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Exagerar amenazas, amplificar miedos o leer en exceso un contexto geopolítico complejo no solo deteriora las relaciones, sino que abre grietas innecesarias.
El presidente Gustavo Petro sorprendió al país diciendo que él temía que Trump lo sacara del poder como ocurrió con el dictador venezolano Nicolás Maduro: “Llegué a pensar en dormir en Palacio junto a la espada de Simón Bolívar”, dijo este viernes.
Hay que detenerse a pensar unos momentos lo que significa que el presidente de Colombia, la máxima autoridad del país, que debe tener el mejor conocimiento estratégico y representar la cordura, creyera de que Estados Unidos le iba a dedicar una operación militar de gran alcance para sacarlo del poder. Y sobre todo que, como respuesta, se pusiera él, y su gabinete, en modo pie de guerra.
No es la primera vez que Gustavo Petro muestra cierta dosis de paranoia. Cuando era senador en un reportaje en El Tiempo él mismo contó que todas las noches dormía con una metralleta al lado de su cama. No muy distinto de la versión que circuló en radio de que el gabinete estaba decidido a “atrincherarse en la Casa de Nariño”, para defender al presidente, después de un “discurso muy duro” que daría el miércoles.
Ese día, incluso, a algún esbirro se le ocurrió mandar a fabricar máscaras con el rostro de Petro y las repartió entre los asistentes en la manifestación en Cali. Más allá de preguntar cómo se pagaron esas máscaras o si se están gastando recursos públicos en el culto a Petro, es necesario advertir el terror que produce en una democracia una multitud que se anula por el líder.
El país entero también escuchó cómo la canciller Rosa Villavicencio, poseída por el espíritu de la guerra, quiso poner en su sitio a Washington. “No se descarta una confrontación militar con Estados Unidos en caso de agresión. Tenemos un ejército muy capacitado para defender nuestra soberanía ante un posible ataque”.
Por momentos parecía una pantomima. Una obra de teatro del absurdo. La canciller terminó transmitiendo una imagen de ingenuidad diplomática que, lejos de tranquilizar, expone falta de tacto en un asunto que exige sensibilidad estratégica y calma institucional.
El mismo Petro, con redoble de tambores, también se declaró en pie de lucha: “Juré no tocar una arma más desde el Pacto de paz de 1989, pero por la Patria tomaré de nuevo las armas que no quiero”, escribió en su cuenta de X. ¿Qué armas va a tomar el jefe de Estado y contra quién? ¿A qué horas Colombia terminó amenazando o declarando la guerra a la mayor potencia militar del mundo?
Habrá quienes digan que Petro tenía razón para estar asustado porque cuando le preguntaron a Trump que si estaría dispuesto a hacer en Colombia una operación como la de Venezuela respondió que “le sonaba bien” (“It sounds good to me”). Y en efecto esas expresiones no solo son un acto de agresión inaceptable por parte del presidente de Estados Unidos, sino que bien pueden asustar a quien ya está montado en su película de guerra.
Pero a nadie con mediano conocimiento de la realidad internacional se le ocurre que Estados Unidos iría a desplegar una operación contra Petro similar a la de la captura de Maduro. Tanto así que todo se desactivó con una llamada telefónica. Más bien parece que el mandatario colombiano aprovechó la papaya que le dio Trump para seguir sumando capítulos al libreto de su propia gesta “libertadora”.
Es cierto que se podría esperar cualquier cosa de Trump. Pero si algo ha mostrado el manejo de este episodio es la falta de dimensión de la realidad. Hay enormes diferencias entre el caso de Venezuela y Colombia, y entre el mismo Maduro y Petro, así el presidente colombiano haya intentado de varias formas alinearse con el dictador vecino.
Venezuela es una dictadura. Tiene presos políticos. Ha sido acusada de desaparecer y asesinar. Ha expulsado a 8 millones de venezolanos de su país. Y sobre todo se robó las elecciones de 2024. Colombia no es nada de eso. Colombia sigue siendo una república democrática, con instituciones independientes, el sistema de pesos y contrapesos funciona, y si bien el Gobierno tiene montado todo un aparato de propaganda que se consume importantes recursos del Estados, todavía gozamos de un sistema de libertades que, aunque imperfecto, permite la crítica y la alternancia.
La relación Colombia–Estados Unidos, aunque hoy tensa, se apoya en más de dos décadas de cooperación en seguridad, lucha contra el narcotráfico y asistencia militar. Incluso a pesar de los recientes desencuentros diplomáticos —que incluyen la pérdida de la visa de Petro— la relación entre ambos países no se reduce a una caricatura de potencia agresora versus Estado oprimido.
Temer una intervención extranjera como si Colombia estuviera al borde de una invasión estratégica es, cuando menos, una exageración. Esa percepción desproporcionada no solo alimenta miedos infundados en la ciudadanía, sino que también distrae de los debates necesarios sobre el rumbo del país, sus prioridades internas y su lugar en el mundo.
Menos mal Petro llamó a Trump. Porque el problema, en este tipo de casos, es que como en el cuento de Gabriel García Márquez: la sugestión colectiva, la manipulación del miedo y las intuiciones infundadas pueden desencadenar reacciones masivas y caos, incluso sin que haya una amenaza real. Una mujer, al despertar, le dice a su hijo: “Algo muy grave va a suceder en este pueblo”. No tiene pruebas. Solo una corazonada. Pero su tono es tan serio que el niño se lo cree. Se lo dice al carnicero. El carnicero se lo cuenta a otros. En pocas horas, toda la gente del pueblo está convencida de que algo malo está por pasar. Comienzan a cerrar tiendas, a sacar dinero del banco, a huir. Al final, el pueblo entero se va.
Exagerar amenazas, amplificar miedos o leer en exceso un contexto geopolítico complejo no solo deteriora las relaciones, sino que abre grietas innecesarias. Ser jefe de Estado implica responsabilidad. No alimentar fantasmas. Ni usar el poder para traer a la realidad un conflicto que solo existe en la cabeza.