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La historia de Javier Cadavid: 12 años en la cárcel por un delito que nunca existió

Ante la ausencia de bancos, un comerciante paisa ideó un sistema de remesas para llevar dinero a su pueblo. Esa solución terminó convertida en uno de los errores judiciales más icónicos del conflicto armado. Pasó a ser considerado cómplice de las Farc y fue condenado a 23 años de prisión. Purgó más de doce años y acaba de ser declarado inocente. Esta es su historia.

  • Mariela y Javier se conocieron en un grupo de tertulias que había en Puerto Venus. Se casaron en septiembre de 1983. En la imagen, en la finca en la que viven en Rionegro. FOTO Julio César Herrera
    Mariela y Javier se conocieron en un grupo de tertulias que había en Puerto Venus. Se casaron en septiembre de 1983. En la imagen, en la finca en la que viven en Rionegro. FOTO Julio César Herrera
  • Javier Cadavid estuvo ocho años en la cárcel de Itagüí. La imagen es de 2015. FOTO Juan Sebastián Carvajal
    Javier Cadavid estuvo ocho años en la cárcel de Itagüí. La imagen es de 2015. FOTO Juan Sebastián Carvajal
  • Su familia le dio la bienvenida a la libertad a las afueras de la cárcel de Itagüí en 2022. FOTO Carlos Velásquez - EL COLOMBIANO
    Su familia le dio la bienvenida a la libertad a las afueras de la cárcel de Itagüí en 2022. FOTO Carlos Velásquez - EL COLOMBIANO
  • Javier Cadavid recobró su libertad en enero de 2022 gracias a una decisión de la JEP. FOTO Carlos Velásquez - EL COLOMBIANO
    Javier Cadavid recobró su libertad en enero de 2022 gracias a una decisión de la JEP. FOTO Carlos Velásquez - EL COLOMBIANO
  • El 12 de enero de 2022, Javier recibió la libertad condicional. Hubo fiesta en la casa de los Cadavid Toro. FOTO Carlos Velásquez - EL COLOMBIANO
    El 12 de enero de 2022, Javier recibió la libertad condicional. Hubo fiesta en la casa de los Cadavid Toro. FOTO Carlos Velásquez - EL COLOMBIANO
  • Javier disfruta la soledad en su finca en Rionegro. Ayuda a sus hijos con un criadero de mascotas. FOTO Julio César Jerrera
    Javier disfruta la soledad en su finca en Rionegro. Ayuda a sus hijos con un criadero de mascotas. FOTO Julio César Jerrera
  • Javier hizo el rostro de Jesús 24 veces; pintó paisajes, bodegones, leones; pintó más de 50 cuadros. FOTO Julio César Herrera
    Javier hizo el rostro de Jesús 24 veces; pintó paisajes, bodegones, leones; pintó más de 50 cuadros. FOTO Julio César Herrera
hace 1 hora
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Cuando lo citaron a la Fiscalía para ampliar su declaración, Javier Cadavid y su esposa, Mariela Toro, iban a Medellín a comprar los regalos de Navidad. Era el 16 de diciembre de 2008. Javier tenía la cita a las nueve de la mañana en la Fiscalía 51, cerca del Parque de Bolívar, en el centro de la ciudad; Mariela se siguió para El Hueco a buscar los traídos de sus cuatro hijos.

—Los investigadores nada que aparecían, llamaron que estaban varados en La Pintada. Los esperé hasta el mediodía, cuando llegaron me dijeron: “Don Javier, esto no se trata de ampliar la indagatoria, usted está detenido por ser auxiliador de la guerrilla” —cuenta Cadavid, sentado en una poltrona roja de su finca en Rionegro un jueves fresco en el que comenzó octubre.

—Me llamó y me contó que estaba detenido. “¿Y eso por qué?”, le pregunté. “No sé, no logro entender qué está pasando”, me dijo. Suspendí las compras y me fui derecho a la Fiscalía 51. Ahí nos enteramos de todo —recuerda Mariela, una profesora de primaria nacida en Sonsón.

A Javier le leyeron los derechos y lo metieron en un calabozo. Al otro día lo imputaron y quedó en libertad para afrontar el proceso. Fue el comienzo de un largo camino judicial que terminó, en noviembre de 2009, con una condena a 23 años por extorsión agravada y enriquecimiento ilícito. Javier y su familia buscaron por todos los medios revertir el veredicto, pero la sentencia se confirmó tres veces en el tribunal y luego en la Corte Suprema.

Cuando fue condenado por primera vez, Javier tenía 52 años, era dueño de tres supermercados prósperos —uno de ellos en el corregimiento de Puerto Venus, en Nariño, Oriente antioqueño, donde ocurrieron los hechos que lo llevaron a prisión—, llevaba 26 años casado y el mayor de sus hijos tenía 24 años.

Ninguna víctima de extorsión del Frente 47 de las Farc —que operaba en Nariño y en municipios vecinos de Caldas— lo señaló en las audiencias como auxiliador. Los guerrilleros que declararon, incluida alias Karina, dijeron que Cadavid no tenía relación con las acusaciones de ser partícipe de un “carrusel de extorsiones”. Aun así, con los caminos de la justicia cerrados, Javier permaneció doce años y cuatro meses en la cárcel.

Mariela no solo sostuvo a su familia, sino que recorrió el país buscando testimonios de excombatientes y exjefes guerrilleros que aclararan los hechos. Viajó hasta la cárcel La Tramacúa, en Valledupar, donde se hizo pasar por periodista para lograr que Pedro Pablo Montoya, alias Rojas, cabecilla del Frente 47, hablara sobre la inocencia de su esposo.

—Años que viví allá perdidos. Todo lo que pude haber hecho, me cortaron las alas yendo a prisión, me quitaron muchas esperanzas, me frenaron mi vida, mis planes con mi familia. Eso jamás se recupera, hay cosas que no tienen reversa nunca —dice Javier con su voz ronca y seca. En la cárcel sufrió una enfermedad pulmonar crónica.

Javier Cadavid estuvo ocho años en la cárcel de Itagüí. La imagen es de 2015. FOTO Juan Sebastián Carvajal
Javier Cadavid estuvo ocho años en la cárcel de Itagüí. La imagen es de 2015. FOTO Juan Sebastián Carvajal

Puerto Venus

Javier de Jesús Cadavid Palacio nació en mayo de 1957 en la vereda La Aguadita, en Caramanta, Suroeste de Antioquia. Tenía apenas tres años cuando sus padres, Bernarda y Enrique, tuvieron que desplazarse por la violencia política entre liberales y conservadores que azotaba al país. Es el noveno de doce hermanos.

Bernarda conocía a un médico que tenía finca en Nariño, le propuso que se fuera a administrarla y que le pagara con lo producido. La finca se llamaba El Carmelo, tenía café, caña y ganado.

—¿El mejor recuerdo de la niñez? La libertad con la que se vivía en la finca. Montábamos las bestias a pelo, cogíamos bejucos, nos íbamos a escondidas a tirar río, comíamos mucha fruta —dice Javier, que tiene el codo izquierdo al revés; cuenta que a los tres años se rodó por unas escaleras envuelto en una cobija y se fracturó los brazos. Lo entablillaron, le echaron hasta clara de huevo, pero solo se le enderezó el brazo derecho.

Estudió luego en El Santuario, Sonsón y el Pascual Bravo en Medellín, donde se graduó como técnico industrial en mecánica. Una hermana que era profesora y otra que estaba en un convento en Perú impulsaron a los más pequeños a estudiar. Cadavid se presentó a Medicina en la Universidad de Antioquia; no pasó, y empezó a trabajar en Giovanni Pía, una empresa italiana que quedaba en el Barrio Colombia y que fabricaba joyas en oro. Javier trabajó dos años como cadenero.

Una Semana Santa fue de vacaciones a Nariño, donde un hermano tenía una tienda de abarrotes, y le avisó que vendían fiado la mitad de un negocio. No lo dudó: vendió el Renault 4 que tenía, dio la cuota inicial y se fue a trabajar al corregimiento de Puerto Venus en 1980. El negocio, la Distribuidora Venus, vendía abarrotes, cerveza y licores, y compraba cacao y café.

El pueblo no tenía luz ni alcantarillado cuando llegó. Javier gestionó el alumbrado, el acueducto y las primeras antenas. Fue uno de los fundadores de la Copa Reyes de Fútbol, un torneo entre veredas; aportaba para las cruces del viacrucis de Semana Santa y fue uno de los que impulsó la apertura del bachillerato.

—El pueblo era un paraíso en esa época. Nos íbamos a hacer meriendas al río en la noche, no había problemas —cuenta Mariela, que llegó a trabajar a Venus como profesora y se quedó 14 años.

Mariela y Javier se conocieron en un grupo de tertulias que había en el pueblo. Se casaron en septiembre de 1983 —la primera lista de mercado está enmarcada en la finca de Rionegro, costó $4.473— y hoy tienen dos nietos, José Manuel y María Antonia; y cuatro hijos: Juan Felipe, que es odontólogo; Santiago, que es ingeniero financiero; Javier Camilo, que es veterinario, y José David, el mayor, que se encargó de los negocios cuando Javier fue a prisión.

Puerto Venus queda en el rincón que forma el río Samaná Sur al recibir al río Venus, encerrado entre varias cadenas de montañas. Sus habitantes lo llaman, con orgullo, “el rinconcito amable de Antioquia”. Las Farc llegaron a Nariño en 1994, con el Bloque Noveno, y dos años después con el Frente 47; la guerrilla se tomó el municipio por primera vez en 1996, pero la escalada definitiva llegó con la toma que empezó el 30 de julio y terminó el 1 de agosto de 1999, cuando la guerrilla mató a 16 personas y destruyó, con carrobomba, morteros y cilindros de gas, la Alcaldía, tiendas, viviendas y la estación de Policía. El Estado retiró la Fuerza Pública y la guerrilla sometió a la población a asesinatos selectivos, extorsiones, secuestros y reclutamiento. Nariño pasó de 18.000 a 9.000 habitantes.

Javier nunca cerró el negocio. Ante la falta de corresponsales bancarios y las “pescas milagrosas” con las que se robaban todo el efectivo, ideó, hacia el año 2000, un sistema para que la gente consignara dinero desde cualquier parte de Colombia y este llegara a Puerto Venus sin que hubiera que cargarlo en efectivo por carretera.

Uno de los proveedores de Javier era la Distribuidora Imperio, que a su vez adquiría productos de otro negocio en Medellín que se llamaba HyR Distribuciones. Las remesas funcionaban así: quien enviaba el dinero desde fuera de Puerto Venus lo consignaba en la cuenta de HyR y mandaba el comprobante por fax al local de Cadavid. Con ese reporte, Javier o sus trabajadores entregaban al destinatario la suma consignada, en efectivo o en víveres; y con el dinero depositado en HyR pagaba a sus proveedores. Es decir, hacía un cruce de cuentas con la distribuidora que le permitía hacer las veces de corresponsal bancario en el pueblo.

—Era el único del corregimiento que tenía una cuenta corriente en el Banco Cafetero, porque cada ocho días iba a surtir a la Mayoritaria para el negocio. Era muy común que algún campesino llegara a pedirme que le consignara plata a familiares que tenía en alguna parte del país, yo les prestaba el número de la cuenta porque eran clientes de toda la vida. Cuando la plata estaba ya en el banco le daba la plata completica —cuenta Javier.

Su familia le dio la bienvenida a la libertad a las afueras de la cárcel de Itagüí en 2022. FOTO Carlos Velásquez - EL COLOMBIANO
Su familia le dio la bienvenida a la libertad a las afueras de la cárcel de Itagüí en 2022. FOTO Carlos Velásquez - EL COLOMBIANO

Los caminos cerrados

Según los fallos de primera y segunda instancia, los dos frentes de las Farc que operaban en esa zona usaron el esquema de remesas de Javier para otro fin: cobrar extorsiones en Pácora y Aguadas. A sus víctimas les daban el número de cuenta de HyR y les ordenaban consignar ahí las “vacunas”. Desde esa cuenta, el dinero llegaba a la guerrilla a través de Cadavid o sus trabajadores.

En total, las extorsiones investigadas en el proceso, ocurridas entre 2005 y 2007, sumaron $64 millones. El grueso venía de un solo hombre, José Humberto López, quien hizo 16 consignaciones: doce de un millón, dos de tres millones, una de seis millones trescientos mil y una de seis millones setecientos mil. Bernardo Javier Jiménez consignó dos veces, Misael Orozco pagó dos cuotas y Juan de Dios Loaiza completó la lista con dos consignaciones de nueve millones cada una.

—Las consignaciones eran de gente que llevaba mercando 15, 20 años en el negocio. Yo le estaba haciendo el favor al campesino que cada ocho días estaba yendo a mercar, era inocente que esa plata se la iban a entregar a la guerrilla. Ni conozco Pácora ni Aguadas. Ellos decían en el juicio que yo no tenía nada que ver, que todos éramos víctimas de la guerrilla —dice Javier.

—En ese entonces, los pueblitos no tenían bancos. A nosotros los maestros, cuando trabajábamos allá en Venus y empezaron a presentarse tantas “pescas milagrosas”, el jefe de núcleo nos consignaba el sueldo en la cuenta de Javier para que él nos pagara. El pueblo entero conocía la cuenta: la muchacha que se fue a trabajar a una casa de familia en Medellín le decía a su mamá: “Dígale a don Javier que me dé la cuenta para mandarle una platica”, y para nosotros todo eso era normal. La gente, muy querida, como tenía con qué mercar, le compraba en el negocio de Javier. Él nunca les cobró un peso por entregarles ese dinero —dice Mariela.

Javier recibió la primera llamada de los investigadores del CTI un mes antes de que lo capturaran en la Fiscalía 51 el día en que iban a comprar los regalos de Navidad. El juicio, que se realizó en Manizales por tratarse de víctimas del departamento de Caldas, duró once meses.

—Iba de Medellín a Manizales todo el tiempo. En una ocasión programaron audiencias por tres días, fui con mi esposa y varios hermanos. Las dos primeras noches dormimos todos en un hotel, pero el tercer día ya quedé detenido —recuerda Javier. Era el 13 de agosto de 2009.

El juez condenó a Javier dos meses después, en noviembre, como coautor de los delitos de extorsión agravada en concurso con enriquecimiento ilícito de particulares. Le impuso una pena de 23 años de prisión, multa de 6.078 salarios mínimos y una inhabilitación de 20 años para ejercer derechos y funciones públicas. Según la sentencia, durante el juicio se estableció que el dinero producto de las extorsiones de la Farc a la final beneficiaron a la Distribuidora Venus, cuyo representante era Cadavid. Dice Javier que la Fiscalía nunca hizo un estudio de campo, que lo lógico habría sido ir a Puerto Venus, revisar los libros de contabilidad, verificar los movimientos y los tipos de negocio que manejaba, pero no lo hicieron.

—¿Cómo fue ese día?

—Lo más angustioso de mi vida, todo el mundo lloraba. Cuando llegué a la cárcel ya estaba mi familia con cobijas y almohadas. Me reseñaron y me asignaron una celda. Nosotros con esa ira porque yo soy totalmente inocente, me condenaron al martillazo, a la berraca. Desde ese momento dijimos que íbamos a luchar hasta lo último, que hasta el día de mi muerte iba a luchar por mi inocencia, ese fue mi lema —dice Javier.

—Ahí empezó el calvario, de pronto Javier no percibió mucho, él estaba en la cárcel y cómo le íbamos a contar todo lo que vivíamos acá, pero fue demasiado duro, me tocaba hacer de papá, de mamá, atender el trabajo y el caso. Hubo momentos en que uno decía hasta aquí no más —dice Mariela—. Lloraba sola en mi habitación y siempre les decía a mis hijos que íbamos a solucionar todo juntos en familia.

La sentencia de primera instancia fue confirmada por el Tribunal Superior de Manizales en enero de 2011. Cadavid interpuso el recurso de casación, pero la Corte Suprema no lo admitió en octubre de 2012. Su abogado insistió, pero la Corte decidió no volver a considerar el caso en diciembre de 2012.

En 2015 se abrió una luz. Apareció en la historia Pedro Pablo Montoya, alias Rojas, exguerrillero del Frente 47, recordado por asesinar a su jefe, Iván Ríos, y cortarle una mano para cobrar la recompensa. Recluido en la cárcel de Valledupar por el homicidio de Ríos, Rojas le dijo a EL COLOMBIANO: “Usaron esa cuenta de la distribuidora sin que Javier tuviera conocimiento. A mí me tocaba comprar víveres y “Kadafi” (jefe del Frente 47) me decía que la plata llegaba a esa cuenta sin él (Javier) tener conocimiento. Y, por eso, ese señor termina involucrado sin saber nada”.

En 2018, el abogado de Cadavid presentó una demanda de revisión contra la condena, alegando la causal de nuevas pruebas. La Corte Suprema la admitió, pero el 6 de mayo de 2020 declaró infundada esa causal. Todos los caminos se le habían cerrado a Javier.

—Entré a la cárcel de 52 años, le dije al juez: yo llevo muchos años de comerciante, ¿cómo van a creer que con dos negocios triunfantes, con una esposa que es educadora, con cuatro hijos, me voy a dedicar a delinquir a esta edad? Nadie me paró bolas —dice Javier.

Javier Cadavid recobró su libertad en enero de 2022 gracias a una decisión de la JEP. FOTO Carlos Velásquez - EL COLOMBIANO
Javier Cadavid recobró su libertad en enero de 2022 gracias a una decisión de la JEP. FOTO Carlos Velásquez - EL COLOMBIANO

El tiempo perdido

En la celda que le asignaron a Javier en la cárcel de Manizales estaban seis hombres; a quien llegaba nuevo le tocaba el peor puesto, abajo, en las planchas, y solo iba subiendo a medida que otros salían. Los encerraban a las cuatro de la tarde y le ponían un tornillo a la puerta: si pasaba algo, no había cómo salir. Hacía mucho frío. Su familia lo visitaba siempre sábados y domingos; él pasaba el tiempo en silencio, pensando, atando cabos, escribiendo, preparando la apelación y los recursos que siguieron.

La comunicación también era difícil: recargaba una tarjeta y, cuando volvía a llamar, ya no tenía saldo, porque otros internos miraban las claves y se las robaban. Se dedicó a los tejidos y aprendió a pintar.

—Un día muy duro fue en una visita. Casi no tenía ropa porque allá nada se seca adentro. Mi hijo se fue de pantalones, me los dejó, y se devolvió en unos mochos míos; no lo dejaron salir así, tuvo que volver a la celda a ponérselos y le habían pegado —dice Javier.

—¿Qué otro día recuerda?

—Una vez llegaron dos hermanos míos a visitarme un sábado y me dieron la noticia de que mi mamá estaba muy enferma en Medellín. Llegaron como a las ocho y media; a eso de las diez me llamó el guardia del rastrillo: “Venga, hombre, ¿su mamá está enfermita?”. “Sí, está enfermita”. “No, es que acaba de fallecer”, me dijo. Eso fue muy duro, porque me tocó darle la noticia a mis hermanos, que me estaban esperando en el patio. Fue muy doloroso, nos pusimos a llorar todos de tanta impotencia. Les dije que se fueran yendo despacio, que ya no había afán.

—¿Cómo hizo para no quebrarse?

—Siempre decía que Dios haría justicia y que nos recompensaría, de una u otra forma, lo que estaba pagando sin deber. Oraba mucho, me pegaba mucho a Dios, asistía a los cursos de psicología para bajar el estrés, la depresión, la ansiedad. Le pedía mucho valor para aprender a soportar todo.

Javier pidió un acercamiento familiar. Por su condena a tantos años de cárcel, le dijeron que lo mandarían a Ibagué. Sin embargo, como a los quince días lo despertaron a las cuatro de la mañana para que empacara. Lo trasladaron a la cárcel Doña Juana, en La Dorada, esposado de pies y manos, con argollas y cadenas, como si fuera un extraditado. Estuvo siete días en el calabozo y luego lo pasaron al patio 10, donde estaban los internos que trabajaban en la cárcel. Permaneció ahí 17 días, hasta que finalmente lo remitieron a la cárcel La Paz, de Itagüí.

No había cupo en Itagüí, así que primero lo llevaron a Pedregal, donde le prestaron un colchón; no pudo dormir por la cantidad de chinches que veía caminar por la pared.

Al día siguiente lo trasladaron a Itagüí, le hicieron la reseña y lo enviaron al patio dos, sin indicarle cuál celda le correspondía. Un miembro de Derechos Humanos del patio lo saludó y le dijo que le tocaba dormir en el corredor. Llevó su maleta al segundo piso y se acomodó ahí. Un recluso del patio le ofreció “alquilarle” una celda; su familia hizo el esfuerzo y le envió la plata, y así consiguió un espacio con ventilador y ventana. Estuvo ahí ocho de los doce años.

Durante ese tiempo pintaba cuadros: hizo el rostro de Jesús 24 veces, paisajes, enanitos jugando, bodegones, leones; pintó más de 50 cuadros. A todo el que iba a visitarlo a la cárcel le regalaba algo —llaveros, cenefas, tejidos, pinturas—. Hizo muchas cosas para mantenerse ocupado. El guardia encargado de tejidos y telares enviaba a todo el que llegaba a la cárcel a buscarlo, diciéndole: “Péguese a Cadavid para que aprenda y empiece a descontar”. En la cárcel son tres días de estudio o trabajo por dos días de reclusión.

También hizo cursos técnicos del Sena y sacó 18 diplomas, entre ellos formación ambiental, herrería, cocina, cultivo de hortalizas y recolección de desechos. Esa fue la única forma de mantenerse medio entretenido.

—¿Se acostumbra uno a la vida en la cárcel?

—Era la decisión que tenía que tomar, me tenía que adaptar a eso. Me tocaba asumirlo.

—¿El día más triste?

—Cuando llegó la confirmación de la Corte, se me fue la carga al cuello. Es difícil recordar cuál es el día más duro, hay días muy difíciles. Solicité en varias oportunidades que me concedieran la casa por cárcel por problemas de salud, entré sano. Medicina Legal me declaró después con depresión, ansiedad y con Epoc (Enfermedad pulmonar crónica). No era apto para vivir en prisión y el juez nunca me quiso dar casa por cárcel. Intenté suicidarme dos veces, ahí fue donde acudí a Medicina Legal.

—¿Cómo fue ver crecer a los hijos desde la cárcel?

—Lo más duro era cuando sacaban grados, las navidades, los cumpleaños, cuando salían llorando de las visitas. Me perdí los logros, no había forma de compartir nada.

El 12 de enero de 2022, Javier recibió la libertad condicional. Hubo fiesta en la casa de los Cadavid Toro. FOTO Carlos Velásquez - EL COLOMBIANO
El 12 de enero de 2022, Javier recibió la libertad condicional. Hubo fiesta en la casa de los Cadavid Toro. FOTO Carlos Velásquez - EL COLOMBIANO
La vida de afuera

Mientras Javier luchaba por no sucumbir en la cárcel, Mariela sostenía la familia, la casa y luchaba contra jueces, fiscales y juzgados para sacar a su esposo. Siempre les dijo la verdad a sus hijos; nunca les ocultó nada, y ellos supieron todo el caso desde el primer momento. Les explicó que estaban acusando a su papá de trabajar para la guerrilla y que nunca les ocultaría nada porque todo era mentira.

—Hubo momentos muy difíciles. La graduación de bachillerato de Santiago. La rectora dijo que cada estudiante debía salir con papá y mamá. El niño me miró y se puso a llorar; yo salí con él, pero no fui capaz de vivir ese momento. La rectora nos pidió perdón, el colegio entero terminó llorando.

Mariela dice que no entiende cómo la gente se ensaña con una familia que estaba viviendo una situación como esa. Cuenta que cuando Javier fue a prisión, vivían en una urbanización donde les prohibieron a los niños jugar con los hijos de “ese guerrillero”. Dice que las vecinas dejaron de saludarla, que se agachaban a amarrarse un zapato o se ponían a limpiar un vidrio para evitarla. Tomó la decisión de irse a vivir a la finca.

—Momentos tan difíciles como cuando Felipe se graduó de odontólogo. Termina la ceremonia y la universidad invita a una copa a las familias. Estábamos ahí cuando suena el teléfono: era Javier. Y entonces yo: “Felipe, ¿quiere hablar con el papá?”. Y ese muchacho se descompuso, porque él nunca había contado en la universidad lo que le estaba pasando. Se puso a llorar y fue el caos, porque ahí mismo vinieron el decano y todos los profesores: “¿Qué le pasó a Felipe?, ¿qué pasó?”. Y él: “Es que ustedes nunca supieron de mi problema, ¿pero cómo les iba a contar, para que me declararan que era el hijo de un guerrillero?”. El muchacho no fue capaz de hablar con el papá. Gritaba y lloraba delante de todos sus compañeros. ¡Dios mío! Qué situaciones tan duras.

Mariela cargaba dos maletas donde llevaba cada documento del caso, páginas foliadas con declaraciones, audiencias y testigos, todo organizado en carpetas.

—Me acuerdo cuando salía del colegio y me iba al Tribunal de Justicia y Paz, me veían aparecer y me decían: “¿Otra vez usted? Les decía: “Otra vez. Doctor, si usted no me soluciona el problema, ¿entonces yo a dónde voy a ir? Aquí están todos los que estuvieron en ese cuento del Frente 47. Pregúntele a cualquiera de ellos en qué momento Javier les ayudó. Si no hacen las cosas bien, yo no voy a parar”.

—¿Y qué le respondían?

—Muchos me decían: “Vea, hable con su esposo, dígale que se declare culpable, en uno o dos años sale”. ¡Jamás! ¡Jamás! ¿Cómo vamos a decir que hicimos algo que no hicimos? No esperen eso de Javier, él jamás va a decir eso.

Para llegar hasta alias Rojas, en la cárcel La Tramacúa, de Valledupar, Mariela se hizo pasar por periodista. Veinte días antes del viaje consiguió el teléfono del director del penal y le dijo que quería entrevistarlo a él y a Rojas. Llegó a la cárcel solo con la cédula y, cuando el director mandó decir que no podía atenderla, ella no se movió: “A mí me pagan por estar aquí, yo me quedo aquí sentada y tranquila”. Una hora después, cansados de verla esperar, los guardias volvieron con una propuesta, que entrevistara primero a Rojas y después al director.

Rojas no la conocía, y al verla bien vestida la confundió con una fiscal. Apenas quedaron solos, Mariela le aclaró quién era: “Yo soy la esposa de Javier Cadavid”. A él le dio un ataque de risa. Ella se mantuvo seria. Pero Rojas se quedó callado y ella le explicó el motivo de la visita: “Yo no vengo a decirle que usted hable bien de Javier, yo vengo a pedirle que diga la verdad”.

Rojas respondió que estaba condenado a 61 años y que no tenía nada que perder. Mariela insistió: “Pero usted sí las ha hecho, Javier no. ¿O usted qué tiene que decir de Javier?”. Él terminó por ofrecerle ayuda, a cambio de una lista de artículos que, según recuerda Mariela, valía entre dos y tres millones de pesos.

—¿Y qué le pidió?

—Camisetas Lacoste, los uniformes de Nacional, el largo y el corto, todo original.

Una semana después, Rojas la volvió a llamar: le avisó que se sometería a Justicia y Paz y que ya no tenía que mandarle nada. A partir de ahí, Mariela empezó a seguirle el rastro a cada audiencia, presentándose como víctima para que la dejaran entrar.

—Se echó la defensa de Javier al hombro —le digo.

—Si usted mira el caso, sí fue así. Si no, Javier no hubiera salido.

Por ese mismo camino llegó hasta alias Karina, que también se había sometido a Justicia y Paz y que en ese entonces estaba recluida en un batallón de Bello. Mariela se le presentó, le explicó su propósito —“yo no les voy a pedir que ustedes inventen nada”— y, a partir de ahí, Karina empezó a hablar a favor de Javier en cada audiencia a la que asistía.

En otra ocasión, un guerrillero citó a Mariela a Sonsón. Le advirtió que debía ir sola a una cafetería cerca de la alcaldía. Se encontraron a las nueve de la mañana; ella entró y se sentó en una mesa.

—“¿Usted es Mariela?”. Les dije que sí, y ahí empezamos. Le dije: “Vea, yo a ustedes no les voy a pedir nada, simplemente digan la verdad, no tienen que inventar nada”. Y él respondió: “Bueno, voy a decir la verdad, ¿cómo hacemos?”. Le pregunté qué necesitaba y me contestó: “Es que no tengo ni para el pasaje”. Me acuerdo de que le di como $200.000 en ese entonces y le dije: “Vaya, que yo lo recojo en Sandiego”. Y así fue: lo recogimos y lo llevamos a la Fiscalía, donde rindió una versión libre de cómo habían sido las cosas. Pero nada sirvió; en la justicia colombiana es muy difícil que a un inocente le crean.

Javier disfruta la soledad en su finca en Rionegro. Ayuda a sus hijos con un criadero de mascotas. FOTO Julio César Jerrera
Javier disfruta la soledad en su finca en Rionegro. Ayuda a sus hijos con un criadero de mascotas. FOTO Julio César Jerrera
Una malta con golosia

En agosto de 2021, la abogada de Javier, Ana María Gallego, presentó una solicitud de libertad condicionada ante la Sala de Amnistía e Indulto de la JEP. Cadavid cumplía los requisitos que estableció la justicia transicional para el beneficio.

—El 6 de enero de 2022 me notificaron que me concedían la condicional, apenas salí el 12 por el festivo de Reyes. Esos días sí que fueron largos, empaqué dos cositas que traía y regalé todo lo que tenía, me tocó que me prestaran ropa otra vez.

Le hicieron el examen médico y le dijeron que si no alcanzaba a salir antes de las cinco de la tarde, tenía que esperar hasta el otro lunes. Javier le pidió a un guardia que gestionara lo que fuera necesario, porque más allá de esa hora no se iba a quedar. Era muy amigo de toda la guardia, porque conocían su caso, él mismo ponía todas sus publicaciones en la cartelera del patio.

—Lo primero que hice fue buscar una tienda dónde me pudiera tomar una malta y comerme con golosia, me dio por eso, era lo que más comía en Venus. Comenzaron a llegar todos, fue muy emocionante. Salí asombrado de ver cómo había cambiado el mundo en estos doce años y medio, toda la infraestructura, las vías, el Túnel de Oriente. Estaba más azarado que un marrano enjalmado. Llegamos y me puse a andar de noche por la finca con una linterna. Amanecimos contando historias.

—¿A dónde fue al otro día?

—Me daba como miedo salir a la calle, sentí que no era necesario con esta amplitud que tenía acá en la casa. Fui a visitar la tumba de mis padres. Vi la necesidad de que tenía que volver a manejar, fui a sacar el pase y tuve la sorpresa de que tenía un parte, me tocó pagar $219.000, cómo le parece, y yo en la cárcel.

—¿Cómo fue ese momento, doña Mariela?

—Me levanté de la cama y le dije: “Santiago, el papá va a salir libre”. Él se tiró al suelo a llorar. El muchacho no era capaz de parar de llorar. Todo el mundo brincaba como loco. ¡Qué infierno el que se terminó! A la semana siguiente le dije: “Vea, tenga estos dos maletines, no quiero saber más de eso. Qué carga tan pesada”.

El 14 de agosto de 2023, la abogada Gallego presentó ante la JEP una acción para que revisaran la sentencia. Aportó los testimonios de exjefes y mandos medios del Frente 47 de las Farc, que de forma consistente negaron cualquier vínculo entre Javier y las platas de extorsión.

Hernán Gutiérrez Villada, alias Kadafi, excomandante del Frente 47, declaró que Cadavid “no tuvo ningún vínculo con las Farc, ni en el partido clandestino, ni en milicias, ni en apoyo ni nada de esas cosas”, y que eso podía constatarse en la información que la organización manejaba sobre Iván Ríos y Karina, donde Cadavid “no aparece por ninguna parte y nunca lo fue”. Explicó que las tropas compraban víveres en el negocio de Cadavid y que este fue usado como “gancho ciego” por alias Rojas.

Rubén Darío Ortiz Giraldo, alias Moncholo, comandante militar del Frente 47, certificó por carta y bajo testimonio jurado que Rojas obtenía de campesinos de la región el número de cuenta de HyR que usaba la Distribuidora Venus, y exigía a los extorsionados consignar ahí el dinero; luego comisionaba a terceros, ajenos a la guerrilla, para cobrarlo en el mostrador del negocio.

Rojas también declaró: “Javier era una víctima más de las Farc, le mancharon su buen nombre, Javier es inocente”.

Las víctimas de extorsión José Horacio Loaiza Duque y Misael Antonio Orozco Henao también rindieron testimonio: dijeron que las exigencias venían directamente de las Farc y que jamás trataron con Cadavid. Loaiza contó que, durante el juicio penal, interrogaron a su padre —un hombre anciano y sordo— con preguntas que él no comprendía bien del todo y que de esas respuestas confusas se dedujeron, por error, señalamientos contra Cadavid.

Javier hizo el rostro de Jesús 24 veces; pintó paisajes, bodegones, leones; pintó más de 50 cuadros. FOTO Julio César Herrera
Javier hizo el rostro de Jesús 24 veces; pintó paisajes, bodegones, leones; pintó más de 50 cuadros. FOTO Julio César Herrera
La inocencia

La Sección de Revisión de la JEP confirmó que Javier Cadavid no perteneció ni colaboró con las Farc, que no realizó actos de constreñimiento contra las víctimas y que no acrecentó su patrimonio, pues los dineros consignados en la cuenta de HyR fueron entregados en efectivo en Puerto Venus a emisarios de la guerrilla que acudían a reclamarlos.

El Tribunal explicó por qué Javier no cometió ningún delito, aunque el dinero hubiera pasado por sus manos. Sobre la extorsión, concluyó que ninguna prueba demostró que Javier supiera lo que estaba haciendo. Al contrario: la información nueva que llegó al proceso terminó por descartar la hipótesis con la que lo habían condenado. Javier confió en que todo el dinero que circulaba por su sistema de remesas venía de fuentes legítimas y lo entregó sin saber que en realidad salía de personas extorsionadas y terminaba en manos de las Farc. Para el Tribunal, eso es justamente lo que se conoce en derecho como “error de tipo invencible”, actuar sin saber, y sin tener cómo saber, que se está participando en un delito.

El Tribunal agregó que era imposible para Javier detectar el engaño. Por su sistema de remesas pasaban muchos usuarios distintos, no había forma de diferenciar una consignación legítima de una que viniera de una extorsión, y el Frente 47 controlaba con mano dura todos los intercambios sociales de la comunidad. En ese contexto, concluyó el Tribunal, no había manera de que Javier conociera ni el origen ilícito del dinero ni la identidad real de quienes finalmente lo recibían.

Sobre el segundo delito, el de enriquecimiento ilícito, la respuesta del Tribunal fue más sencilla: para que ese delito exista, tiene que haber un aumento comprobado del patrimonio de quien lo comete. Y en el caso de Javier, ese aumento nunca existió. El Tribunal fue más allá y señaló lo absurdo que resultaba pensar lo contrario: no tenía sentido que una organización armada se tomara el trabajo —y el riesgo— de extorsionar a la población bajo amenaza de muerte, para luego dejar ese dinero en manos de un comerciante y permitirle quedárselo para su negocio.

El pasado 16 de septiembre, la Subsección Quinta de la JEP dejó sin efectos la sentencia condenatoria que el Juzgado Penal del Circuito de Manizales profirió contra Javier el 11 de noviembre de 2009 y lo declaró inocente.

—Por coincidencia, el día de la sentencia iba para Puerto Venus; como que el ciclo se iba a cerrar poéticamente ahí mismo. Me di cuenta al mediodía: no tenía señal en Sonsón, y cuando llegué al pueblo me dice una señora: “¿No ha visto el celular?”. “No”, le dije yo. “Que lo absolvieron de la JEP”. “¿Cómo?”. Qué alegría tan berraca. Terminé de llegar a Venus y ahí sí empezó a sonar el teléfono. Ha sido todo muy emocionante; uno siente que queda livianito. Cargar esto durante 17 años es llevar un peso sin saber cuál va a ser el resultado final.

—¿Doña Mariela, qué piensa de la justicia? —le pregunto.

—Decepción absoluta. El juez que le tocó vigilar la pena fue un ser sin alma, sin corazón, sin nada. Y esas peleas mías todos los días en un juzgado o en otro. Salía muchas veces del colegio sin almorzar y derecho para Medellín a pelear con Raimundo y todo el mundo. Y uno dice, nombre concreto, los Nule, ¿cuántos billones se llevaron? Condenados a cuatro años en sus mansiones, ¿qué es eso? ¡Qué impotencia! Las extorsiones que le adjudicaron a Javier sumaban más de $60 millones. Si usted es un comerciante con solvencia cómo se va a enredar por $60 millones. Aquí paga el inocente.

Javier pasa los días en su finca. Responde desde dos celulares a los clientes del criadero que sus hijos manejan desde hace 18 años; les ayuda con cosas del negocio. Ya no pinta: dice que se le acabaron las ganas de hacer más cuadros en la cárcel. El resto del tiempo lo disfruta con sus hijos y nietos, lee la prensa, escucha radio y se queda mirando el horizonte cuando habla.

—¿Y usted qué piensa de la justicia, don Javier?

—La justicia cojea y llega, pero la justicia de Dios. De la justicia de los hombres me siento muy desanimado, no hicieron ningún estudio para condenarme. Siempre pensé que había una última instancia que dijera la verdad.

—¿Con qué sueña ahora?

—Con viajar bien lejos, con compartir con la familia y con disfrutar de la libertad que tanto esperé.

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