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El apagón de Cuba le habla a Colombia

¿Puede un modelo que no ha logrado garantizar condiciones básicas de prosperidad y libertad ser inspiración válida para una democracia como la colombiana?

hace 5 horas
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  • El apagón de Cuba le habla a Colombia

El reciente apagón en Cuba —que dejó a toda la isla a oscuras durante casi 30 horas— no es un accidente ni una falla aislada. Es, en realidad, una metáfora brutal: la de un modelo que se apaga.

Cuando un país entero queda sin electricidad, no estamos ante un problema técnico. Estamos ante el colapso de una estructura. Y en el caso cubano tiene nombre propio: un sistema económico y político que, durante décadas, prometió garantizar lo básico —energía, alimentos, estabilidad— y hoy no logra ni mantener encendida la luz.

Lo ocurrido este lunes fue apenas el episodio más reciente de una cadena cada vez más frecuente. En el último año y medio, Cuba ha sufrido al menos seis apagones de país. No cortes programados, no racionamientos parciales: colapsos totales del sistema eléctrico. A eso se suman apagones diarios de hasta 12, 15 o incluso 18 horas en amplias zonas. La oscuridad se volvió rutina.

Las causas son conocidas, pero no por ello menos graves. La primera es la escasez de combustible. Cuba depende del petróleo importado, especialmente de Venezuela, cuyo propio colapso ha reducido drásticamente los envíos.

Pero esa es apenas la superficie. El problema de fondo es estructural. El sistema eléctrico cubano está sostenido sobre plantas termoeléctricas envejecidas, muchas con más de 40 años de operación, sin mantenimiento e incapaz de resistir cualquier choque.

Y, como ocurre en todo sistema cerrado, los errores no se corrigen: se acumulan.

La economía cubana, asfixiada por el control estatal, no genera los recursos necesarios para modernizar su infraestructura. Sin divisas, sin inversión extranjera significativa, sin incentivos para la eficiencia, el país opera en un círculo vicioso donde la escasez se reproduce a sí misma. La energía falta porque no hay dinero, y no hay dinero porque no hay energía. Por momentos tiene aroma de lo que hace el gobierno de Gustavo Petro en Colombia con el sistema eléctrico.

Se podrá argumentar —y con razón— que el embargo estadounidense ha contribuido a esta situación. Pero incluso ese factor, real y determinante, no explica por completo la magnitud del colapso. Otros países con restricciones externas han logrado sostener sistemas energéticos funcionales. Cuba no.

Nadie puede desconocer que Cuba no ha logrado sostenerse por sí sola desde la revolución. A partir de entonces –años 60- dependió de la Unión Soviética, que le inyectó decenas de miles de millones de dólares y garantizó petróleo barato y mercados artificiales para sus exportaciones. Treinta años después, cuando ese soporte desapareció por la estrepitosa caída del bloque socialista, Cuba entró en el llamado “período especial”, una crisis devastadora, que el mundo observaba impávido a través de los cubanos que deambulaban esqueléticos por las calles de La Habana. Logró superar ese “periodo especial” gracias a un nuevo salvavidas: Venezuela. Chávez y Maduro le suministraron petróleo subsidiado y recursos significativos en lo corrido del siglo 21. Hoy, con el debilitamiento de Caracas, vuelve a quedar en evidencia que el modelo cubano ha sido dependiente de un padrino externo que, cuando falla, deja al descubierto sus fragilidades.

Ahora hasta Petro está viendo a ver como ayuda a mantener a la isla. El episodio reciente de un buque cargado con petróleo en Colombia, interceptado por Estados Unidos por indicios de que se dirigía a Cuba es apenas un caso. El año pasado ya se había firmado un acuerdo según el cual el Gobierno, a través de la Agencia de Desarrollo Rural, compraba 1.400 toneladas de arroz para luego “exportarlo” a Cuba.

El apagón de 2026 es, en ese sentido, más que un evento eléctrico: es un síntoma político. Revela los límites de un modelo que concentró decisiones en el Estado, eliminó incentivos a los privados y cerró espacios a la iniciativa. Un modelo que pudo resistir en tiempos de subsidios externos, pero que se muestra inviable cuando esos apoyos desaparecen.

Y, sobre todo, es un recordatorio incómodo para América Latina. Sobre todo para Colombia en la coyuntura en que se encuentra el país de ir a las urnas a definir su futuro. El candidato Iván Cepeda ha sostenido una postura reiterada de defensa del régimen cubano. Y es hoy la figura central del proyecto político del Pacto Histórico y del gobierno de Gustavo Petro que ha dado grandes evidencias del afán por estatizar o cambiar el sistema económico.

¿Puede un modelo que no ha logrado garantizar condiciones básicas de prosperidad y libertad ser inspiración válida para una democracia como la colombiana? ¿O se trata, más bien, de una idealización que desconoce los costos sociales de su aplicación?

Mientras en algunos sectores de la región aún se idealizan ciertas promesas del modelo cubano, la realidad muestra otra cosa: hospitales sin energía, industrias paralizadas, hogares a oscuras. No hay dignidad en la escasez crónica ni justicia en la precariedad compartida.

Cuba no se quedó sin luz. Se quedó sin sistema.

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