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Colombia debe aprender de los errores ajenos: garantizar la soberanía energética y la competitividad no es una opción, sino una condición para construir un futuro económico sostenible y resiliente.
El Fondo Monetario Internacional (FMI), como lo hace cada año por esta época, acaba de actualizar sus pronósticos sobre el crecimiento de la economía mundial, estimando que en agregado se ubicará en 3,2% para este año, una leve disminución frente al 3,3% registrado en 2023.
En el caso de Colombia, el FMI prevé un crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) del 1,6%, un punto porcentual mejor respecto al año anterior, pero por debajo del promedio estimado para América Latina (2,1%) y del promedio de las economías emergentes y en desarrollo (4,2%), quedando muy distante del nivel necesario para impulsar un desarrollo económico sostenible en el país.
Entre las principales economías desarrolladas, Estados Unidos liderará nuevamente el crecimiento con una expansión del 2,8%, similar a la del año anterior, y muy superior al crecimiento proyectado para la zona euro, que se ubicará en un modesto 0,8%, lo que reafirma la tendencia de rezago de la economía europea frente al modelo estadounidense.
Pero el punto en el que queremos hacer énfasis es, dentro de Europa, en el caso Alemania. Mientras economías relevantes del sur de Europa, como España, crecerán un 2,9%, impulsadas en gran medida por el turismo, otras economías clave como Italia y Francia registrarán un crecimiento más modesto del 0,7% y 1,1%, respectivamente. Pero hay un notable ausente entre los números positivos: Alemania, que durante la última década fue el motor económico del Viejo Continente, impulsando a la región a salir de la crisis del euro a finales de los 2010, ahora parece atrapada en un estancamiento; se ha convertido, como bien tituló The Economist el año pasado, en el “hombre enfermo de Europa”.
El FMI pronostica un crecimiento del 0% para Alemania, lo que, sumado a la contracción del 0,3% en su PIB en 2023, implica que los alemanes enfrentarían su primer periodo de dos años consecutivos en recesión en más de dos décadas. Desde finales de 2019, antes de la pandemia, la economía estadounidense ha crecido más de un 10%, liderando entre las economías desarrolladas, mientras que la zona euro ha crecido en promedio un 4%, y Japón, un ejemplo clásico de estancamiento económico desde su crisis a finales del siglo pasado, ha aumentado su economía en un 3%. En ese mismo período, el crecimiento de Alemania ha sido prácticamente nulo.
¿Qué le pasó al motor de Europa? El gran evento que desencadenó su decadencia fue la crisis energética provocada por la invasión de Rusia a Ucrania, golpeando con especial dureza a su economía debido a la fuerte dependencia de su industria del gas barato. Sectores como la industria química y la metalúrgica, intensivos en energía, han visto afectada su producción. Aunque los precios del gas han disminuido, la incertidumbre en torno a su suministro y costo en el mediano plazo persiste.
Además, la dependencia alemana de China, tanto como proveedor de insumos como mercado de exportación, ha revelado ser un talón de Aquiles. La desaceleración del crecimiento chino y la capacidad del gigante asiático para fabricar productos que antes importaba han reducido la demanda de bienes alemanes, impactando particularmente al sector automotriz, uno de los pilares de la economía bávara.
La pérdida de competitividad ha agravado aún más los problemas. Alemania solía contar con una ventaja en costos laborales respecto a otros países europeos, pero esta se ha erosionado en los últimos años. El aumento sostenido de los salarios desde 2015, junto con la inflación causada por el shock energético, ha reducido su competitividad, colocándola en desventaja frente a otras economías de la zona euro.
El envejecimiento de la población también asfixia el crecimiento económico. La reducción de la inmigración y la próxima jubilación de una gran parte de la fuerza laboral han generado una escasez de trabajadores, lo que obstaculiza la expansión económica. El FMI proyecta que la población en edad de trabajar en Alemania disminuirá un 0,5% anual durante los próximos cinco años, una caída más pronunciada que en cualquier otra economía desarrollada del mundo.
El estancamiento de la economía alemana refleja una compleja combinación de desafíos internos y externos que ha puesto en jaque el modelo de desarrollo europeo. Sin embargo, ofrece valiosas lecciones para las estrategias de crecimiento de cualquier país, en particular sobre los riesgos de perder soberanía energética y su impacto en la competitividad.
La crisis de suministro de gas que enfrenta Colombia no es para tomarse en chiste, como tampoco lo es la posibilidad, planteada en repetidas ocasiones por Petro desde la misma campaña presidencial, de depender de la importación del gas venezolano –a merced de Maduro, así como Alemania quedó a la merced de Putin– para poder tener suministro confiable de este energético.
Colombia debe aprender de los errores ajenos: garantizar la soberanía energética y la competitividad no es una opción, sino una condición indispensable para construir un futuro económico sostenible y resiliente.