Cuarenta, de Carlos Fernández de Soto

Tribulaciones de tres promesas incumplidas

Por: Oswaldo Osorio


Los cuarenta años son los nuevos veinte, decían por ahí en alguna película. Al menos para los hombres parece funcionar más esta juguetona sentencia, seguramente diseñada para reconfortarlos en ese momento crítico de sus vidas. Aunque para muchos, la verdad sea dicha, realmente se aplica. Pero éste no es el caso de los protagonistas de esta cinta, quienes se encuentran no tanto experimentando un nuevo impulso en sus vidas, sino más bien en una encrucijada existencial.

Carlos Fernández de Soto al parecer se propuso con esta película reflexionar sobre ese momento en la vida de los hombres, cuando sus cuarenta años de existencia parece obligarlos a hacer balances. Y esta reflexión no es desde la perspectiva de aquellos que satisfactoria y felizmente le sacan provecho a sus “nuevos veinte”, sino desde la mirada de tres hombrecitos más bien grises y atribulados que le dan vueltas al asunto y a sus vidas, que se quejan y maldicen, que parecieran querer volver a tener veinte, más que para vivirlos de nuevo, para corregir el rumbo.

Que esta reflexión haya sido eficaz cinematográficamente, eso en realidad se puede poner en duda como se verá más adelante, pero ciertamente planteó y desarrolló su tema con sus posibles variables. Lo que habría que entrar a discutir es que si no funciona bien como expresión audiovisual, ¿entonces sus premisas, aunque estén manifiestas en la historia y sus diálogos, son menos significativas? En otras palabras, se puede decir que se entendió lo que quería decir, ¿pero lo dijo de manera que, como lo ambiciona  toda manifestación artística, implicara una experiencia estética y emocional plena?

Pero antes de tratar de responder esas preguntas, es necesario decir que, sin duda, el director planteó las mencionadas premisas, y para ello apeló a tres personajes que ilustran distintas posiciones ante la vida en relación con la edad que tienen. El primero es un periodista decepcionado y hasta furioso con lo insostenible de la situación del país, quien ha perdido casi toda esperanza de que él o su oficio puedan hacer algo; el segundo es un hombre casado y con hijos que descubre que es homosexual (sin duda el personaje más forzado en la naturaleza de su drama); y el tercero un hombre que, aparentemente, está satisfecho con su vida, pero que sus dos amigos y la película lo presentan como un ser inmaduro que se ha negado a crecer y que tiene una vida desprovista de toda seriedad y compromiso.

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Karen llora en un bus, de Gabriel Rojas

Viaje en bus hacia la liberación

Por: Oswaldo Osorio


Las historias intimistas son escasas en el cine colombiano, así como las películas que se ocupan del universo femenino. Esta cinta tiene ambos elementos y los desarrolla cabalmente a partir de un relato sencillo y una concepción visual naturalista, pero con un acabado propio. Y si bien no se trata de los grandes temas, justamente, su énfasis está en los detalles, en la sutileza de los sentimientos y en el pequeño mundo de una mujer, que podría ser cualquier otra.

En su ópera prima el joven director Gabriel Rojas plantea una historia de liberación. Una mujer de mediana edad, sin hijos y con un tedioso matrimonio encima, decide romper con esa vida de insatisfacciones, para lo cual sigue todo el proceso lógico: rebelión, duelo, búsqueda de sí misma, ensayo de soluciones (trabajo, otra pareja, etc.) y la autodeterminación final.

El relato da cuenta de este proceso y en su camino explora las emociones y estados ánimo que esta mujer experimenta en cada  etapa. De esta manera, es posible ver cómo puede ser misteriosa, desorientada, amargada, triste, apasionada, decidida o hasta feliz. La búsqueda desesperada por redefinirse y darle un nuevo rumbo a su vida le exige todo ese viaje emocional, y la película –así como la actriz Ángela Carrizosa- consiguen expresarlo con eficacia.

Por otra parte, si bien Karen está en todas las escenas, los personajes secundarios están para hacer eco de su búsqueda, para darle motivos a las decisiones que toma o servir como referentes de la vida que quiere o no quiere tener. Los masculinos son los menos logrados, funcionan un poco torpemente para recalcar esa opresión de la que quiere escapar esta mujer, mientras que la amiga, aparentemente, tiene la liberación que ella busca, pero lograda por la vía fácil, y eventualmente se quebrará, demostrando que esa libertad cuesta mucho más que una simple actitud desenfadada ante la vida.

Se trata de una historia cíclica, porque al final se puede ver a otra Karen, con cualquier otro nombre, llorando en un bus, iniciando otra historia parecida a la de la protagonista. Porque Karen es muchas mujeres, todas esas a les que les toca luchar más, sobre todo por la marginalidad a la que las somete la vida por distintas razones, como la dependencia material de los hombres o porque la sociedad les ofrece menos oportunidades.

Esta es una película discreta y, en general, sólida. Desde el principio sabe lo que quiere decir y el tono en que desea plantear su relato y logra tanto lo uno como lo otro. Que por momentos el espectador se puede encontrar con imperfecciones, ya en la construcción de ciertos personajes o en la falta de fuerza de algunas escenas, pero esto no es suficiente para negar que detrás de ella hay un director con una idea muy clara de lo que quiere contar y la forma en que lo puede conseguir a partir de los recursos del cine.

Locos, de Harold Trompetero

Historia de amor dedicada al amor

Por: Oswaldo Osorio


No importa que las historias más contadas por el cine sean las de amor, porque siempre habrá algo nuevo qué decir, variantes para agregar o puntos de vista qué explorar. Eso se hace evidente en esta cinta de Trompetero, quien casi siempre ha tenido al amor como tema central de su cine, o al menos así es en sus películas más personales, no tanto en las de encargo (Muertos de susto, El paseo) o en las que buscó –sin éxito- el beneplácito del público (Dios los junta y ellos se separan, El man).

En cambio, con la divertida Diástole y sístole, la bella y dolorosa Violeta de mil colores, la fábula adversa de Riverside y la sencilla y contundente Locos, este versátil director sí deja en claro que de lo que más le gusta hablar es del amor, y es justamente a partir de esas variantes y diversos puntos de vista, desde los cuales se aventura a decir algo nuevo, o al menos a buscarlo.

La sencillez y economía de recursos es lo que más sobresale en esta película, la cual, como otras de este director, fue realizada con un sentido práctico en el sistema de producción, hecha a la medida de nuestra precaria industria. La propuesta de esta historia, por eso, sabe adaptarse a esa limitación de recursos y es capaz de usarla en su favor.

Gran parte del relato se desarrolla en solo dos locaciones y con un par de personajes únicamente, pero eso es suficiente para contar una historia con una eficacia narrativa que no necesita de muchos diálogos, y con una fuerza dramática que descansa en las habilidades de una pareja de actores que logran un buen acople entre sí y le otorgan verosimilitud a la historia.

La demencia en el cine suele dar lugar a la sobreactuación o a forzadas estilizaciones por parte de los actores, y de la trama misma, pero en esta cinta Trompetero y sus actores saben encontrar el punto de equilibrio, incluso evitando los facilismos de la comedia y concentrándose más en el drama y las posibilidades de reflexionar sobre el amor a partir de esta singular relación.

Porque de principio a fin es una historia de amor, la cual pasa por conocidas fases: el encuentro, el enamoramiento, la pasión, la ternura, la compañía, la crisis y el reencuentro. A pesar de este recurrente proceso, los espacios en el que se desarrolla y la naturaleza de los personajes, lo transforman por completo, haciéndola incluso imprevisible hasta el final.

Así mismo, el atractivo adicional de esta historia de amor es la marginalidad de los protagonistas, cada uno a su manera. Ella, una loca peligrosa con línea directa a Dios, y él, un hombrecito envejecido y pusilánime. Todo lo que los separa de los demás es, justamente, lo que los llega a unir, y en la naturaleza de sus marginalidades es que encuentran el romanticismo, tanto los personajes como el director.

De manera que Trompetero, de nuevo, hace una película que se muestra honesta en sus planteamientos, original en sus búsquedas dramáticas y estéticas, práctica en su materialización y lúcida e inteligente en lo que quiere decir sobre eterno el tema del amor.

En coma, de Juan David Restrepo

Las tragedias del universo marginal

Por: Íñigo Montoya


Es difícil para mí celebrar o rechazar esta película de un solo tajo. Y lo digo porque es de esas cintas que divide al público entre esas dos posiciones. Esto porque, de un lado, se trata de un película con un tema que muchos creen que ya es recurrente (la violencia en las ciudades), y del otro, porque hay quienes ven en ella un relato impactante, entretenido y realista.

La verdad es que no estoy de acuerdo del todo con ninguna de las dos posiciones. Para empezar, el tema no es muy visitado por el cine colombiano. El de la violencia tal vez sí, pero el de este tipo de violencia en realidad no. Solo que el público en general encasilla todas las películas donde hay pillos y bajo mundo con el tema del narcotráfico. Pero esta cinta tiene que ver más con las bandas de delincuentes y su universo violento y marginal.

De otro lado, lo impactante, entretenido y realista tiene muchos bemoles. Efectivamente es una película contada con cierto brío y está construida a partir de dramáticas y trepidantes acciones, pero en todo ello hay mucho de artificio, melodrama televisivo y recargados giros argumentales. Es decir, al protagonista le pasan muchas cosas, todas son adversas y las asume con un dramatismo exacerbado.

Es por eso que uno de los principales problemas de esta cinta es la cantidad de personajes, momentos y situaciones que se acumulan en el raudo relato. Esto ocurre con frecuencia a los guionistas y directores debutantes. Pero de todos, el problema más evidente es el de la concepción del tiempo, pues resulta difícil seguir la línea cronológica en la que se ordenan esas acciones, produciendo en efecto de desorientación, así como la certeza de que el argumento y la trama se exceden en elementos.

Por otro lado, no se le puede negar a esa cinta que ese argumento recargado y esa intensidad en el relato, aunque sea por acumulación, logran un filme con muchos momentos de verdadera fuerza dramática. Además, en general tiene una factura de nivel que puede conectar con el gran público, aunque no siempre las actuaciones consiguen sostener esa fuerza, sobre todo la de algunos personajes secundarios.

Aunque sea para escoger bando es una película que hay que ver. Porque está bien empacada, porque tiene muchos elementos que son tratados para enganchar al gran público y, al mismo tiempo, porque trata de hacer un retrato honesto y descarnado de ese universo delictivo y marginal, que tiene mucho de intenso y dramático, y que aquí lo proponen como un relato con cierto halo de trágica y desbocada poesía.

Lecciones para un beso, de Juan Pablo Bustamante

Tratado de torpeza y mal gusto

Por: Íñigo Montoya

Esta película es desafortunada casi por cualquier lado que se le mire. Para empezar, se supone que fue concebida como una comedia romántica –o al menos así la promocionan-, pero la gracia se le ve poco y el romance es truncado por dos extremos: la torpeza o el mal gusto. Pero más grave aún, no tiene jamás en cuenta las claves a partir de las cuales funciona una comedia romántica.

Al parecer es la historia de amor entre dos adolescentes, pero lo menos que hay entre ellos es romance, ni siquiera al final, cuando el amor se gana un premio de consolación que no significa nada y antes molesta. En torno a ella, está lo peor de la cinta, lo más forzado y de mal gusto: la apuesta de los tres adultos por, no enamorar, sino conseguir tener sexo con tres mujeres.

El mal gusto y la torpeza empiezan por la prueba que piden para la apuesta (los pantis de la víctima sellados con la marca de un beso -¡Qué originales!-), pero se torna insoportable cuando el espectador es testigo de las bajezas que estos hombres usan como estrategias para obtener su objetivo, un comportamiento que está en las antípodas del romance.

Entre el niño tonto que ni habla ni protagoniza ninguna historia de amor y sus tres atarvanes  consejeros, se dan una serie de situaciones que poco tienen de divertidas y que solo resultan una retahíla de escenas que quieren forzar un humor que no existe, a no ser que a uno le parezca divertido el machismo grosero y los engaños mezquinos.

La película es muy colorida, como Cartagena (la de los turistas) y cuenta con la belleza siempre radiante de Cristina Umaña, que bien pudo ser cualquier otra actriz. Salvo Basile haciendo de él mismo, como siempre, y casi dos horas de profundo tedio, casi de indignación.

El jefe, de Jaime Escallón

Antihéroes no para reír sino para lamentar

Por: Oswaldo Osorio

Al ver esta película, es inevitable recordar La gente de La Universal (Felipe Aljure, 1995), uno de los mejores filmes realizados en el país. Ambas cintas están cruzadas por la corrupción a todos los niveles, pobladas por personajes egoístas y mezquinos y con un atractivo cinismo en la forma de presentar todo esto.
Sin embargo, si bien parecen hechas de lo mismo y hasta con un tono similar, a esta nueva cinta le faltó definir mejor su humor, así como construir con mayor solidez su argumento y narración, porque finalmente resulta ser una historia que siempre tambalea a causa de los cabos sueltos y el sinsentido.
Basada en la novela Recursos humanos, escrita por el caleño Antonio García Ángel, el relato sigue siempre los pasos del jefe de una pequeña empresa, un personaje construido a partir de una colección de anti valores y vilezas. Se supone que son estas características la base del humor y de la identificación con el personaje, pero ni lo uno ni lo otro funciona. No es posible identificarse con éste ni con  ninguno de los personajes, porque entre otras cosas, las   situaciones   supuestamente cómicas, que  derivan  de  sus  mezquinas   actitudes,  se  antojan  más    lamentables  que  divertidas.
Y no es algún tipo de moralismo lo que impide ver gracioso todo esto, porque el cine está lleno de antihéroes y situaciones que ponen en entredicho la moral y lo políticamente correcto. Además, mucho del humor está basado en la desgracia ajena y en las maniobras de la gente egoísta. No obstante, esos personajes y situaciones deben saber ser presentados en una ficción para que puedan ser cómicos. Esta película no lo consigue casi nunca.
Por ejemplo, el pobre empleado que pide el aumento, la fiel secretaria cuando se enferma, la muerte del vigilante y tantas otras cosas, aunque parece que fueron creadas para serlo, no resultan graciosas, sino más bien tristes y trágicas.
Es cierto que hay momentos en que la película sí consigue ese humor que pretende, un humor negro, cínico e ingenioso como el de la película de Aljure, pero son momentos excepcionales. Y también se le abona a la cinta el riesgo que corrió con el tipo de historia y el humor que pretendía, que buscaba ser una comedia inteligente y bizarra, más que una comedia elemental y predecible, como las de Dago García, por ejemplo.
Otra de las dificultades al ver esta película está en la lógica con la que fue construida su historia. El conflicto del jefe con su esposa, su amante y sus empleados en general funciona bien, con claridad y solidez. Pero toda esa situación con “el quemado”, la empresa paralela que hace detergentes y la fiesta, entorpecen los conflictos principales, derivan en situaciones sin mucha verosimilitud y llenas de cabos sueltos.
Con todo esto, no se trata de una película insoportable ni en la que falta el talento, pero sí una película malograda en relación con lo que tenía y pretendía lograr. Porque si su principal objetivo era contar una historia divertida, justamente falla en eso, en contar una historia bien estructurada y en ser eficaz y genuinamente divertida.

El cine colombiano en 2010

Un balance agridulce

Por: Oswaldo Osorio

La situación actual del cine nacional no se puede definir fácilmente ni con afirmaciones absolutas. Son tantos los factores que intervienen y los puntos desde los que se puede abordar un análisis, que hablar en blanco y negro no es suficiente, pues se requiere una paleta de matices compuesta por aspectos como la producción, la distribución, el apoyo del estado, las coproducciones, las temáticas, la taquilla y hasta la crítica.
Hace unos días se dio un debate al respecto a partir de dos artículos, uno escrito por el Maestro Julio Luzardo (www.enrodaje.net) y otro por el crítico y polemista Pedro Adrián Zuluaga (www.pajareradelmedio.blogspot.com). Cuestiones como el tipo de cine que se debería hacer en Colombia, la relación costo-beneficio-calidad o el papel del estado en la subvención de nuestro cine, fueron tratadas por ambos expertos dando pie a significativas reflexiones sobre el tema.
Primero las cifras. Fueron diez los largometrajes estrenados durante el 2010, pero solo dos  superaron los trescientos mil espectadores (El Paseo y Sin tetas no hay paraíso) y casi todos los demás estuvieron por debajo de los cincuenta mil. Eso teniendo en cuenta que fue el año en que los colombianos más han ido a cine (35 millones de espectadores, el doble de hace cinco años). Pero ni el cinco por ciento de ellos fueron a ver nuestras películas.
De estos datos se desprende: que se mantiene el volumen de producción que se tiene desde la creación de la Ley de Cine; que el cine criollo más visto es el más publicitado y comercial pero el de menor calidad; también que, aunque aumentó la asistencia general a las salas (gracias a la novedad del cine en 3D), el público del cine nacional ha disminuido notablemente; y que los premios nacionales e internacionales obtenidos por películas como El vuelco del cangrejo o Retratos en un mar de mentiras no tienen ninguna repercusión en la taquilla doméstica.
En cuanto a las temáticas, la variedad que siempre ha tenido –aunque muchos crean lo contrario- nuestro cine se mantiene. Hay películas que tocan la realidad nacional pero con diferentes y hasta opuestas aproximaciones (La sociedad del semáforo, Retratos en un mar de mentiras y Sin tetas no hay paraíso), comedias ligeras (El paseo y Chance), cine de género (García), adaptaciones literarias (Del amor y otros demonios), relatos intimistas (Rabia y Contracorriente) y cine de autor (El vuelco del cangrejo).
En este sentido, el cine que se está haciendo en Colombia mantiene un saludable y natural comportamiento, es decir, existe la variedad que requiere toda industria, porque es tan necesario el cine de consumo, como El Paseo que acaba de superar los 800 mil espectadores, y el cine concentrado en explorar las posibilidades del arte cinematográfico, aunque esté un poco de espaldas al gran público, como ocurre con La sociedad del semáforo o El Vuelco del cangrejo (vistas apenas por 40 mil y 24 mil espectadores, respectivamente).
En medio de estas propuestas, hay otras que son las que realmente deben preocupar en esa relación entre el tipo de cine que se le ofrece al público y la respuesta de éste en la taquilla, pues se trata de películas que logran un equilibrio entre calidad cinematográfica y cercanía con el público (Retratos en un mar de mentiras, Rabia o García, por ejemplo), pero que este no responde como debería ser, lo cual pone en evidencia algunos de los principales problemas del cine nacional: las pérdidas económicas y el desconocimiento casi general de nuestro cine.
Tenemos una Ley de Cine que apoya la producción, una variedad de oferta para todos los públicos y unas propuestas cinematográficas que enaltecen la calidad del cine nacional. En eso ganamos el año. Pero se pierde con la falta de un respaldo más integral por parte del público y con la poca eficacia en la divulgación y distribución.

El paseo, de Harold Trompetero

La tarea maluca

Por: Íñigo Montoya

Cada año la misma tarea que hace Dago García al estrenar una película el 25 de diciembre, el cinéfilo colombiano la debe de hacer también al verla. El problema es que cada vez resulta una tarea más tediosa y obligada, porque los tiempos de buenas comedias como La pena máxima o Te busco, ya pasaron. El común denominador en los últimos años ha sido el sentimiento de extrañeza y estupefacción ante lo que este productor, y su director contratado de turno, piensan que es el humor.
El caballito de batalla de la cinta de este año es la road movie, un subgénero que normalmente se presta para  contar historias muy dinámicas y en las que suceden muchas cosas. Pero por dentro de este envoltorio, todo lo de siempre, y de más dudosa calidad cómica, esto es, una familia semi disfuncional pero que también “tiene su corazoncito”, la clase media bogotana como representación del “colombiano común y corriente”, más chistes verbales que visuales (gran error en la comedia cinematográfica) y un humor creado en general a partir de salidas fáciles y populistas.
El hilo conductor, además del viaje, es la verborrea del incomprendido y pusilánime padre de familia, interpretado por Antonio Sanint como si fuera uno de sus números de stand up comedy, cosa que muy pocas veces funciona, sobre todo porque el espectador nunca se identifica cómicamente con él y porque sus chistes casi siempre son clichés o predecibles.
Luego viene sus reforzados giros argumentales, como la reiterada presencia del jefe o el secuestro por la guerrilla zen (!). Es cierto que la comedia puede dar lugar a situaciones absurdas o disparatadas, pero aún así estas deben ser coherentes con una lógica impuesta por la película. Pero no es este el caso y el resultado es todo lo contrario al humor, esto es, el desconcierto y la estupefacción.
Y lo peor llega al final con el final. Un giro meloso y sin ninguna fuerza que deja es aburrido al público que ya está hastiado con ese vaso gigante de crispetas. Entonces todos salimos del teatro y, paradójicamente, una película que no fue hecha para dejarlo pensando a uno, lo pone a pensar, porque es un poco inexplicable esa concepción del humor de quienes, sabemos, conocen la industria, tienen talento y manejan el oficio.
Sin embargo, hay algo que no me deja muy bien parado: que soy uno de los pocos que piensa esto, porque ésta y a sus antecesoras, son películas a las que les va bien en taquilla, y ese –en promedio- medio millón de personas que las ven y se ríen y se carcajean y vuelven al siguiente año y toda la cosa, toda esa gente, seguramente no se pone a pensar en nada de esto.

Retratos en un mar de mentiras, de Carlos Gaviria

Imágenes de un doble conflicto

Por: Oswaldo Osorio

Mientras el país no cambie, el cine nacional seguirá insistiendo en los mismos temas, los cuales, además, son los que generalmente brindan mejor material para la realización de buenas películas, de cintas serias y sólidas, comprometidas con mirar nuestra realidad y reflexionar sobre ella, no como mera anécdota sensacionalista, ni como simple recuento de hechos, sino con una mirada atenta y honesta a la que le importa tanto el cine como el país. Justo a este tipo de películas es al que pertenece esta ópera prima de Carlos Gaviria.

El desplazamiento forzoso como tema de fondo y el road movie como esquema narrativo son las coordenadas en las que se mueve el relato. De hecho, ambos elementos están ligados por la lógica que los define, esto es, el espacio y la territorialidad. En este contexto, la pareja de primos que protagoniza la historia hace un viaje para recuperar las tierras que perdieron por esa violencia que los obligó a emigrar.

Pero como en todas las películas de carretera, no se trata de un simple viaje físico y geográfico, sino que para ellos es un viaje al pasado y a todo lo que ello conlleva: la búsqueda de sus raíces, de un futuro mejor por vía del regreso al origen y de la recuperación de lo que les pertenece y los define, incluso también es la confrontación de sus traumas, en especial en el caso de Marina.

Este recorrido lleva al espectador a lo más hondo de los miedos de esta joven, pero también del país, del que tal vez sea su más crítico y antiguo problema: la violencia disfrazada de bandos o ideologías, pero que sólo es una excusa para apropiarse de las tierras de los otros, ya por vía de la eliminación o la expulsión. Esta dinámica es la que ha imperado en Colombia desde las guerras civiles del siglo XIX.

Como muchas de las películas que se refieren a la realidad del país, en esta se puede ver claramente ese doble conflicto, el del país y el de sus personajes, y claro, el de estos en buena parte ligado al primero. De manera que los retratos del país empiezan con la extrema marginalidad de los barrios constituidos principalmente por desplazados, hasta llegar a aquel lugar que es al mismo tiempo el recuerdo de un horrible pasado y la esperanza para reconstruir el futuro. Porque se dice que en Colombia las cosas han cambiado y que la gente puede volver a sus hogares y recuperar lo perdido, pero la realidad es muy distinta y esta película se encarga de ilustrarla de forma aplastante.

Así que de fondo hay un par de asuntos que la película plantea con mucha seriedad y casi angustiante gravedad, que es la violencia en la Colombia profunda y los traumas y la tristeza de la joven Marina como consecuencia de todo lo que ha sufrido por esta violencia. Y sin embargo, no se trata de un oscuro y truculento drama. Aunque esos conflictos están siempre presentes, sobre todo el de Marina, el relato se desarrolla de forma vivaz y casi desenfadada, esto a causa de las particularidades (narrativas y visuales) del esquema de road movie, pero también por el contraste entre las personalidades de los dos primos, pues mientras Marina se muestra casi siempre callada y ensimismada (con una Paola Baldion que supo transmitir mucho con poco), Jairo es extrovertido y dicharachero, henchido de todo el optimismo y alegría que su prima ha perdido.

La precisión y sutilezas con que Carlos Gaviria construyó la relación entre estos dos personajes es la más importante virtud de esta película. Pero en general estamos ante una cinta sólida y consecuente con su tema, imperfecta por momentos, pero nada que empañe un sobrado desempeño de todas sus partes, las cuales consiguen construir un relato que es capaz de cumplirle con altura al cine y a la realidad del país.

El vuelco del cangrejo, de Óscar Ruiz Navia

Contemplar para percibir

Por: Oswaldo Osorio

El gran error del cine es el argumento, decía Fernand Léger en los años veinte cuando buscaba la abstracción en el séptimo arte. Y no es que esta película de Ruiz Navia sea abstracta, ni tampoco que no tenga argumento, pero sí es claro que no pretendía limitarse simplemente a contar una historia. Porque como Léger, que sabía que el cine podía incluso prescindir de la anécdota para expresar cantidad de sensaciones y emociones, este joven director hace una película cargada de sentidos (estéticos, emocionales y políticos), apelando a las imágenes, a la creación de atmósferas y a lo sugerido, más que a un convencional relato construido sólo a partir de acciones.

De manera que la historia que cuenta es muy sencilla: un hombre va a un pueblo del Pacífico, llamado La Barra, y permanece allí unos días esperando y observando lo poco que ocurre en el lugar. No se sabe bien qué espera, ni tampoco qué lo llevó allí –aunque se sugiere la huída por un desamor-, y mucho menos sabemos con exactitud lo que busca, pero en él es evidente una tensión latente y una expectativa que se trasmiten al espectador y al relato.

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