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Un congreso capaz de incomodar al presidente de turno hace parte del diseño original de cualquier democracia que funcione, y el colombiano no es la excepción.
La presidencia del Senado va mucho más allá de definir las pautas de la cámara alta durante el primer año de la legislatura. Es un símbolo enorme de la independencia del Legislativo: quien la ocupa preside el Congreso en pleno, encabeza la primera rama del poder público y, por tradición, es quien le impone la banda presidencial al jefe de Estado cada 7 de agosto. La posesión de Abelardo de la Espriella quedará en manos de Honorio Henríquez, el senador que derrotó al candidato que promovía el gobierno entrante.
Conviene recordar por qué importa tanto esta institución. Robert Caro, en Master of the Senate —tercer tomo de su monumental biografía de Lyndon B. Johnson—, dedica las primeras páginas a explicar por qué los padres fundadores diseñaron el Senado de Estados Unidos como un dique, con una cámara pensada para resistir las pasiones pasajeras de las mayorías y las ambiciones de los presidentes. Un congreso capaz de incomodar al presidente de turno hace parte del diseño original de cualquier democracia que funcione, y el colombiano —que legisla, ejerce el control político y elige a contralor, procurador y magistrados del CNE— no es la excepción.
Ese contexto ayuda a leer lo ocurrido el lunes en el Capitolio. En la Cámara de Representantes no hubo sobresaltos: Nicolás Barguil, representante conservador por Córdoba, fue elegido presidente prácticamente por unanimidad, con los votos de las bancadas oficialistas, los partidos tradicionales y la oposición del Pacto Histórico. En el Senado, en cambio, saltó la sorpresa: Honorio Henríquez, del Centro Democrático, derrotó 56 a 45 a Alfredo Deluque, del Partido de la U, el candidato que contaba con el guiño del presidente electo y de su ministro designado del Interior, Rodrigo Lara. Ambos repitieron que respetaban la autonomía del Congreso y no pensaban entrometerse en la elección, aunque sus declaraciones —y sus movidas— apuntaban en la dirección contraria.
Lo curioso es que la sorpresa no debió serlo. Los acuerdos no escritos del Capitolio asignan la presidencia del Senado del primer año a la bancada más numerosa de la coalición de gobierno. El Centro Democrático, con 17 senadores, era esa bancada. La U, con 8, quedaba lejos de serlo. Las hojas de vida tampoco ayudaban: mientras Henríquez y el uribismo hicieron férrea oposición al gobierno Petro desde el primer día, Deluque y La U navegaron estos cuatro años por la línea gris entre la independencia y la participación en la burocracia del gobierno. La candidatura de Henríquez se ajustaba al criterio histórico, y quien intentó saltárselo fue el gobierno entrante, empeñado en instalar a Deluque por encima de las costumbres parlamentarias.
Tampoco resulta tan atípico, como se ha querido presentar, que el Pacto Histórico y el Centro Democrático hayan votado por el mismo candidato. Las mesas directivas siempre se han definido mediante acuerdos que cruzan las fronteras ideológicas: son repartos mecánicos de dignidades, comisiones y secretarías donde pesa la aritmética y no la identidad política. La prueba estuvo unas horas antes, cuando ese mismo Pacto votó junto a las bancadas de gobierno para elegir a Barguil sin que nadie denunciara alianzas contra natura. Esa uniformidad no se verá en las reformas ni en los debates de control político: petristas y uribistas amanecieron el martes tan de izquierda y de derecha como eran el domingo.
Lo del lunes deja dos mensajes. El primero: el Congreso es una rama autónoma del poder público y, como lo hizo durante el cuatrienio del gobierno Petro —cuando le negó impuestos al Ejecutivo y frenó varias de sus reformas—, se hará sentir, incluso desde bancadas declaradas de gobierno. Un presidente electo con un mandato holgado en las urnas haría mal en confundir el respaldo ciudadano con la obediencia del Legislativo: allí los votos se construyen curul por curul y proyecto por proyecto.
El segundo: las profecías catastróficas sobre la gobernabilidad del nuevo gobierno están exageradas. Perder una votación de mesa directiva frente a la bancada más grande de la propia coalición no equivale a un bloqueo estructural. Las cuentas siguen ahí: el gobierno de Abelardo conserva, en el papel, mayorías holgadas en ambas cámaras. Lo que está por verse es su interlocución con esas mayorías teóricas. Es un campanazo, pero está lejos de ser una sentencia: quedan cuatro años y tiempo de sobra para recomponer la relación.
Aún así, conviene dimensionar el golpe sin dramatizarlo: toca remontarse mucho al pasado para encontrar un presidente electo que haya sido derrotado en la elección de su primer presidente del Senado, el mismo que le impondrá la banda dentro de dos semanas.
El mensaje conciliador de Abelardo De la Espriella tras la votación —donde reconoció la autonomía del Congreso, felicitó a los elegidos y agradeció al Centro Democrático su declaratoria de partido de gobierno— apunta en la dirección correcta.
Ahora el turno es de Henríquez: llega contra los deseos del gobierno entrante, pero desde un partido de la coalición, una posición ideal para mediar entre un Ejecutivo sin tanta experiencia parlamentaria como otros anteriores y un Legislativo que ya avisó que no será fácil de gobernar. Habrá que ver si ambos entienden la lección de esta semana: los contrapesos también protegen a quien gobierna, y respetar la autonomía del Congreso es la mejor garantía de que las mayorías, cuando lleguen, sean de verdad.