Porfirio, de Alejandro Landes

La vida desde una silla de ruedas

Por: Oswaldo Osorio


El cine siempre ha sido dominado por historias que permiten la evasión de la realidad y por narrativas con estructuras definidas, puntos de giro, y conflictos concretos. Sin embargo, buena parte del cine de los últimos años (no el de Hollywood, por supuesto) ha tomado una dirección casi opuesta: habla no solo de la realidad, sino de la cotidianidad, tiene estructuras narrativas difusas, puntos de giro desvanecidos por un manejo del tiempo que es más como el de la vida que como el del cine, y con conflictos aparentemente ordinarios o minúsculos.

Porfirio tiene estas características. Su vocación por retratar la cotidianidad de un hombre en silla de ruedas raya con el documental. De hecho, Porfirio es Porfirio y el drama que vemos en la pantalla es su vida misma. No obstante, todo en esta cinta es evidente que está planificado en cada detalle. Empezando por la fotografía, tanto los cuidados encuadres como el uso de la luz, porque con los unos y la otra se logra una estilización que da cierta belleza a lo que podría verse como fealdad y marginalidad.

Ese relato quedo y la mirada contemplativa pincelan de a poco y con paciencia el retrato de Porfirio y su cotidianidad arrinconada en su limitación. De esta forma, logra adentrarnos a la normalidad de una vida que casi nada tiene de normal. Las rutinas van construyendo con solidez a un personaje con una vida de desencanto y contrariedad, mientras los detalles (como saber cuántos canales tiene una teja, por ejemplo) dan cuenta de los matices de esa rutina.

Es cierto que puede ser una película difícil de ver, que la carga de lo que parece más un documental le pese a quienes estén pensando en una historia y un relato convencionales, pero todos esos tiempos muertos, esas acciones cotidianas (desde bañarse o defecar hasta tener sexo) y esa aparente falta de conflicto, es lo que le permite al espectador entender a este personaje en la callada desesperación de su condición. Solo así ese final inesperado cobra su real significado y con la fuerza requerida.

Si durante casi todo el metraje nos acosa una suerte de malestar e incomodidad por la intromisión en la intimidad de Porfirio, al final, ya más cómodos con la cercanía a la que nos ha obligado el relato, su historia se transforma bajo las connotaciones ideológicas y sociales de su condición y de lo que él quiso hacer para solucionarla.

En esta cinta vemos el documental moldeado por la ficción, pero una ficción que obedece a los tiempos y la mirada del documental, aunque lo desobedece cuando nos ofrece una representación estilizada y un relato parsimonioso que se soluciona magistralmente con una canción final, una canción que obliga al espectador, mientras la escucha, a devolverse y redefinir esa historia que le acaban de contar y ese personaje que acaba de conocer.

La cara oculta, de Andrés Baiz

O del entretenimiento momentáneo

Por: Oswaldo Osorio


Entre todas las tipologías de cine que se podrían crear, existe el cine bien hecho y el buen cine, que tal vez son parecidos, pero nunca la misma cosa. Algunas afortunadas películas pertenecen a ambos tipos, pero esta cinta de Andrés Baiz es solo cine bien hecho, porque se trata de un thriller que en general cumple su objetivo y evidencia su metódica concepción, pero que termina siendo apenas eso, un buen ejemplar de cine de género que se olvida cuando empiezan los créditos finales.

Fue inevitable experimentar cierta desilusión al ver que este filme no tenía ese tono visceral y oscuro de su cortometraje La Hoguera (2007) y su película Satanás (2007). En este nuevo proyecto solo se mantiene el buen pulso narrativo de este director y su eficacia con las imágenes, porque por lo demás, estamos ante un thriller ciertamente original en su historia y bien contado, pero que emociona y sorprende apenas en la justa medida (eso sí, no vea el tráiler porque le cuentan la mitad de las sorpresas).

El material promocional de la película habla de una historia que “explora los límites del amor, los celos y la traición”, no obstante, estos elementos solo son una excusa argumental que están en la superficie del relato, el cual se concentra en lo mismo que la mayoría de los thrillers: el enigma por resolver. En este caso, se trata de la misteriosa desaparición de Belén, la novia del protagonista.

Solo hasta que se revela la razón de esta desaparición, la trama toma la fuerza y el interés de los que carecía en casi toda la mitad de la película. Es cierto que toda esa primera parte es para preparar los eventos finales, que ciertamente crean una verdadera tensión y sorprenden genuinamente, pero de todas formas es mucho tiempo de espera y diálogos de trámite y falsas pistas prescindibles,  todo lo cual se pudo haber reducido para mayor eficacia del relato.

Esto mismo ocurre con los tres protagonistas, que pasan demasiado tiempo siendo tan sosos y comunes y corrientes que no es posible identificarse con ninguno de ellos. Solo al final las dos mujeres consiguen un giro en su comportamiento que le cambia un poco el registro a sus personajes, pero no hay mucho tiempo para apreciar de qué más son capaces, porque poco después termina la película.

Andrés Baiz logró hacer una película que, en términos de producción, supera mucho del cine colombiano, ya por sus coproductores españoles, por su distribuidora internacional, por el gran nivel que consigue en su factura y por tratarse de cine de género, pero no nos dice mucho con su película, no hay nada significativo en ella como para recordarla, solo es una cinta óptima para quienes gustan de las películas que entretienen y sorprenden momentáneamente.

Silencio en el Paraíso, de Colbert García

Las oscuras sendas del país

Por: Oswaldo Osorio


Por más que se haya hablado de un tema, abordarlo desde una nueva perspectiva podrá decir algo inédito o ahondar más en él. Esta cinta es sobre el más grande escándalo del gobierno de Colombia de los últimos años. Pero en lugar de encarar de entrada y explícitamente el crimen de estado en cuestión, el relato prefiere sugerir sus horribles consecuencias por vía de la construcción de una historia y unos personajes que le dan un rostro más humano a tal injusticia y crueldad.

Es por eso que esta película, inicialmente, está planteada como una historia sobre la marginalidad: Un barrio periférico de Bogotá, un pobre joven pobre que perifonea publicidad para sostener a su familia y la delincuencia que asfixia a todos con sus extorciones. Entre los truhanes y la falta de oportunidades, todo está servido para que tanto el protagonista como otros jóvenes del barrio sucumban ante la voracidad de un país tan corrupto.

Bueno, pero también está el amor. Un amor concebido en las fronteras opuestas a la guerra sucia que se ejerce a diario en Colombia. Es un amor ingenuo, tímido y romántico. Además, parece ser la única razón que alegra el día, el único motivo para vivir y soñar, hasta para cambiar súbitamente el semblante. Pero esta promesa de amor solo sirve para hacer más dolorosos los acontecimientos que se avecinan.

Con estos elementos, el relato construye un personaje y un universo ricos en detalles, sólidos y que logran que el espectador se identifique fácilmente con ellos. Y justamente es en el conocimiento orgánico y cercano de esta realidad donde se encuentra la novedad en el punto de vista.  El trágico destino final de estos jóvenes y sus familias se mencionó y denunció infinidad de veces, en los medios principalmente. Pero conocerlos de cerca, saber de sus sueños y afectos, eso solo lo consigue el cine con películas como esta.

El componente político y de denuncia en esta cinta solo puede sospecharse hacia el final, cuando estalla dolorosamente ante la cara del espectador, cuando se revela la ignominia de una práctica asesina y corrupta amparada por el Estado. Por lo demás, vemos una emotiva y casi pintoresca historia de amor y sobrevivencia, todo guiado de la mano de un personaje que se antoja tan real como entrañable.

A pesar de algunas inconsistencias (como la forzada relación entre el protagonista y la mujer que contrataba jóvenes), esta cinta tiene la virtud de saber armar un relato que, a partir de situaciones más o menos cotidianas en la vida de un joven que habita un barrio marginal, consigue crear un relato fluido y con una tensión solo insinuada, pero que nunca decae. Porque no hay en esta película furibundos discursos ideológicos, muy a pesar de que termina siendo una devastadora denuncia política.

Con un tratamiento realista en la puesta en escena y la fotografía, y con una cámara que sabe cuándo estar en la soltura del hombro y dónde ubicarse para conseguir un buen encuadre, esta película sigue de principio a fin a un joven que bien puede representar todo lo bueno y lo malo de este país. Lo bueno estuvo siempre en él y lo malo en una de esas oscuras sendas por las que se ha encaminado Colombia.

10 cortos colombianos bajo la lupa


Por: Oswaldo Osorio

El cortometraje casi nunca tiene la posibilidad de que se le haga una crítica. Sin espacios de exhibición y, consecuentemente, sin público, resulta poco estimulante ocuparse de ellos. Intentando pagar esta deuda, aquí están las reseñas críticas de diez cortos colombianos de la última década. No es un conteo ni una rigurosa selección, es solo un grupo de buenos y significativos trabajos de los que siempre quise escribir.

Alexandra Pomaluna (Gloria Nancy Monsalve, 2000)

Una película imperfecta en algunos aspectos de su factura pero de gran fuerza en la construcción de su historia y en las implicaciones éticas y sociales del universo que propone. La influencia del realismo de Víctor Gaviria se hace evidente en esta alumna aventajada. La historia ya ha sido escrita, cantada y contada por el cine, pero no por eso su adaptación a la violencia de los barrios marginales de Medellín es menos eficaz. El travesti que monta una peluquería es tratado igual que las prostitutas del cuento de Maupassant, la canción de Chico Buarque o la película de John Ford. Es víctima de la injusticia y la violencia de su tiempo, pero sobre todo, de la doble moral de una sociedad que más fácil repudia a un hombre con maquillaje que al asesino del barrio.

Od, el camino, (Martín Mejía, 2003)

Aunque pareciera hecha por un europeo discípulo de Tarkovski, esta película es el trabajo de grado de un estudiante de cine de la Universidad Nacional. Su arrobamiento por el tratamiento de la imagen es el principio que rige esta cinta, simple como relato pero de compleja elaboración en su concepción estética. Es un día en la vida de un campesino que tiene su hijo enfermo. Como una mística peregrinación que salvará a su vástago, el hombre recorre fríos paisajes abrazados con impasibilidad por la niebla, los recorre como si fuera un héroe mítico que ha sido enviado en busca de los ingredientes para preparar una pócima milagrosa. Las suaves y logradas texturas son cómplices de esta sugerente cinta, en la que nada grita ni desentona, ni visual ni sonoramente. Porque en ella el sonido es también tan sutil y elaborado como la imagen, creando ambos una experiencia estética delicada y llena de sensibilidad.

La cerca (Rubén Mendoza, 2005)

En el cine nacional, el conflicto que ha vivido el país es un tema tan habitual que suele tratarse de forma muy obvia o directa. Sin embargo, en esta película, sin dejar de llamar las cosas por su nombre, las implicaciones de esa violencia y sus raíces políticas son llevadas mucho más lejos, tanto como las más intrincadas relaciones familiares o como las honduras del subconsciente. El odio que se tienen los protagonistas de este corto, padre e hijo, solo es comparable con el odio que ha habido históricamente en Colombia entre rojos y azules, entre guerrilleros y paras o simplemente entre vecinos. Apenas a partir de unas convincentes actuaciones, un largo diálogo y la alusión a un par de sueños, este relato revela con lucidez y contundencia todo ese odio que explica tantos males en el país, y toda esa historia que ha estado condicionada por este sentimiento. Revestida de una macabra poesía y un muy sutil humor, este cortometraje es uno de los trabajos más inteligentes, sólidos y maduros del cine nacional. http://www.youtube.com/watch?v=rtvUnAXMLeo

Juanito bajo el naranjo (Juan Carlos Villamizar, 2006)

Una bella y divertida fábula sobre la culpa desde la perspectiva de un niño, esa culpa que, por el travieso robo de una naranja, es alimentada por los miedos y amenazas que  acosan a los campesinos colombianos. Sin ser explícitamente una historia sobre el conflicto armado, es evidente su presencia en la cotidianidad del país, al punto de meterse hasta en los sueños de un inocente niño. Este doble conflicto propuesto por la película, es decir, la culpa del niño y el temor de perder a su familia a causa de la violencia en el país, está planteado en un relato de perfecta factura en su puesta en escena e inteligente manejo del color, la luz y el paisaje.

http://www.youtube.com/watch?v=VXRt_dT67pQ

Ciudad crónica – Collar de perlas (Klych López, 2006 – 2007)

La precisión narrativa y el dominio de la técnica cinematográfica son la marca de fábrica de este director. También sus temas serios y problemáticos, tratados con sentido crítico,  desalentadora ironía y fuerza dramática. Todas estas características/virtudes se pueden ver en estos dos cortometrajes. El primero, es sobre la ética periodística y la forma en que pierde gravedad la muerte en un país como el nuestro. Un amargo relato de tristes personajes que deja mal parado a todo el mundo, y que, además,  juega con un doble final muy sugestivo para la reflexión sobre el tema. Collar de perlas, por su parte, en “colombiano” significa collar bomba. Unos criminales, una mensajera y una víctima, provista de este adorno autóctono, son los ingredientes para una historia macabra y paródica, inspirada en la crueldad nacional.

Como todo el mundo (Franco Lolli, 2007)

Es pasmosa la naturalidad y fuerza que consigue este cortometraje con economía de recursos. Un adolescente de clase alta lidia con su madre ante la precariedad financiera en la que se encuentran, mientras trata de llevar una vida social normal con sus amigos. Santiago Porras, actor natural, y la siempre enérgica actriz Marcela Valencia, consiguen un impecable registro de la tensión que puede haber entre madre e hijo. El talento y buen criterio del director no es menor, porque, primero, tiene la lucidez de identificar en unas situaciones cotidianas sus implicaciones dramáticas y hasta sociológicas, y segundo, es capaz de concebir una puesta en escena deslumbrante por su espontaneidad y perfecta ejecución. El espectador se olvida de que son actores y, con toda certeza, logra una inmediata identificación con ellos y se le revela un mundo, con todos sus matices y detalles, que empieza a existir después de ver esta película.

Sin decir nada (Diana Montenegro García, 2007)

Un amor juvenil cruzado por el miedo al rechazo afectivo y a los prejuicios sociales. Una joven oculta su timidez en su afición por la fotografía, la cual le sirve también para espiar e idealizar a su amor platónico, una compañera de clase. Su propia voz  nos cuenta sobre sus sentimientos y emociones, mientras que las imágenes se aventuran a buscar la intimidad, primero de cada una de ellas y luego de ambas juntas. Un relato sin sutilezas en la construcción del  universo malvado que puede ser un colegio femenino, pero también lleno de sensibilidad para con una historia de amor atípica, audaz y en principio imposible. http://www.youtube.com/watch?v=4PirD59DwqY

La serenata (Carlos César Arbeláez, 2008)

Las aventuras de un par de mariachis en la noche medellinense son contadas aquí con una mezcla de realismo y picaresca. La dura vida del rebusque se enfrenta con la frustración de un futuro incierto y una ciudad hostil y llena de trampas. Clientes que no pagan, gente que les dispara a los músicos, billetes falsos y marginalidad en la calle, toda esa carga dramática y de problemática social, si no se tiene una visión reflexiva sobre la historia, puede pasar desapercibida por lo que hay en primer plano: un par de músicos quejumbrosos, divertidos y viviendo una mala racha. Uno de ellos es interpretado por Favio Restrepo, quien de nuevo compone otro arquetipo del paisa con soltura y convicción. Una cinta divertida, reflexiva y recreada con espontaneidad.

Eskwe quiere decir colibrí (Mónica María Mondragón, 2010)

Hermosa y dolorosa historia sobre una niña indígena que, literalmente, vaga por un prostíbulo mientras su madre trabaja. La sola enunciación de esa imagen ya tiene una enorme carga visual, dramática, social y sicológica. Su directora sabe responder a esta carga y construye un relato que, casi sin argumento,  está hilado por el recorrido y la mirada de esta niña, a partir de los cuales es capaz de dar cuenta de un universo turbio y vivaz al mismo tiempo, y tan lleno de soledades como de personas. Por otra parte, es sorprendente como la película, por la forma en que mira la cámara y maneja la luz,  es capaz de encontrar la belleza en ese ambiente derruido, sucio y decadente.

Publicado en la  Revista Kinetoscopio No. 94, abril – Junio de 2011.

El páramo, de Jaime Osorio Márquez

Con el miedo adentro

Por: Oswaldo Osorio


La industria de cine se soporta sobre los géneros cinematográficos. Esto porque es un cine de fácil identificación para el público y, por lo tanto, muy popular. Y entre los géneros que más gustan están el thriller y el horror. Esta película parece estar a mitad de camino entre ambos, que se diferencian por la naturaleza del conflicto o de la amenaza que se cierne sobre los protagonistas, pues mientras en el thriller esa amenaza es representada por el hombre mismo, en el horror se trata de fuerzas sobrenaturales.

Justamente la premisa de esta película está en crear la duda sobre si se trata de un thriller o de una película de horror. Es decir, si de lo que se tienen que defender esos nueve soldados es del mal que proviene de los hombres o de inexplicables y misteriosas fuerzas. El problema es que para hablar de esta cinta hay que despejar esa duda, y saber esto puede dañar la expectativa para quienes no la han visto.

El primer elemento que proporciona el relato se decanta por un cuento de horror: el espacio donde se desarrolla la historia, una base militar perdida entre la niebla de un páramo se convierte en el protagonista indispensable por vía de uno de los principales esquemas del género, el de la “casa –base- embrujada”. Son las características de este lugar y el misterio que rodea lo que ocurrió en él, lo que dispara los miedos de los protagonistas y la permanente aprensión del espectador.

La fotografía, naturalmente, sabe sacarle provecho a este espacio y a las circunstancias definidas por el miedo de estar sitiados. La blanca espesura de la niebla es registrada por planos amplios en los que se pierden y confunden las figuras, convirtiéndose así, al mismo tiempo, en angustia y amenaza; mientras que al interior de las instalaciones los planos se cierran, se juega permanentemente con el desenfoque y la luz escasea, todo esto para enfatizar la atmósfera claustrofóbica y la idea del “sin escape” que pesa sobre todos. Así mismo, una cámara siempre nerviosa y en movimiento lo registra todo en  tono documental, para darle más realismo, y con planos subjetivos, para hacer sentir las emociones de los personajes de forma más vívida.

Pero el relato avanza y, concretamente, solo se puede ver a un misterioso y turbador personaje que luego desaparece, dejando a esos hombres con la sugestión de una oscura amenaza que los acecha. Y ahí es cuando se desata el verdadero infierno, pero es el infierno que estos hombres llevan por dentro, el cual es en buena parte consecuencia de sus acciones y del remordimiento que estas les producen. Además, en este sentido el filme deja ver de fondo una acusación sobre los desmanes de la milicia en este país. Aunque es claro que su intención principal no es la de elaborar una historia con un trasfondo muy profundo ni complejo, sino apelar a la emoción directa del espectador por vía del cine de género.

La esperanza desaparece entre la niebla, la moral se va desmoronando y la paranoia se apodera de todos. Cuando ninguna amenaza exterior se manifiesta y la cordura de los soldados progresivamente se despedaza, nos damos cuenta de que el thriller sicológico se apoderó del relato, que aquí el hombre es un lobo para el hombre y que en adelante todo será una sola hecatombe.

La gran virtud de esta película es que en ningún momento la tensión que crea sobre el público desaparece. Primero, con su bien elaborado engaño para hacer creer que se trata de un cuento de horror, y luego, con la descarnada forma en que va transformando a sus personajes y se va deshaciendo de ellos uno a uno, algunos de forma angustiante y otros de manera cruel, incluso truculenta.

De manera que esta cinta cumple a cabalidad su cometido, que no es otro que producir en el espectador emociones fuertes por medio de los recursos del horror y el thriller. Y esto lo hace gracias a un guión simple pero bien elaborado, a unos actores de gran fuerza y contundencia en la encarnación de esos duros personajes y a la hábil construcción de un espacio dotado de un ambiente lleno de tensión y de zozobra, como la película misma.


Póker, de Juan Sebastián Valencia

Apostar toda la vida a una carta

Por: Oswaldo Osorio


Hay quienes se juegan la vida en una partida de póker. O al menos es lo que nos ha enseñado el cine. Aunque, por supuesto, sabemos que eso también ocurre en el mundo real. La diferencia, sobre todo con películas como esta, es que en el cine las vemos cargadas de estilización en su narración, sus imágenes y construcción de personajes.

Por eso, de acuerdo con el tema y el género al que apela (el thriller), los referentes de esta película están más en el cine mismo que en la vida, lo cual no es ningún problema, siempre y cuando se juegue acertadamente con las necesarias variaciones que exigen el tema y el género para que diga algo nuevo o de forma inédita. En tal sentido, esta cinta lo logra por momentos, pero en otros no. Aunque el balance tiende a ser más positivo que negativo.

La historia plantea el encuentro de cinco vidas (y una sexta tangencialmente) en una mesa de póker, cada una de las cuales está signada, ya por la adversidad, por la debilidad de sus vicios o por el peso de sus circunstancias. De ahí que lo que más se destaca en el filme es su estructura narrativa. Más allá de que los relatos fragmentados y discontinuos estén de moda, es un recurso que se justifica si la historia así lo exige, como efectivamente ocurre en este caso.

Porque tal vez no había otra forma de contar la historia de estas cinco almas, sino a partir de viajes al pasado, por medio de flashbacks, del uno y del otro. Con eficacia de recursos, esto es, escogiendo muy bien los momentos que debían dar cuenta de la vida y caracterizar a cada personaje, el relato construye un bosquejo preciso pero sin muchos detalles de cada uno de ellos.

Pero el primer gran problema de la película se deja ver, justamente, con la elección de algunos personajes y sus características, porque, como decía, uno está muy sensible a los referentes cinematográficos y en ese sentido molesta un poco la forma en que esta cinta recurre parcial o totalmente a lugares comunes.

El cura cínico y vicioso es el más grande de ellos, pues la caricatura que muchas películas hacen de este tipo de religioso (que sin duda los hay, pero de ninguna manera son la mayoría) es tan obvia como torpe. Tal vez también es un lugar común la presencia de un sicario y hasta del padre modelo viudo y con un hijo con una grave enfermedad. Es cierto que la fuerza dramática depende mucho de estas cosas, pero justo ahí es donde el guion debe apelar a la novedad y a las variaciones ingeniosas, como en cierta medida lo hizo con otro cliché: la madre soltera producto de una violación, pero cuya historia nos es contada con ingenio y fuerza visual.

De todas formas, la expectativa es la palabra clave en esta cinta. La forma como está planteada la narración confía en ella para crear la tensión y suspenso que, sin duda, son la principal intención del filme, lo cual consigue con eficacia muchas veces, pero no siempre. Aunque es una expectativa que empieza por otro lugar común narrativo: iniciar el relato por el clímax, que si bien funciona muy bien, no deja de ser un recurso que ya está muy gastado.

De todas formas, estamos ante un ejercicio cinematográfico de buen nivel en su propuesta narrativa, la cual, además, está sustentada en una concepción visual con estilo propio e intachable factura. Una película imperfecta en su construcción, pero que cuenta con las suficientes virtudes para ser tenida en cuenta y disfrutada por el espectador.

Pequeñas voces, de Jairo Carrillo y Óscar Andrade

El conflicto en profundidad

Por: Oswaldo Osorio


Si todas las historias ya están contadas y todos los temas han sido abordados, lo que sí es difícil que se agote son las formas de contarlo. La misma historia y el mismo tema vistos desde una perspectiva diferente y con una propuesta estética distinta, puede decir algo nuevo sobre lo que se supone ya sabíamos todo. Y esto es justamente lo que consigue esta cinta, en la que el punto de vista de los niños, la animación en 3D y la combinación de ficción y documental hablan con fuerza y elocuencia sobre la violencia en el país.

La película está basada en entrevistas y dibujos de niños desplazados que fueron víctimas de la violencia, o que incluso la ejercieron por vía del reclutamiento forzoso que padecieron. Son cuatro protagonistas que relataron y dibujaron sus vivencias para luego ser reunidas en una historia común y unificados en la misma propuesta visual.

El resultado es un poderoso y conmovedor relato en el que al espectador, que creía que ya lo sabía todo sobre el tema, se le revela un universo de emociones y visiones frente al conflicto que nunca están presentes en las noticias que se ven día a día en la televisión y la prensa. Esa es la gran diferencia que hace el cine, que con sus historias puede otorgarle al público una nueva conciencia a partir del conocimiento emotivo que adquiere de mano de los personajes y sus vivencias.

Y en este caso el mensaje llega con más fuerza y emoción por tratarse de niños. Otra vez los niños y la guerra como el contraste que potencia la inocencia de los primeros y lo absurdo y cruel de la segunda. No obstante, los directores tienen el buen criterio para no excederse en la forma de tratar la tragedia de sus protagonistas. Además, en medio de todo ese dolor que representan, consiguen hermosos testimonios en los que la espontaneidad y una suerte de inocente poesía conducen el relato.

La idea se origina en un cortometraje que Jairo Carrillo realizó hace casi una década, pero para el largometraje contó con el talento y la experiencia de Óscar Andrade, quien definió la propuesta visual y narrativa, pues si bien la base son los mismos dibujos de los niños, el acabado general y todo el concepto narrativo y de puesta en escena es el producto de una trabajo de profesionales de la animación encabezados por él.

Los dibujos en 2D de los niños, sumado a las imágenes digitales en 3D que complementan la puesta en escena y el trabajo con el espacio para crear el efecto de 3D (el que se ve con las gafas), definen una atractiva estética que está a mitad de camino entre el 3D (Toy Story) y el 2D (Los Simpsons), una estética que permite la suficiente crudeza que exige el tema, pero al mismo tiempo la belleza y el colorido de esta realidad fabulada por la visión de los niños.

Esta es una cinta sobre el conflicto colombiano. Una de las más duras y reveladoras, sin duda, pero la original y potente forma en que fue realizada, también la convierte en una de las más encantadoras y emotivas. Y este contraste es lo que la hace una película única, inteligente y contundente.


Saluda al diablo de mi parte, de Felipe Orozco

Voy, lo mato y vuelvo… y más

Por: Oswaldo Osorio


Uno de los esquemas argumentales más básicos, y al tiempo más intensos, son las historias de venganza. Son relatos de, como se dice, “voy, lo mato y vuelvo”. Esta película es de venganza. Y si bien alcanza la intensidad propia del esquema, no es tan básica como podría pensarse, pues propone unas implicaciones en su trama y unas reflexiones sobre los móviles de la venganza que la convierten en una cinta inquietante y con fuerza, porque además toca uno de los temas más polémicos del país.

Pero no es una película estrictamente sobre la realidad colombiana. Y es que lo que más les interesa a los hermanos Juan Felipe y Carlos esteban Orozco, director y guionista respectivamente, es hacer cine de género. Ya habían incursionado en el cine de horror con Al final del espectro (2006). Ahora se la juegan con un thriller cargado de violencia y tensión.

Y aunque el cine de género descansa sobre unos recursos argumentales y narrativos conocidos y recurrentes, además del thriller ser el más popular y frecuente de los géneros cinematográficos, esta película consigue no ser predecible ni esquemática, aun manteniendo la familiaridad con este tipo de cine. La naturaleza de sus personajes, donde prácticamente se pierden las diferencias morales entre protagonista y antagonistas, más los ingeniosos giros de la trama, lo hacen un thriller original e impactante.

El cine de género siempre es sinónimo de industria, y una de las exigencias de esta es el empaque, la buena factura. En ese aspecto los realizadores también fueron muy cuidadosos, porque se trata de una cinta de buen nivel en cuanto a su producción, sin que necesariamente parezca una película costosa, lo cual es un mérito mayor. Desde las interpretaciones, pasando por la concepción visual, hasta –aunque en menor medida- las secuencias de acción, se evidencia un profesionalismo a la hora de plantear y materializar toda la película.

Pero habría que retomar el aspecto del tema para definir mejor los alcances de este filme. Porque si bien su interés está en desarrollar un sólido thriller, con la venganza como su base, sus realizadores tienen la inteligencia y determinación de proponer como origen de esta venganza los procesos de desmovilización en el país, así como el debate de fondo sobre la impunidad de los victimarios frente al reclamo de justicia por parte de las víctimas.

Sin perder de vista en ningún momento el thriller de venganza, el relato empieza y termina poniendo sobre la mesa los argumentos de las dos partes, aunque podría decirse que, con todo lo visto a lo largo de la historia, los realizadores dejan en claro cuáles son las consecuencias de la ley del talión. Eso sin echar discursos ni emitir opiniones ideológicas explícitas. Les bastó enmarcar acertadamente en el contexto nacional ese cine que les gusta hacer: cine de género que parecen conocer bien, y más específicamente, un thriller original en su planteamiento, visceral en su desarrollo  y de sobresaliente factura.

Todos tus muertos, de Carlos Moreno

El maizal de las tumbas

Por: Oswaldo Osorio

El más importante clásico del cine colombiano, probablemente, es El río de las tumbas (Julio Luzardo, 1965), el cual habla de la violencia del país a partir de los muertos tirados a los ríos, mientras las autoridades no solo asumen el asunto con naturalidad sino que tratan de desentenderse de ello. Casi medio siglo después, esta cinta del director de Perro come perro plantea la misma premisa, evidenciando, por un lado, la desconcertante verdad de que en este país nada ha cambiado, y por otro, el nivel actual del cine nacional.

Aunque todavía siguen bajando por los ríos del país los muertos de la violencia, en esta película aparecen es en medio de un sembrado de maíz. Se trata de una pila de muertos, literalmente. Una imagen que si bien puede no ser realista, es evidente que está construida para dar cuenta de lo desproporcionada y absurda que es la violencia en Colombia. Porque es potestad del cine crear este tipo de imágenes, además llenas de connotaciones, que nunca se le olvidarán al espectador.

Y si bien esta imagen –y sus muertos que miran- tiene mucho de surreal, no por eso es una película surrealista, ni mucho menos una comedia negra, como equívocamente se ha etiquetado. Aunque es cierto que toda la situación se antoja absurda, en especial la actitud de las autoridades, no causa ninguna gracia el estado de angustia y desesperación en que se encuentra su protagonista, Salvador, quien además de estar impactado por aquel macabro cuadro, teme por su vida y la de su familia. No es el humor la clave del relato, sino más bien la permanente tensión y el ambiente malsano y amenazante, eso a pesar de la imponente presencia de la luz y el color en ese ambiente.

Así mismo, son adversas las sensaciones causadas por la impotencia de Salvador ante una situación que toma una dirección contraria a la que buscaba: mientras él se encuentra afectado sobremanera por la gravedad de su hallazgo, el alcalde y los policías se toman todo aquello con una cómplice calma que hace sospechar lo peor. Por eso Salvador se encuentra como muchas veces está el país mismo, como un testigo mudo, temeroso e impotente en medio del crimen y la corrupción institucional.

Es cierto que lo que menos convence de la película es su tono ambiguo, el mismo que hace que algunos la vean como una comedia negra: La actuación afectada de Álvaro Rodríguez puede ser vista como caricaturesca, la actitud de las autoridades como si fuera una historia contada en tono de farsa (aunque todos sabemos que eso es perfectamente posible en este país, por lo cual la farsa es desdibujada por lo probable de esa realidad) y, sobre todo, esos muertos que cobran vida, que podría tener las más diversa lecturas (entre ellas la comedia), pero este texto le apuesta a verlo como un guiño de optimismo, como una alusión a esas vidas que no debieron haberse perdido.

A pesar de esa ambigüedad (o gracias a ella), se trata de un filme potente y llamativo, empezando por toda la violencia que referencia pero que, a diferencia de la anterior película de este director, es una violencia fuera de cuadro y, peor aún, asumida con naturalidad por la mayoría en aquel pueblo. También es un filme estimulante visualmente y que habla claramente sobre esas “oscuras fuerzas”, visibles para todos, que imponen los abusos y la muerte en este país.



Cuarenta, de Carlos Fernández de Soto

Tribulaciones de tres promesas incumplidas

Por: Oswaldo Osorio


Los cuarenta años son los nuevos veinte, decían por ahí en alguna película. Al menos para los hombres parece funcionar más esta juguetona sentencia, seguramente diseñada para reconfortarlos en ese momento crítico de sus vidas. Aunque para muchos, la verdad sea dicha, realmente se aplica. Pero éste no es el caso de los protagonistas de esta cinta, quienes se encuentran no tanto experimentando un nuevo impulso en sus vidas, sino más bien en una encrucijada existencial.

Carlos Fernández de Soto al parecer se propuso con esta película reflexionar sobre ese momento en la vida de los hombres, cuando sus cuarenta años de existencia parece obligarlos a hacer balances. Y esta reflexión no es desde la perspectiva de aquellos que satisfactoria y felizmente le sacan provecho a sus “nuevos veinte”, sino desde la mirada de tres hombrecitos más bien grises y atribulados que le dan vueltas al asunto y a sus vidas, que se quejan y maldicen, que parecieran querer volver a tener veinte, más que para vivirlos de nuevo, para corregir el rumbo.

Que esta reflexión haya sido eficaz cinematográficamente, eso en realidad se puede poner en duda como se verá más adelante, pero ciertamente planteó y desarrolló su tema con sus posibles variables. Lo que habría que entrar a discutir es que si no funciona bien como expresión audiovisual, ¿entonces sus premisas, aunque estén manifiestas en la historia y sus diálogos, son menos significativas? En otras palabras, se puede decir que se entendió lo que quería decir, ¿pero lo dijo de manera que, como lo ambiciona  toda manifestación artística, implicara una experiencia estética y emocional plena?

Pero antes de tratar de responder esas preguntas, es necesario decir que, sin duda, el director planteó las mencionadas premisas, y para ello apeló a tres personajes que ilustran distintas posiciones ante la vida en relación con la edad que tienen. El primero es un periodista decepcionado y hasta furioso con lo insostenible de la situación del país, quien ha perdido casi toda esperanza de que él o su oficio puedan hacer algo; el segundo es un hombre casado y con hijos que descubre que es homosexual (sin duda el personaje más forzado en la naturaleza de su drama); y el tercero un hombre que, aparentemente, está satisfecho con su vida, pero que sus dos amigos y la película lo presentan como un ser inmaduro que se ha negado a crecer y que tiene una vida desprovista de toda seriedad y compromiso.

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