Grabaron una decena de discos, giraron por el mundo, tocaron el cielo con las manos, sus canciones fueron escuchadas por todo un continente, pelearon, se reconciliaron, volvieron a viajar y se siguen amando así cada uno tenga su pareja, su familia y su manera de vivir.

Él punketo, ella gomela. Ella de ángeles, él de calaveras. Un amor ácido y etílico que ha inspirado muchas canciones y que se ha convertido en un referente del rock en habla hispana.

Aterciopelados, un amor con piel de terciopelo.

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