El arriero, de Guillermo Calle

De amores y de mulas

Por: Oswaldo Osorio

Más cine sobre el narcotráfico para todos aquellos que dicen estar cansados del tema, eso a pesar de que rara vez ven una película colombiana (lo he sondeado) y, más aún, a pesar de que todavía es un tópico que realmente nuestro cine no ha explorado lo suficiente. Apenas un puñado de filmes, que ni llegan a la decena, abordan frontalmente el tema, y sólo Sumas y restas (Víctor Gaviria) y El Rey (Antonio Dorado), se pueden considerar acercamientos verdaderamente importantes.

 

Esta película de Guillermo Calle no es ni acercamiento ni importante. En realidad el tema es casi sólo una excusa para contar una historia que únicamente pretende ser divertida y entretenida, lo cual logra en cierta medida, y por eso, no se le deben reprochar con demasiada dureza las ligerezas a partir de las que está construida. Si una cinta está concebida sin pretensiones, no se le puede exigir lo que nunca prometió.

Aún así, el filme, que parte de un relato de Alfredo Molano, empieza por revelarnos un insólito personaje que pocas veces se había considerado dentro de la cadena alimenticia del narcotráfico: el arriero. Ese hombre que, como una cínica paradoja de la honesta y tradicional laboriosidad campesina, se encarga de arrear la mulas colombianas (¿Es esto un pleonasmo?) cargadas de coca al exterior. 

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Perro come perro, de Carlos Moreno

Carne cruda y corrupción

Por: Oswaldo Osorio

Cuando el cine colombiano ha querido consolidarse como industria, ha apelado a la comedia populista y al cine de género. En el primer caso, con Nieto Roa y Dago García se han visto unos buenos resultados en la taquilla, aunque no siempre en su aporte cinematográfico; mientras que con el cine de género, el asunto ha sido más azaroso, su éxito de público y buen nivel han sido irregulares, en gran medida debido a la dificultad de adaptar esquemas foráneos a nuestro cine y a nuestra realidad. Pero cuando se trata de un thriller, como es el caso de Perro come perro, todo está servido para hacer un producto que se ajuste al público, a la afortunada adaptación del esquema y a la realidad del país.

Como muchos thrillers, la opera prima de Carlos Moreno parte de un botín tras el que todos están. Además de esto, su premisa básica está contenida en el título, esto es, la corrupción (que es el término clave en todo thriller) y la falta de escrúpulos en el mundo del hampa. Se trata de la ética del  “todos contra todos”, que es un denominador común de las historias  del cine colombiano y que tiene en La gente de La Universal (Aljure, 1993) su más contundente ejemplo. Pero la recurrencia de estos tópicos y la simpleza de su premisa no necesariamente se deben tomar como defectos de este filme, pues es sabido que la coincidencia de elementos y recursos en el cine de género es lo que lo definen y lo que importa es cuál es el uso que de ellos se hace.

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