Siempreviva, de Klych López

Pobres y despojados

Oswaldo Osorio


Los grandes acontecimientos históricos narrados desde la gente del común siempre serán una veta dramática muy potente. La fusión del gran conflicto externo y los pequeños pero intensos conflictos internos, garantizan un relato con un doble interés. Eso es lo que ocurre en esta película, donde los habitantes de un inquilinato son testigos de primera mano de la toma del Palacio de justicia hace treinta años.

A pesar de la fuerza inicial de este planteamiento, hay otro elemento que se roba el protagonismo desde los primeros minutos: la propuesta de puesta en escena. Cada escena está dominada por la milimétrica y coreografiada planificación de un plano secuencia (toma sin cortes), y entre ellos se han ocultado también los empates, dando la sensación de una falsa continuidad temporal, muy bien lograda y con validez estilística, pero tal vez innecesaria dramática y narrativamente.

Junto con el plano secuencia, también se impone el único espacio donde se desarrollan todas las situaciones dramáticas, la zona común del inquilinato (solo muy eventualmente entran a alguna habitación). Entonces estos dos elementos de la puesta en escena determinan toda la dinámica del relato, dándole un acabado más como de teatro que de cine, lo cual cobra sentido si se tiene en cuenta que es una película basada en una célebre obra del dramaturgo Miguel Torres.

Si es cine o es teatro o una equilibrada combinación entre ambos, puede que solo sea una preocupación de los críticos de cine o de un público familiarizado con la leyes de la narrativa. Un espectador más atento se percatará por momentos de que el realismo del cine deja paso a los códigos dramatúrgicos del teatro, pero en últimas, en lo que se concentra la mayoría de espectadores es en cómo asumen los personajes los conflictos y qué emociones se ponen en juego, así como la conexión de esto con la toma del Palacio.

En este sentido, estamos ante un intenso drama que no da respiro y que claramente tiene dos componentes: de un lado, las situaciones del día a día, determinadas siempre por una sofocante precariedad económica, que a veces llega a unos extremos de hacerla tan forzada en beneficio del drama que por momentos cae en el “mercado de lágrimas”; y del otro, la desaparición durante la Toma de la hija de la dueña de la casa. En el primer caso, ese espacio único y la coreografía seguida con pericia por la cámara y el contrapunto dramático entre los seis personajes, mantiene un ritmo e intensidad muy bien logrados narrativa y dramáticamente, lástima que todos los problemas se reduzcan a la falta de dinero.

En el segundo componente, la Toma y desaparición de la hija, el relato adquiere una fuerza que ya se había perdido por la reiteración de las situaciones anteriores. Sin embargo, pronto solo queda la insistente alusión a la injusticia perpetrada en el histórico suceso y el lamento de la madre, dándole de nuevo paso al drama diario de la austeridad material, puesto en entredicho por dudosos y eventuales tonos de comedia, así como por los también momentáneos excesos propios del melodrama.

Cine y teatro, historia nacional y cotidianidad, son entonces las coordenadas en que se mueve este intenso relato, que es a la vez una denuncia y un estudio de personajes, preciso en su puesta en escena y muy estilizado, a veces a su pesar, pues deja muchas dudas sobre esas decisiones formales a priori que condicionaron el sentido final de la historia.

Vivo en el limbo, de Dago García

La música como destino

Oswaldo Osorio


El cineasta que está tras las películas más taquilleras de Colombia y quien tiene la filmografía más amplia del cine nacional, llega con una película con la que intenta ubicarse en un punto medio entre los dos tipos de cine que lo han caracterizado: por un lado, aquel que apela a temáticas populares para conectar con el gran público, y por otro, un cine más elaborado y serio, alejado de los facilismos de la comedia.

Si bien generalmente funge como productor y guionista (lo cual, sin duda, lo convierte en un autor, por el universo, temáticas y estilo reconocibles), solo se aventura a dirigir algunas de sus películas, sobre todo las que no son comedias. En este caso le apuntó a un drama semi biográfico del fallecido compositor y cantante de vallenatos Kaleth Morales. La película advierte que no es una historia fiel a la realidad, sino inspirada en ella, lo cual es la primera decisión que se decanta por conseguir el beneplácito del público, antes que meterse con anticlimáticas tragedias.

Se trata de la historia de Efraín Molina, un cantante que, como Kaleth Morales, creció en una familia de músicos y desde niño se inició en el vallenato, aunque terminó sus estudios de medicina a la par que cultivaba su pasión por la música. La película hace de esta tensión entre las dos vocaciones uno de los constantes conflictos del relato y, de cierta forma, dimensiona al personaje más allá del simple esquema de éxito ascendente de un artista .

Así mismo, el director se decide por concentrar más la historia en la relación del músico con su familia, sobre todo con su padre, pero también con su madre, su “tío” y su esposa. En este sentido, si bien el relato gana en complejidad en la construcción de los personajes y sus motivaciones, también es cierto que cae en ciertos esquemas del melodrama de los que se reciente por su cercanía con probables talantes televisivos. Aunque no necesariamente se puede ver esto como defecto, pues es sabido que el melodrama es un recurso muy eficaz en el contacto con el público, de manera que su uso debió ser cosciente e intencional.

Sin embargo, hay dos recursos que no son muy afortunados en la construcción de la narración y la puesta en escena, y que le pasan factura al acabado general del filme. De un lado, el personaje del Tío Mincho como narrador de la historia frente a la cámara, que funciona muy irregularmente, pues por momentos consigue el tono del narrador oral de la cultura Caribe, pero en otros, resulta forzado y retórico, cuando no facilista en función del relato; de otro lado, con el uso de actores naturales para interpretar a los personajes también consigue unos inconsistentes resultados, afectándose la dramaturgia de muchos pasajes de la película.

De todas formas, es una película consecuente con la obra de este importante cineasta nacional, quien hace un significativo aporte al necesario cine industrial colombiano. En general, se puede decir que ese punto medio funciona, pues hace un filme atractivo para el gran público, por su personaje y su temática, pero también se arriesga a probar con otros esquemas distintos a las comedias populistas.

Antes del fuego, de Laura Mora

En un oscuro país

Oswaldo Osorio


El cine nacional siempre ha estado en deuda con la historia de Colombia. Muy pocas películas hay sobre episodios, personajes y procesos históricos. En parte puede ser por las dificultades y costos de las producciones de época, pero también hay como una falta de compromiso con el pasado y su memoria, con el papel que puede desempeñar el cine cuestionando ese pasado y manteniendo presentes asuntos que nadie nunca debería olvidar.

Ni siquiera existe una película que hable directamente sobre la más significativa fecha de la historia nacional: el 9 de abril de 1948 (hay dos películas que la usan como excusa para contar otras historias: Confesión a Laura y Roa). Es por eso que hay que celebrar un filme que llega a hablar sobre otra de esas grandes fechas y acontecimientos, aunque sea treinta años después: la toma del Palacio de Justicia por parte del M-19 en noviembre de 1985.

La trama empieza unos días antes de la toma, con el asesinato de un periodista que investigaba un oscuro entramado que parecía conducirlo a prefigurar el fatídico acontecimiento. La investigación es retomada por su compañero, un escéptico y tenaz periodista, y por su nueva asistente. Juntos tratarán de encontrar la verdad y las nefastas fuerzas que hay detrás de lo que parece ser un complot de grandes proporciones.

De manera que la película está contada en clave de thriller, en el que una compleja maraña de pistas, personajes y amenazas sobre los protagonistas definen su argumento. En medio de esa trama, compuesta por un buen número de secuencias de acción y otros bien logrados momentos de suspenso, aflora una relación afectivo sexual entre la pareja de periodistas, que tal vez es lo único predecible y prescindible del filme.

No es posible pensar que esta película va por fin a revelar lo que verdaderamente ocurrió en la toma, pues se trata de un acontecimiento realmente complejo y aun con muchos misterios por resolver. Pero lo que sí hace es descartar de plano la idea de que el único responsable de los hechos fue el M-19 e insiste más en la teoría de una conspiración, en la que estuvieron involucrados por igual políticos, militares, guerrilleros y el narcotráfico. También apunta sobre los posibles móviles de dicha conspiración y pone en evidencia la corrupción y los siniestros intereses que movían los hilos del poder de un oscuro país en una época todavía más oscura.

Se trata entonces de un thriller político contado con buen pulso, intensidad y verosimilitud. Una película que apunta a un momento importante de la historia nacional, y no lo hace solo para usufructuarse de sus posibilidades argumentales y dramáticas, sino que cuestiona, reflexiona y acusa. Todo con la intención de contribuir a preservar la memoria, pero una memoria no solo para no olvidar, sino también para hacer unas preguntas pertinentes sobre nuestro pasado y sus responsables, así como por lo que en el presente todavía pervive de toda esa oscuridad.

La tierra y la sombra, de César Acevedo

Las cenizas del campo

Oswaldo Osorio


En el cine colombiano del conflicto y la violencia casi no existen películas que hablen de estos temas por fuera de los actores armados. Esto a pesar de que, desde el punto de vista social y económico, el conflicto y la violencia pueden ser tan arbitrarios y devastadores como lo han sido la guerrilla, los paramilitares o la delincuencia. Esta película elabora un fresco de ese tipo de problemática social, y lo hace apelando a un relato íntimo y sugerente que propone su propia mirada, tanto visual como narrativamente.

El regreso de un viejo devela la situación de la familia que hace años dejó atrás. Una situación crítica, tanto en lo familiar como en lo socio-económico. Su hijo está enfermo y su nuera y su esposa trabajan en los campos de caña bajo difíciles condiciones contractuales. La película avanza lento en descubrir las motivaciones y la difícil situación de los protagonistas, mientras la familia se está desmoronando, al tiempo que los grandes sembrados de caña se comen el paisaje y ya no queda nada de lo que era antes.

Es un relato con un particular distanciamiento, tanto el que pueda tener el espectador hacia los personajes como entre ellos mismos. Si bien hay una suerte de cercanía y amor entre estos personajes, está planteada con una fría emotividad. Ese distanciamiento y esa suerte de frialdad le da un tono pesaroso y de pérdida que funciona muy bien con los dos conflictos que desarrolla este filme, tanto el de adentro de la casa como el de afuera de los sembrados de caña.

Ese conflicto de adentro no solo es por la grave enfermedad de quien es padre, hijo y esposo, que ya es suficiente dramático, sino que hay una consternación de más hondas raíces, que se incrustan en esa tierra que antes era de los campesinos, cuando el paisaje no estaba uniformado por la caña y luego sometido por esa ceniza que parece una plaga bíblica. Es un conflicto que trasciende la vida de un hombre y se remonta a lo que significa tener tierra y una casa para los campesinos.

De otro lado, también es una denuncia de las condiciones de trabajo en las haciendas de caña: arbitrarias, mal pagadas y sin derechos. Además de la forma como los nuevos dueños arrasaron las tierras de los campesinos, sin importarles ese paisaje y su tradición, sino la productividad. Este conflicto y su exposición son un poco más simples y obvios, pero no por eso es menos contundente y dramático.

Es una película visualmente cuidada, que sabe aprovechar la amplitud del paisaje, de esos grandes sembrados con planos amplios y bien compuestos. Solo se acerca para mirar los rostros maltratados por el trabajo o afligidos por las desventuras. Aunque en la casa hay otro paisaje visual, el de la pesadumbre de la muerte cercana, de la pérdida que se avecina y el mal vivir que resulta de su situación. Entre este paisaje interno y el otro externo se teje una historia de dolor y silenciosa violencia.

Ella, de Libia Stella Gómez

Una mujer es una mujer

Oswaldo Osorio


Esta película se desarrolla en el cruce de dos marginalidades, la de la precariedad económica y la de ser mujer, especialmente marcada por ese contexto de carencias materiales. Paradójicamente, es protagonizada por un hombre, pero es un personaje que funciona más como hilo conductor, casi como una excusa, para poder observar de cerca a varias mujeres y sus adversas condiciones en medio de un mundo violento e indolente, con ellas y con todo.

La niña que es ama de casa y víctima de la violencia doméstica, la mujer dedicada a su esposo y olvidada por su hijo, la madre errabunda que recorre el barrio con la foto de ese muchacho que seguro no volverá a ver, y la mujer solitaria y cuyo único pretendiente es el último hombre con quien cualquiera quisiera estar. Aunque de fondo hay más, es en estas cuatro mujeres que el relato pone su énfasis y lo hace con una mirada tanto comprensiva como condolida.

De hecho, se trata de una historia bastante triste, incluso deprimente, donde los personajes no tienen casi ninguna oportunidad. Pero no por eso es una visión o un tratamiento miserabilista de estos personajes y su realidad. Tal vez esa sea la principal virtud de esta película, que es capaz de hablar de tales carencias y desventuras de una forma honesta y sensible, sin concesiones al sentimentalismo o a la conmiseración.

Probablemente lo que menos funciona es la historia en sí, es decir, la anécdota que articula todo el relato, en la que un viejo deambula con el cadáver de su esposa en procura de darle sepultura. Y es que si bien a partir de dicha anécdota es posible hacer ese mapa de la marginalidad de aquel barrio, de la violencia que hace parte de su cotidianidad y su paisaje, y de aquellas mujeres arrinconadas por ese entorno, muchas veces lo asalta a uno la extrañeza por el rumbo de esa historia y sus situaciones. Es cierto que todo es explicado en su momento, pero para el realismo y la cotidianidad que impera en la propuesta, esa anécdota resulta, si bien no inverosímil, al menos un poco insólita y extrema.

De gran riqueza expresiva y complemento estético para el universo propuesto y los temas tratados es su planteamiento visual. Una cuidada fotografía en blanco y negro acompaña, comenta y comprende aquella áspera realidad, mientras los guiños de color que eventualmente la salpican la ungen de cierto tono poético. Aunque también es cierto que, en algunos pasajes, tanta belleza visual parece contradictoria con tanta fealdad humana. Tal vez sea porque se trata de una película de contrastes, donde el más importante es ese que constata que los peores momentos y las más adversas circunstancias también sirven para sacar lo mejor de las personas.

Gente de bien, de Franco Lolli

La realidad con voz universal

Oswaldo Osorio


La relación del cine con la realidad es un asunto de distancias y miradas. Hay unas películas que se alejan mucho y otras que se acercan lo justo, con todas las posibilidades que pueda haber en medio; en cuanto a las miradas, pueden ser diversas: miradas foráneas, comprensivas, compasivas, recriminadoras  o voyeristas, entre tantas otras.

El cine de Franco Lolli se define por esa distancia y esa mirada. Tanto esta película como sus dos cortometrajes previos, Como todo mundo (2007) y Rodri (2012), tienen la cercanía de quien hace parte de esa realidad, así como la mirada, no solo de alguien que la comprende, sino de aquel que es capaz de recrearla, con sus detalles y matices emocionales, para revelarle un mundo entero y palpable al espectador a través de sus situaciones y personajes.

Ese mundo es el de las relaciones familiares y la cotidianidad de la clase media alta bogotana. Parece una realidad muy cerrada, pero es un medio ambiente suficiente para hablar de la naturaleza humana, las relaciones interpersonales y la visión del mundo de unos individuos y un grupo social, todo lo cual, en últimas, es de lo que siempre habla el cine más significativo.

En Gente de bien (2015), aunque se trata de la relación entre un niño pobre y su padre con una mujer de clase alta y su familia, el entorno en que se desarrolla buena parte del relato es el de la mujer. Por eso el tema que aparece en primer plano es el de las diferencias sociales y el descontento del niño por su situación económica, que es potenciado por el contraste al que es sometido mediante su interacción con aquellas personas. En este sentido el relato consigue introducir una tensión constante, una amenaza inminente de ese choque de clases, un miedo a que en cualquier momento se romperá esa artificial convivencia e, inevitablemente, la parte más débil (más pobre) llevará las de perder.

Pero si bien parece solo estar de fondo, el tema de la relación padre e hijo tiene un peso igual o más significativo en el relato. Entonces se puede decir que hay un conflicto externo, que es el de las diferencias de clase, el cual se manifiesta en esos roces y contrastes entre los personajes y su condición social; pero hay también un conflicto interno, que está en el traumático acople que tiene que hacer este niño para vivir y congeniar con su padre, para superar el descontento de su precariedad económica y esa suerte de traición al haberlo “entregado” supuestamente para su bienestar.

Aunque estos dos temas y conflictos bien pudieron ser otros cualesquiera, como la relación madre e hijo del primer corto o la impasibilidad de un hombre que es mantenido por su familia en el segundo; porque lo importante aquí es esa posición privilegiada en que este lúcido director pone al espectador, a quien ubica, más que enfrente, al interior de esa realidad compleja y rica en sus matices, y junto a esos personajes con sus emociones más hondas y representadas con entera verosimilitud.

Es una historia y un estilo de pura vocación realista, pero un realismo distinto al que estamos acostumbrados a ver, porque es como si fuera hecho sin esfuerzo, sin subrayar con acciones fuertes o personajes extremos, cercano a la verdad, a una verdad de unas cuantas personas y de un pequeño sector de la sociedad, pero una verdad pronunciada con una voz universal.

El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra

Diablos blancos

Oswaldo Osorio


No comparto el entusiasmo desmesurado que ha despertado esta película. Entiendo que el material con se ha construido y los temas que aborda son imponentes desde lo visual y lo espacial, así como significativos en tanto sus contenidos y relevancia ecológica, etnográfica y humanista. No obstante, la percibo como una película con una planificada agenda ideológica, un relato que se conduce por unos causes sin sorpresas, así como una historia, temas y personajes que reconozco de muchos otros filmes y textos. Tal vez esto último no debería ser un reclamo, de no ser por las expectativas creadas por la fuerte campaña que se le hizo como reveladora de un Amazonas inédito o como la primera película contada desde el punto de vista de los indígenas.

La pericia cinematográfica e inteligencia para abordar sus temas que caracteriza al director de La sombra y del caminante (2005) y Los viajes del viento (2009) están también presentes en esta película. Se trata de un relato basado en los diarios de los primeros exploradores que recorrieron la Amazonía colombiana, el alemán Theodor Koch-Grunberg y el estadounidense Richard Evan Schultes, a quienes esta historia les pone una cita con un chamán en dos momentos distintos de su vida.

Este es el primer gran -y recurrente- tema propuesto por el filme: el encuentro entre dos mundos, con todo lo que ello significa, desde el choque de culturas y mentalidades, pasando por la denuncia de los males causados por los unos a los otros, hasta la posibilidad de empatías y aprendizajes mutuos. Es un choque en el que se le da más la voz a los indígenas que a los “diablos blancos”, al menos en el sentido de definir lo que son y culpar a su contraparte. Para conseguir esto, se opta por argumentar con incesantes diálogos cargados de acusadores discursos. Es un relato que pocas veces guarda silencio, con lo que esto implica en términos cinematográficos y en detrimento de ese gran escenario en que se desarrolla.

Narrativamente se trata de una suerte de road movie (ajustada a la selva) en la que un hombre hace un recorrido, casi idéntico, dos veces en su vida, en similares circunstancias y en busca de la misma planta sagrada. La narración se nutre del contrapunto y los paralelismos entre un viaje y otro, entre un tiempo y otro, lo cual unas veces resulta revelador pero otras tantas redundante.

Y si bien dentro de este esquema el argumento prácticamente se reduce al viaje y a la expectativa de encontrar la planta, el peso del relato está en los personajes y la relación que establecen entre sí, condicionados por la búsqueda de conocimiento y por ese universo lleno de sabiduría y misticismo que es la selva. Esta relación se confronta, tambalea y por momentos entra en armonía, pero en definitiva es a través de ella que la película despliega sus ideas sobre las visiones del mundo, la subjetividad del conocimiento y la devastación del Amazonas y las culturas indígenas.

Es una película pretenciosa, en el buen sentido del término, empezando porque logra casi todo lo que pretende, tanto en su propósito de trasmitir con sus imágenes ese avasallador paisaje, como por la sistemática denuncia con la que insiste durante todo el metraje y sus reflexiones sobre la espiritualidad y el conocimiento.

Es una película que, me he dado cuenta, está funcionando muy bien con los espectadores más jóvenes, quienes “aprenden mucho de ella” y se les presenta como “mágica” (las comillas es porque cito afirmaciones de algunos de esos jóvenes a los que considero inteligentes y con criterio). Sin embargo, para este crítico de cine, que tal vez está empezando a envejecer y que ha visto demasiadas películas, no le dijo nada nuevo ni diferente. Más bien me quedo con el Amazonas de La tierra de los hombres rojos (Marco Bechis, 2008), más actual y combativa; o con la de Kapax del Amazonas (Miguel Ángel Rincón, 1982), tan divertida por su ingenuidad y tan elocuente por lo no dicho y por su abuso de arquetipos; o con la selva de Werner Herzog, más visceral y menos didáctica.

El elefante desaparecido, de Javier Fuentes-León

Rompecabezas con exceso de piezas

Oswaldo Osorio


El thriller parece no dársele bien al cine latinoamericano. Con esfuerzo se pueden citar un grupo no muy numeroso de películas que han estado a la altura del género más constante y recurrido de la historia del cine. Por lo general se antojan demasiado simples y predecibles o, justo por evitar eso, tan complicados que se hacen ininteligibles, cuando no es que naufragan en el intento por combinar equilibradamente la identidad regional con los esquemas del género en Hollywood.

A esta condición podría sumársele otra que resulta cuando se trata de coproducciones de cine de género (la película está hecha entre Colombia y Perú), pues son productos pensados con unas intenciones comerciales más ambiciosas, películas que abarcan un público mayor, idealmente latinoamericano, pero al menos de los dos o tres países participantes. Esto casi siempre ha determinado que estas historias queden en un limbo dramático y representacional entre la falta de una identidad concreta y los gruesos esquemas y estereotipos propios del cine de género (eso sin mencionar la disparidad de acentos).

El elefante desaparecido (2014) encaja en esta descripción, eso a despecho de la expectativa que se tenía con Javier Fuentes-León, cuya anterior película, Contracorriente (2009), es uno de los mejores filmes que se han hecho en los últimos años en el cine latino. En este nuevo filme está también ese pulso firme  para la puesta en escena (atmósferas e interpretaciones principalmente), pero forzado a las reglas del cine de género, por lo cual se antojan artificiales sus personajes y situaciones.

Pero todo esto parte de un guion que está cargado de artificios, con recursos harto transitados en los thrillers, como la idea del rompecabezas, del otro yo, la incertidumbre entre realidad y ficción o las pistas que van llegando a la manera de una carrera de observaciones (tipo Seven o Ángeles y demonios). Y si bien estos son elementos comunes en el género, el problema es que aquí están todos juntos, dándose estrujones unos con otros y confundiendo al espectador, pero no en el sentido habitual del thriller, de crear falsas pistas y suspenso, sino que es una desorientación en la lógica en que funcionan las cosas.

Se trata de la historia de un escritor que, mientras busca a su esposa desaparecida, quiere matar al personaje que lo ha hecho famoso. Los dos conflictos están unidos por esos recursos antes mencionados pero de forma complicada y a veces ininteligible, razón por la cual el espectador casi siempre está desentendido de lo que ocurre en la pantalla y por eso poca o ninguna empatía siente por su protagonista. Solo al final participan al espectador en la trama y el misterio dándole una rápida y poco satisfactoria explicación de lo sucedido, pero para entonces, el público ya ha abandonado la historia, aunque siga sentado en la butaca.

Ruido rosa, de Roberto Flores Prieto

El amor impreciso

Oswaldo Osorio


En ese panorama del cine colombiano definido como una cinematografía de regiones, la Costa Caribe ha tenido un significativo protagonismo y, en los últimos años, ha demostrado una revitalización y el dinamismo perdido desde hace un par de décadas. Esta película hace parte de ese inconfundible paisaje visual y cultural que siempre ha sido marca de identidad de este cine, pero también busca variables a ese imaginario y ponerse al día con ciertos estilos y tendencias de la cinematografía mundial.

Este es el tercer largometraje del director Roberto Flores Prieto, cuya carrera empezó con Heridas (2008), una valiente película que, por primera vez en el cine nacional, aborda el espinoso tema del paramilitarismo sin guardarse nada, por lo cual terminó marginada de casi todos los circuitos de exhibición (Ahora se puede encontrar en la colección Colombia de película). En 2013 realiza Cazando luciérnagas, la historia de un solitario velador de unas salinas planteada en clave de relato contemplativo y reflexivo.

En Ruido rosa (2015) hay algo de esta narración contemplativa, aunque sin el estatismo de la anterior (que lo tenía porque era un imperativo del personaje y su contexto). Y no lo tiene por tratarse de la historia de amor de una pareja de viejos y complementada por algunas subtramas. Es un amor crepuscular, que nace en una calurosa y a la vez lluviosa Barranquilla, entre un técnico de electrodomésticos y la mucama de un hotel venido a menos. Una historia que se inscribe dentro de un esquema recurrente: el encuentro de dos soledades.

Pero no por recurrente es menos eficaz y revelador, aunque no tanto emotivo o expresivo, esto a razón del tono que escoge el director para construir sus personajes, plantear la puesta en escena y desarrollar el ritmo del relato. Es decir, si bien la pareja y su naciente historia de amor se presenta como un elemento sólido y atractivo en términos argumentales y dramáticos, la decisión de elaborar el relato a partir de largos planos que dan cuenta de su soledad y sus dudas, así como el laconismo de los protagonistas, terminan por dibujar un filme distante en lo emocional y cerebral en su concepción.

Tampoco quiere decir que estas características sean un problema, pero definitivamente sí son determinantes para que cada espectador se conecte o no con la trama y sus personajes. Además, aquí es donde aplica esas mencionadas variables de lo que en el imaginario es el cine costeño: cambia el parloteo de sus gentes por la reflexiva parquedad de esta pareja, el feliz paisaje marino por una urbe marginal pero muy fotogénica y el soleado ambiente de siempre por lo que tiene de poético la lluvia.

En este contexto y con tal tono narrativo, se va descubriendo ante el espectador este par de personajes aislados y silenciados por sus años y sus respectivos oficios, y se va descubriendo también el nacimiento de una historia de amor llena de desencuentros e imprecisiones, ya a causa de las circunstancias o de las dudas e inseguridades que cada uno lleva consigo. Es una historia de amor ambigua para el espectador, en tanto resulta tierna y esperanzadora, pero al mismo tiempo incómoda e impedida de una siempre anhelada plenitud.

Esta historia y sus personajes son complementados por una concepción visual que también, por esas variables mencionadas, resulta estimulante y novedosa, incluso yendo más allá: placentera estéticamente. Ese aislamiento, el laconismo, los desencuentros y su condición cercana a la marginalidad, tienen su contrapunto visual en la rica composición de los planos y los colores (como los de un Edward Hopper caribeño) que embellecen y poetizan esos personajes solitarios y meditabundos en medio de unos espacios cuidadosamente ambientados.

Y no es que sea una fría e intelectual cinta (que algo tiene de esto), sino que es una película que se atreve a cambiar unos códigos con que ya teníamos estereotipada una cinematografía. Porque momentos emotivos y profundidad y humanismo en sus personajes sí hay, pero es necesario adaptarse a su ritmo y su mirada, no acosarla ni pedirle lo que no quiere dar.

Jardín de amapolas, de Juan Carlos Melo

El paraíso perdido

Oswaldo Osorio


Desde su título, esta película encierra una paradoja: la posible belleza de un jardín de flores frente a la violencia que representa este tipo de cultivo para un país tan golpeado por el conflicto. Además, no se trata solo de otra película sobre la violencia y el narcotráfico, es un preciso y contundente relato que revela el drama de quienes se ven afectados por el conflicto que vive Colombia y las fuerzas que están en juego.

Proveniente de una ciudad y región (Ipiales, Nariño) que poco ha tenido que ver con el cine nacional, es un filme que, tal vez por esta misma razón, evidencia una mirada diferente, como más limpia y descontaminada. Y con estas características nos cuenta la historia de un hombre y su hijo que son desplazados de su tierra, por lo cual el padre se ve obligado a trabajar en una “cocina” de heroína.

Pero el relato lo orienta la mirada del niño y su relación con una nueva amiga. Juntos proponen ese punto de vista inocente e inquieto característico de la infancia, pero que renueva la mirada sobre el conflicto y sobre esas fuerzas que se baten en torno suyo: los narcotraficantes, los grupos armados, que siempre son protagonistas en las zonas con cultivos ilícitos, y la población civil, que indefectiblemente tiene que cumplir el rol de las víctimas.

Lo que más llama la atención de esta película es el tono que consigue para contar su historia y desarrollar a sus personajes. La simpleza como virtud y la naturalidad como elemento que otorga verosimilitud son las bases de un relato que acerca al espectador a la intimidad y visión del mundo de estos personajes, una visión que, a pesar del contexto amenazante, mantiene cierta inocencia y sosiego.

Al espectador, mientras tanto, menos inocente en su mirada y con la información adicional por el acceso total que tiene a toda la trama, le es arrebatado ese sosiego casi desde el principio, y su seguimiento del relato es un camino hacia lo que parece será una ineludible tragedia, un choque de esas fuerzas en las que, forzosamente, los más débiles se llevarán la peor parte.

Este tono es complementado por una concepción visual que sabe equilibrar la sencillez y espontaneidad del relato con la belleza y poética de unos momentos emotivos y del mismo paisaje, además del uso de otros recursos que saben muy bien manejar esa contraposición entre el sosiego y la tensión que mecen la historia de principio a fin.

Es la ópera prima del Juan Carlos Melo, es también el primer largometraje realizado en aquellas tierras, y aunque aborda unos temas ya recurrentes en el cine colombiano, por la forma como fue concebida esta película, pareciera que es también la primera vez que vemos el conflicto colombiano desde este punto de vista, fresco, entrañable y revelador.