¡Qué viva la música!, de Carlos Moreno

Rauda e irresponsable

Oswaldo Osorio


Una adaptación cinematográfica siempre se va a encontrar en desventaja frente a la obra original, más aún si se trata de una pieza de culto como ocurre con el texto de Andrés Caicedo y su figura misma, como uno de los escritores más queridos y mitificados del país. Es como si el filme de Carlos Moreno haya quedado debiendo desde el principio, por su atrevimiento, como si se tratara de una obra intocable.

Y  efectivamente puede que la película le quede debiendo al libro, pero de entrada, cuando sus realizadores hablan de inspiración y no adaptación, se están desprendiendo de una serie de obligaciones y responsabilidades que son casi siempre exigencia de quienes buscan que el cine calque a la literatura. Pero en este caso, la misma obra y su autor exigían libertad y hasta irresponsabilidad. Por eso la mejor forma de disfrutar esta película es estar más atento a la versión y la mirada que propone Moreno y olvidarse del libro de culto.

La película sigue siendo, por supuesto, el personaje de María del Carmen y su encuentro con la ciudad de Cali, con la música, la rumba y las experiencias vitales. El relato parece episódico y desestructurado, pero podría verse también esto como consecuencia del tipo de personaje y del tono que le quieren dar a la narración: rauda, delirante y ansiosa de comerse al mundo.

También es cierto que con esta propuesta se profundiza menos en la construcción de su protagonista, y que se puede antojar volátil y superficial, pero a la larga esa es la esencia de este personaje, siempre saltando de una cosa a otra, entregada a un hedonismo instantáneo, tan banal como lleno de intensidad. Su periplo por la ciudad y la rumba, y el encuentro con toda una serie de personajes en medio de ello, también conlleva a que el relato sea más sensorial y de estímulos visuales que reflexivo.

Lo reflexivo, con cierto facilismo -pero también cómo no aprovechar los fascinantes textos de la obra- va por cuenta de la permanente voz en off. Entonces el contrapunto entre el texto y las imágenes es la fuerza vital de esta propuesta. Es conocido el talento para concebir imágenes del director de Perro come perro y Todos tus muertos. Hay en su cine una gran capacidad para sacarle provecho a los recursos visuales del lenguaje del cine, creando atmósferas, imágenes llamativas y de impacto sensorial, poéticas y estimulantes.

Este arsenal visual, la descarga sonora por vía del protagonismo del rock y la salsa, así como el ímpetu del personaje y la fuerza de los textos, hacen de este filme una experiencia para aprovechar, no para hacerle reclamos por lo que pudo ser, por un referente de culto, incluso un poco idealizado, que, en últimas, es una obra distinta, que se debe experimentar de forma diferente. Al cine lo que es del cine, y esta película, mirada sin prejuicios, abandonados al espíritu de su protagonista, puede resultar una experiencia cargada de sensaciones e imágenes llamativas y provocadoras.

El cartel de los sapos, de Carlos Moreno

Un enamorado metido a traqueto

Por: Oswaldo Osorio


Uno de los factores que le ha hecho mucho daño al cine colombiano de los últimos años es que gran parte del público unifica, en relación con las temáticas del narcotráfico, los productos televisivos y cinematográficos. Se habla de un hartazgo por la saturación de este tipo de contenidos, pero eso es algo aplicable solo a la televisión de los últimos cinco años.

El cine, por su parte, no ha contado tantas historias de narcos como parece o como muchos creen. No lo ha hecho ni en términos de proporción, en relación con el centenar de películas producidas en la última década, y tampoco lo ha hecho como el peso y la importancia del tema lo exigiría, según la premisa del cine como reflejo de la realidad.

Así mismo, la diferencia entre uno y otro medio es que el cine tiende a ser más riguroso y reflexivo con el tratamiento de estos temas, mientras que en la televisión el contenido está más regido por el discurso del entretenimiento y el espectáculo, lo cual se traduce en una mayor superficialidad en el tratamiento, personajes más estereotipados y una puesta en escena que recrea ese mundo de manera más sintética, artificial y hasta glamurizada.

Con la adaptación a la pantalla grande de la serie El cartel de los sapos (a su vez basada en la novela de Andrés López López, alias “Florecita”), esas diferencias se hacen más borrosas y la confusión entre uno y otro medio se acrecentará aún más, manteniéndose así el prejuicio ante este tema en el cine nacional, un tema que suele asociarse con violencia, sicariato y marginalidad.

Aunque independientemente de esas probables confusiones, con esta película estamos ante una muestra de cine, más que de televisión (parece una obviedad, pero esto no sucedió con Sin tetas no hay paraíso, por ejemplo). Y lo cinematográfico se evidencia tanto en los valores de producción como en la concepción del relato en términos de fotografía y puesta en escena, que no tanto en lo reflexivo y profundo para con el tema.

En el primer caso, en los valores de producción, se puede ver una de las producciones más costosas y de mejor factura que se haya hecho en el país. Y en el segundo caso, la presencia del director Carlos Moreno (Perro come perro, Todos tus muertos) tras la cámara le otorga al relato fuerza visual y verosimilitud a ese mundo que recrea, todo empaquetado en con un atractivo acabado de un thriller de acción. En otras palabras, sin duda es una película con la dimensión y el lenguaje propios del cine.

Por otra parte, este relato no pierde de vista nunca su motivación y lo que funciona como hilo conductor para adentrarnos al mundo de la mafia, el cual en últimas termina siendo solo el gran conflicto de contexto y lo que mueve la trama, porque esa motivación esencial no es otra que el amor por una mujer y el conflicto interno que tiene el protagonista al querer conciliar su vida con ella y su oficio como traqueto.

De no ser por este conflicto interno, toda la película sería un entretenido pero desapasionado paseo por las situaciones típicas de un gran relato mafioso. Es la historia de “Fresita” y sus desventuras, tanto con el amor de su vida como al interior de la organización delincuencial, lo que logra sostener el vínculo emocional del relato con el espectador.

No obstante, tampoco en este sentido estamos ante una historia muy sólida y reveladora, pues también son evidentes sus artificios y giros forzados (como la improbable presencia de la mujer justo en medio de una fallida operación, de lo que depende todo el conflicto interno), pero en general se trata de un producto que es consecuente con lo que busca, esto es, desprenderse del referente televisivo pero tampoco ahuyentar al gran público, lo cual hace con un admirable nivel de profesionalismo.

Todos tus muertos, de Carlos Moreno

El maizal de las tumbas

Por: Oswaldo Osorio

El más importante clásico del cine colombiano, probablemente, es El río de las tumbas (Julio Luzardo, 1965), el cual habla de la violencia del país a partir de los muertos tirados a los ríos, mientras las autoridades no solo asumen el asunto con naturalidad sino que tratan de desentenderse de ello. Casi medio siglo después, esta cinta del director de Perro come perro plantea la misma premisa, evidenciando, por un lado, la desconcertante verdad de que en este país nada ha cambiado, y por otro, el nivel actual del cine nacional.

Aunque todavía siguen bajando por los ríos del país los muertos de la violencia, en esta película aparecen es en medio de un sembrado de maíz. Se trata de una pila de muertos, literalmente. Una imagen que si bien puede no ser realista, es evidente que está construida para dar cuenta de lo desproporcionada y absurda que es la violencia en Colombia. Porque es potestad del cine crear este tipo de imágenes, además llenas de connotaciones, que nunca se le olvidarán al espectador.

Y si bien esta imagen –y sus muertos que miran- tiene mucho de surreal, no por eso es una película surrealista, ni mucho menos una comedia negra, como equívocamente se ha etiquetado. Aunque es cierto que toda la situación se antoja absurda, en especial la actitud de las autoridades, no causa ninguna gracia el estado de angustia y desesperación en que se encuentra su protagonista, Salvador, quien además de estar impactado por aquel macabro cuadro, teme por su vida y la de su familia. No es el humor la clave del relato, sino más bien la permanente tensión y el ambiente malsano y amenazante, eso a pesar de la imponente presencia de la luz y el color en ese ambiente.

Así mismo, son adversas las sensaciones causadas por la impotencia de Salvador ante una situación que toma una dirección contraria a la que buscaba: mientras él se encuentra afectado sobremanera por la gravedad de su hallazgo, el alcalde y los policías se toman todo aquello con una cómplice calma que hace sospechar lo peor. Por eso Salvador se encuentra como muchas veces está el país mismo, como un testigo mudo, temeroso e impotente en medio del crimen y la corrupción institucional.

Es cierto que lo que menos convence de la película es su tono ambiguo, el mismo que hace que algunos la vean como una comedia negra: La actuación afectada de Álvaro Rodríguez puede ser vista como caricaturesca, la actitud de las autoridades como si fuera una historia contada en tono de farsa (aunque todos sabemos que eso es perfectamente posible en este país, por lo cual la farsa es desdibujada por lo probable de esa realidad) y, sobre todo, esos muertos que cobran vida, que podría tener las más diversa lecturas (entre ellas la comedia), pero este texto le apuesta a verlo como un guiño de optimismo, como una alusión a esas vidas que no debieron haberse perdido.

A pesar de esa ambigüedad (o gracias a ella), se trata de un filme potente y llamativo, empezando por toda la violencia que referencia pero que, a diferencia de la anterior película de este director, es una violencia fuera de cuadro y, peor aún, asumida con naturalidad por la mayoría en aquel pueblo. También es un filme estimulante visualmente y que habla claramente sobre esas “oscuras fuerzas”, visibles para todos, que imponen los abusos y la muerte en este país.



¿Una película colombiana a los premios Oscar?

Cada año los medios de comunicación desinforman al público sobre el mismo asunto. Cada año arman una alharaca con la supuesta noticia de que una película colombiana va a los premios Oscar. Pero la realidad está tan distante como la galaxia más y más lejana.

Cuando se dice que este año la película Perro come perro (Carlos Moreno) va por Colombia a competir por los premios de la Academia, esto se refiere es a que, entre las diez películas nacionales estrenadas durante el último año, un comité elige una de ellas para que compita con otras cien películas del mundo, para que otro comité, esta vez de la Academia gringa, escoja las cinco que serán nominadas a mejor película extranjera en su fatua premiación.

Pero además, la película colombiana elegida por ese comité, no necesariamente es la mejor del año (que en éste año más bien sería Yo soy otro, de Óscar Campo), sino que buscan una mezcla entre cine de calidad, pero también que sea “oscarizable”, esto es, un cine a la medida del gusto de la industria de Hollywood.

En definitiva, es muy improbable que una película colombiano alguna vez esté nominada a un Oscar, no por malas ni por falta de factura, sino porque los miembros de la Academia (entre quienes están desde el ingeniero descerebrado que ganó un Oscar por efectos especiales, hasta el más intelectual de los directores), tienen unos parámetros de juicio que no coinciden con el tipo de películas que se hacen en el país, muchas de ellas de mejor calidad que las producciones de Hollywood.
O.O

Perro come perro, de Carlos Moreno

Carne cruda y corrupción

Por: Oswaldo Osorio

Cuando el cine colombiano ha querido consolidarse como industria, ha apelado a la comedia populista y al cine de género. En el primer caso, con Nieto Roa y Dago García se han visto unos buenos resultados en la taquilla, aunque no siempre en su aporte cinematográfico; mientras que con el cine de género, el asunto ha sido más azaroso, su éxito de público y buen nivel han sido irregulares, en gran medida debido a la dificultad de adaptar esquemas foráneos a nuestro cine y a nuestra realidad. Pero cuando se trata de un thriller, como es el caso de Perro come perro, todo está servido para hacer un producto que se ajuste al público, a la afortunada adaptación del esquema y a la realidad del país.

Como muchos thrillers, la opera prima de Carlos Moreno parte de un botín tras el que todos están. Además de esto, su premisa básica está contenida en el título, esto es, la corrupción (que es el término clave en todo thriller) y la falta de escrúpulos en el mundo del hampa. Se trata de la ética del  “todos contra todos”, que es un denominador común de las historias  del cine colombiano y que tiene en La gente de La Universal (Aljure, 1993) su más contundente ejemplo. Pero la recurrencia de estos tópicos y la simpleza de su premisa no necesariamente se deben tomar como defectos de este filme, pues es sabido que la coincidencia de elementos y recursos en el cine de género es lo que lo definen y lo que importa es cuál es el uso que de ellos se hace.

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