Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8
Trump apostó a que sería el presidente que no inicia guerras y el que derroca dictadores. Irán pone a prueba si esas promesas pueden coexistir, o si la segunda sepultará a la primera.
Pocas promesas definieron tanto el ascenso político de Donald Trump como la de poner fin a la era de Estados Unidos como “policía del mundo”.
El movimiento MAGA (Make America Great Again), desde sus orígenes en la campaña de 2016, se construyó sobre el diagnóstico de que las élites de Washington habían arrastrado al país a guerras interminables en Medio Oriente y otras partes del mundo ajenas a los intereses de los ciudadanos americanos, despilfarrando sangre y recursos mientras los problemas domésticos se acumulaban.
“America First”, uno de los principales eslóganes asociados con Trump, buscaba capturar una visión simple del futuro de la política exterior estadounidense: la prioridad debía ser la economía nacional, la migración y la recuperación de la industria local, no las aventuras militares en países lejanos.
Trump criticó durante años, con dureza, la guerra de Irak, calificándola como una de las peores decisiones en la historia presidencial, y ridiculizó los esfuerzos previos de “construir naciones” en Medio Oriente que, según él, habían hecho más daño que bien en los países intervenidos. Cuando JD Vance, su vicepresidente, lo respaldó en 2023, lo hizo bajo esa premisa: que el mayor mérito de Trump era no haber iniciado ninguna guerra.
Esta tensión entre intervenir o replegarse, sin embargo, no es nueva ni exclusiva de Trump. Es, de hecho, una de las discusiones más antiguas de la política exterior estadounidense. Desde sus primeros años como república, Estados Unidos ha oscilado entre la tentación de aislarse y el impulso de proyectar su poder. La Doctrina Monroe, que advertía a las potencias europeas contra cualquier injerencia en el hemisferio occidental, ya revelaba una ambición difícil de conciliar con el aislacionismo. A lo largo del siglo XIX, el país libró guerras contra México, España y poblaciones nativas, expandiendo su territorio desde una pequeña franja en la costa este hasta convertirse en una potencia continental. Solo en los años 20 y 30 del siglo XX, tras la Primera Guerra Mundial, se puede hablar de un aislacionismo genuino, y duró apenas dos décadas: la Segunda Guerra Mundial lo enterró. Después, desde la Guerra Fría hasta las intervenciones en Irak y Afganistán, la norma fue la proyección militar hacia el resto del mundo.
La historia sugiere que, más que una elección ideológica, el intervencionismo ha sido una consecuencia estructural del poder que concentra la presidencia estadounidense.
Y es precisamente ahí donde la práctica de Trump en su segundo mandato empieza a contradecir sus propias promesas. La operación que capturó a Nicolás Maduro en Venezuela en enero de 2026 fue el primer gran quiebre: un despliegue de fuerzas especiales que derrocó a un mandatario, o mejor, a un dictador extranjero.
Envalentonado por lo que consideró un éxito rotundo, Trump pasó a replicar ese modelo en Irán, lanzando a finales de febrero la mayor operación militar estadounidense en Medio Oriente en dos décadas, que resultó en la muerte del líder supremo Alí Jamenei, poniendo fin a los 36 años en el poder de uno de los mayores enemigos de Estados Unidos. En paralelo, su administración ha ejecutado ataques aéreos en Yemen, Nigeria, Siria y Somalia, ha desplegado operaciones navales contra presuntos narcotraficantes en el Caribe, ha amenazado militarmente a México y Dinamarca, y ha impulsado un aumento del 50% en el presupuesto de defensa. El presidente que prometió no iniciar guerras ha intervenido militarmente, en su segundo mandato, en más países que varios de sus predecesores.
Lo paradójico es que el modelo que Trump intenta consolidar, de intervenciones rápidas y sin compromiso de largo plazo, se parece menos al aislacionismo que predicaba y más a una versión actualizada de la proyección de poder que caracterizó a presidentes como Theodore Roosevelt, William McKinley y, más recientemente, George W. Bush, cuyo historial de intervenciones el propio Trump ha criticado con dureza.
La diferencia, según sus defensores, es que se trata de operaciones quirúrgicas, sin ocupaciones prolongadas ni esfuerzos de “construcción de naciones”. Pero la realidad se ha encargado de complicar esa narrativa: la guerra en Irán, que Trump dijo que duraría semanas, ha provocado el cierre del estrecho de Ormuz, un alza global en los precios del petróleo y una retaliación iraní que ya ha golpeado bases y aliados estadounidenses en toda la región. Lo que se anunció como un golpe quirúrgico empieza a parecerse, peligrosamente, a las campañas abiertas que el propio Trump denunciaba.
Si bien ayer amanecimos con un mensaje de Trump anunciando un acercamiento “sólido” con Irán que podría llevarlos a un acuerdo, el presidente del parlamento iraní salió al paso de esa declaración y dijo que no hay ningún acercamiento, y que se trata de información falsa “para manipular los mercados financieros y del petróleo y salir así del atolladero en el que están atrapados Estados Unidos e Israel”.
Y aquí es donde el riesgo político se vuelve tangible. Trump fue elegido, entre otras cosas, con la promesa de bajar los precios y evitar conflictos. Hoy, con el petróleo disparado, la gasolina encarecida y las bajas militares estadounidenses en aumento, las encuestas muestran que la mayoría de los votantes desaprueba su enfoque en política exterior y consideran que el presidente está priorizando asuntos innecesarios en el extranjero en lugar de ocuparse de la economía. Con las elecciones legislativas de noviembre acercándose y con los demócratas en posición de recuperar la Cámara de Representantes, la aventura en Irán podría convertirse en el punto de inflexión de su segundo mandato.
Trump apostó a que podía ser, al mismo tiempo, el presidente que no inicia guerras y el líder fuerte que derroca dictadores. Irán está poniendo a prueba si esas dos promesas pueden coexistir, o si la segunda terminará por sepultar a la primera.