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Incluso si ustedes no creen que Tiburón, de Steven Spielberg, sea una de las películas más importantes de la historia del cine —que lo es—, es muy probable que, si la vieron, recuerden muchas cosas de ella: la música extraordinaria de John Williams, el susto cuando vemos por fin al escualo gigante, el recuerdo enfebrecido que en algún momento narra Quint, el personaje que interpretaba Robert Shaw. Sin embargo, probablemente no se acuerden de que en la cinta había también una trama de corrupción que involucraba al alcalde y a los comerciantes más prestantes, que a sabiendas de que había un tiburón atacando bañistas se negaron a cerrar la playa.
Kleber Mendonça Filho, que fue crítico de cine y programador de festivales antes de ser director, sí lo recuerda e imita a su manera en El agente secreto el mecanismo utilizado por Spielberg para lograr ese sentimiento de opresión y angustia permanente en el público. Si el contraste en Tiburón se producía porque los espectadores sabíamos de la amenaza que habitaba el agua mientras veíamos que la playa de Amity Island se atiborraba de familias que querían festejar sus vacaciones bajo el sol, en El agente secreto a su personaje central, el pobre Marcelo, le comunican que alguien lo está buscando para matarlo en medio de las celebraciones multitudinarias del Carnaval de Recife.
Esa convivencia festiva con la violencia tan latina, que nos permite irnos de rumba mientras todo se derrumba; ese humor burlón tan propio de estos parajes (los periódicos hacen conteos de las muertes violentas durante el Carnaval en primera página), está presente desde el título de la película, que juega con la idea de ser una cinta de espías para luego descubrirnos que Marcelo es una víctima, otra de tantas, de la corrupción que se empodera bajo los regímenes autoritarios. Marcelo, encarnado casi con elegancia por Wagner Moura, sabe lidiar con ella a una escala menor, como lo muestra la primera escena, en la que ofrece cigarrillos cuando un policía le pide su primera “mordida”, pero no logra enfrentarla con éxito cuando la bestia que lo ataca es un empresario protegido por la dictadura militar.
Mendonça Filho no ahorra detalles para mostrarnos que más cruel que ciertos crímenes (de los que se burla parodiando las películas de zombis o que de plano oculta a nuestros ojos, por compasión con sus personajes “buenos”) es lo que la corrupción genera en la sociedad: una oficina de justicia que madruga para ponerse a disposición de una señora poderosa que sabe cuándo llorar frente a los fotógrafos; el culto a la personalidad del líder, con la imagen del dictador Ernesto Geisel apareciendo en todas partes; los amigos en desgracia que ni siquiera pueden saludarse por sus nombres reales por miedo a una delación. La ironía se mantiene hasta el final, pues el hijo de Marcelo se ha olvidado de su padre, pero recuerda perfectamente que su abuelo sí lo llevó a ver Tiburón. ¿Dónde? En una sala de cine que terminó convertida en banco de sangre.