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Así fue como Gabo gestó Crónica de una muerte anunciada

Roberto Carlos Martínez detalla el interés que Gabo tuvo
por una historia que se convirtió en una famosa novela.

  • Gabo estaba obsesionado por esta historia que sucedió en la vida real. FOTOS Getty y Cortesía
    Gabo estaba obsesionado por esta historia que sucedió en la vida real. FOTOS Getty y Cortesía
  • Roberto Carlos Martínez en la casa en la que se gestó la obra de Gabo. FOTO Cortesía
    Roberto Carlos Martínez en la casa en la que se gestó la obra de Gabo. FOTO Cortesía
03 de febrero de 2024
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Dicen que Manga es el barrio más tranquilo de Cartagena, y fue allí, en una casa esquinera con ventanas azul marino, en dónde Gabriel García Márquez gestó una de sus mas icónicas novelas, Crónica de una muerte anunciada.

Roberto Carlos Martínez vive en esa casa y tiene muy fresca en la memoria la historia del “detrás de cámaras” de la gran novela de Gabo.

La mamá de García Márquez y su familia vivían a dos cuadras de esta casa y además su papá fue amigo de Gabo...

“Comenzaré por lo último. La amistad de mi papá con Gabriel García Márquez se remonta al municipio de Sucre, en ese momento departamento de Bolívar, cuando eran niños y después continuó en la Universidad Nacional y posteriormente fueron amigos hasta la muerte de Gabo”.

En la Universidad, su papá estudiaba Derecho porque su papá fue magistrado, ¿García Márquez qué estudiaba?

“Ambos estudiaban Derecho y Gabito, según me contaba mi papá, cuando pasó lo del 9 de abril, se vino para Cartagena, mi papá se quedó en Bogotá y terminó en la Universidad Nacional”.

¿Y luego qué pasó? ¿Cuándo empezó la historia de Crónica de una muerte anunciada? Entiendo que su papá fue el testigo de los hechos, no Gabo...

“Sí, efectivamente, Gabito no estaba en Sucre donde ocurrieron los hechos y recuerdo que mi papá me contaba que eso había sido por ahí un 23 de enero del año 1952, 1953, en donde los hermanos Víctor y Joaquín Chica asesinaron a Cayetano Gentile Chimento que minutos antes de su asesinato había estado con mi papá”.

Me parece bien contar los nombres de estas personas, pero tal vez ahorrémonos el nombre de la víctima de todo esto, que es la mujer. Entonces, Cayetano Gentile, que en la novela es Santiago Nasar, era amigo de su papá...

“Amigo de mi papá de infancia, también amigo de Gabito, se conocían desde niños todos. Gabito siempre tuvo una fascinación por esa tragedia y yo recuerdo haberle escuchado a él cuando hablaba con mi papá sobre eso, aquí en la terraza de mi casa, que a él le parecía eso muy del sur de Italia, del sur de España. Inclusive le escuché decir que inicialmente iba a ser una película rodada en Andalucía.

Y algo muy importante, la Crónica de la muerte anunciada tiene su origen en que se sabía que a Cayetano lo iban a matar, porque por la madrugada rodaron pasquines en el pueblo y uno de esos pasquines lo metieron por debajo de la puerta de la casa de la madre de Cayetano. La puerta de atrás de la casa de Cayetano daba contra un caño —esa casa de ellos todavía existe— y permanecía siempre abierta y cuando se enteraron por el pasquín que lo iban a asesinar la mamá ordenó que cerraran la puerta de atrás. Entonces cuando él ve venir a los hermanos Chica, según el relato de mi padre, él se acuerda de la puerta trasera de su casa, que siempre está abierta e intenta entrar, pero la puerta estaba bloqueada, sale corriendo y se mete por un callejón —que viene de ese caño—, que está entre la casa de él y la casa de un médico de apellido Jiménez. Un callejón pequeño que se toca con la palma de la mano”.

La distancia para cruzar es muy angosta...

“Sí y entre la casa de él y la casa de un doctor de apellido Jiménez, que era médico. Ahí lo destazaron”.

¿Pero su papá estaba ahí con él en ese momento?

“Mi papá estaba con él en el puerto, lo que llaman allá en Sucre, La albarrada. Ellos iban para una finca. La finca de Cayetano y la finca de mi abuelo, eran vecinas y ese día se iban a ir juntos y ese día iban a despedir a un matrimonio que se había efectuado la noche anterior, que era el de profesor Mauri, de apellido Mauri, y también el de Miguel Reyes Palencia con la señora que no voy a decir el nombre”.

Claro, porque Miguel Reyes Palencia, que ya habló mucho de eso, se había casado...

“Ese día hubo en el pueblo dos matrimonios, el de Miguel Reyes Palencia y el del profesor Mauri y la gente estaba en el puerto, entre ellos mi papá y Cayetano, esperando que el barco se fuera para despedir a los novios. El barco se fue sin Miguel Reyes y sin la mujer que devolvieron esa misma noche”.

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Crónica una muerte anunciada, para quienes no tengan la novela fresca en su memoria, empieza con el asesinato de un hombre tras un matrimonio. En la novela se casaron Bayardo San Román y Ángela Vicario, pero este la dejó después de la noche de bodas, por no ser virgen. Ahí los hermanos Vicario, para salvar la honra de su hermana, asesinaron a quien había sido el responsable de deshonrarla, que, según la hermana, había sido Santiago Nasar.

Entonces muere el amigo de su papá. ¿Gabo y su papá cuántos años tenían cuando eso?

“Más o menos 22 años, muy jóvenes”.

Era una historia que Gabo tuvo en su mente toda la vida y luego quiso recogerla, ¿qué pasó después?

“El cuento viene así. En la noche de bodas Miguel Reyes, el novio, la devuelve y se la lleva a la mamá y le dice que no es virgen. La mamá se lo dice a los hermanos que eran dos, Joaquín y Víctor que eran carniceros, que se emborracharon y dijeron que iban a matar a Cayetano (la hermana había dicho que había sido con él que tuvo relaciones), por eso vienen los pasquines, por eso es el nombre de la Crónica de una muerte anunciada”.

Roberto Carlos Martínez en la casa en la que se gestó la obra de Gabo. FOTO Cortesía
Roberto Carlos Martínez en la casa en la que se gestó la obra de Gabo. FOTO Cortesía

Y los pasquines eran algo común en esas tierras...

“Por ejemplo, en La hojarasca. Gabo habla de los pasquines también. Entonces debajo de la puerta de la mamá de Cayetano, introdujeron un pasquín y por eso es que ella sin querer participa en la muerte de su hijo”.

Claro, le impidió escapar...

“Exactamente. Mi papá y Cayetano se despiden y quedan de encontrarse al desayuno para irse para la finca. El pueblo tiene un caño que corre de oriente a occidente y desemboca en el río Mojana”.

Ese caño fue muy famoso porque en las inundaciones de un noviembre, de hace unos 10 años, inundó todo Sucre, Sucre. La gente andaba en botes...

“Me tocó a mí varias veces eso porque yo viví ahí durante una temporada larga, manejándole la finca a mi papá hasta que la vendió. Entonces esos dos caños se comunican y el pueblo tiene una figura rectangular que corre de occidente a oriente, siendo el occidente La Albarrada, después viene un camellón que son dos calles, después viene la Iglesia, frente a la Iglesia, la casa de Cayetano y diagonal, la casa de mis abuelos. De manera tal que mi papá sale por el lado izquierdo y Cayetano sale por el lado derecho”.

Se despiden...

“Mi papá dice que él se detuvo con alguien que saludó mientras llegaba por la puerta de atrás a la casa de su papá y en el momento, cuando entra, encuentra que mi abuela viene angustiada y le dice: ‘mataron a Cayetano’ y mi padre le dijo: ‘cómo así si acabó de estar con él’. Mi padre sale corriendo y Cayetano, me dijo mi papá, le alcanzó a decir: ‘yo soy inocente’, y mi papá, como penalista que era, decía que hay que creerle a un moribundo”.

Vale la pena mencionar el nombre de tu papá, Carmelo Martínez, él era magistrado del Consejo de Estado cuando hubo la toma del Palacio de Justicia...

“Sí, él era el vicepresidente del Consejo de Estado cuando la toma del Palacio de Justicia y fue de los que salió ileso gracias a la mano de Dios y a la del coronel Plazas Vega”.

Siguiendo con la historia. Entonces le dicen que mataron a Cayetano. ¿Él qué hace?

“Va y lo ve y entonces regresa a la casa y agarra un revólver de mi abuelo, un col 38 extra largo y cuando ve a Víctor Chica blandiendo el cuchillo para que todo el mundo lo viera ensangrentado, diciendo que habían lavado el honor, mi papá le hizo un disparo. Afortunadamente el revólver se encasquilló y no dio fuego, pero le intentó dar. La policía rodeó a los Chica y se los entregaron a las autoridades, entre ellos un señor muy alto que yo lo conocí hace muchos años, llamado Ambrosio Palencia. Fue quien detuvo a mi papá y a otra gente para evitar que los atacaran”.

Para evitar que los lincharan...

“Sí. Cayetano, tengo entendido, era muy querido en el pueblo, era muy apuesto y de hecho en la tumba de Cayetano, en el cementerio, hay una fotografía de él, un camafeo. Yo lo he visto, no sé si todavía estará, pero ahí estuvo durante muchos años”.

¿Cuando García Márquez decide reconstruir los hechos, él todavía no se había ganado el Premio Nobel?

“No lo había ganado. Yo recuerdo una noche en que Gabito pasó a pie por aquí frente de mi casa con Mercedes. Mi papá lo vio y lo llamó por un sobrenombre. Y desde ese día se volvieron a ver. Gabito vivía ya en México y venía una vez al año a visitar a sus padres (Luisa y Gabriel Eligio), que vivían a dos cuadras de aquí de mi casa. A raíz de ese encuentro Gabo comenzó a indagarle a mi papá sobre qué era lo que había sucedido en la muerte de Cayetano y las causas de la de la muerte, entonces, por las tardes, se sentaba aquí en la terraza, se tomaban unos traguitos, yo no sé, y yo siempre estaba escuchando esa historia. Cuando nos mudamos a Bogotá, que fue en el año 79, Gabo estuvo un par de veces en mi casa y le pidió a mi papá que invitara a algunos sucreños que vivían en Bogotá para obtener la visión de cada uno de ellos de lo que había sucedido. Y ahí, pues entre ellos, su hermano Luis Enrique, que es el que le seguía”.

Luis Enrique García Márquez..

“Sí, también estuvo. Y ahí se fue reconstruyendo la historia poco a poco hasta que dio con la crónica”.

Entonces lo que él hizo fue una gran reportería. Es decir, algo muy periodístico, pero le puso todo el color literario al tema y se esforzó mucho en recoger la información...

“La información la recogió completa oralmente, inclusive él me pidió ayuda a mí y fue el primer trabajo de investigación archivística que yo hice en mi vida y no encontré nada”.

¿Qué le pidió que buscara?

“El expediente del proceso contra los hermanos Chica Salas. Entonces yo fui al tribunal de Bolívar, al archivo, que no era ningún archivo, eso era un despelote, el caso llegó a la Sala Penal del tribunal de Cartagena y ahí lo que había era una cantidad de expedientes sin organización ni nada, absolutamente nada. Expedientes inclusive del siglo XIX, me acuerdo que me encontré uno de cuadrillas de malechores que se lo regalé a Gabito. El expediente como tal, el que él necesitaba, nunca lo encontré”.

¿Qué pudo haber pasado?

“En el desorden de los archivos en esa época se perdió, se despedazó, el comején”.

Entendía yo también que la mamá de García Márquez no quería que esa historia se contara...

“Gabo durante muchos años dijo que él la publicaría el día que su madre muriera o el día después, pero finalmente no se aguantó más y la publicó en 1981.

Yo recuerdo que Luisa me mandó a llamar una vez con el hermano menor de Gabito que era un todo un personaje, vivió por aquí, enfrente, por la bahía, se la pasaba caminando por aquí, yo lo veía todos los días”

Ese era el que decía que no escribía...

“Sí, cuando le preguntaban ‘cookie, tú escribes’, él decía: ‘no, yo borro’.

Entonces un día llegó a mi casa y me dijo: ‘tienes una culebra con mi mamá, te manda a buscar y necesita que tú vayas a hablar con ella’.

Entonces yo fui donde Luisa y me reprendió y me dijo: ‘deje de estar buscando eso, que ese hijo mío es un loco (Gabo) y va a escribir una historia que a nosotros nos dolió mucho, a su abuela, que era mi comadre, a mí y a todos nosotros, eso no tiene por qué escribirlo. Y yo sé que tú estás buscando ese expediente, porque él te encomendó la búsqueda, te voy a pedir que no lo hagas’”.

¿Por qué les dolía tanto?

“Por muchas razones. Cayetano era muy querido en Sucre. Era de una familia pacífica, tranquila, como toda esa comunidad italiana, de sirios y libaneses. Eran trabajadores, gente de sus almacenes, de su finca, del hogar. No causaban problemas, lo querían. Hasta donde yo estuve en Sucre, Sucre, desde muy niño, comencé a escuchar la historia y eso nunca se olvidó”.

Y también por la mujer. En un momento dado revelaron su nombre, porque obviamente en la novela tiene un nombre ficticio —Ángela Vicario—. Pero, al revelar su verdadero nombre, se revictimizó a esta mujer. No se ha hecho una lectura desde el feminismo de ese episodio de Crónica de una muerte anunciada, ha sido una historia complicada la de ella...

“Cuando los hermanos la reciben le preguntaron quién había sido y ella dijo, ‘fue Cayetano’. Ella era una maestra de escuela que daba clases en un corregimiento del municipio de Sucre y ese corregimiento queda pegado a una de las fincas de Cayetano. Y tengo entendido que él a veces la transportaba en la canoa. Y también se creyó que al decir ella que era Cayetano, que era un hombre con dinero, sus hermanos no se meterían con él. En esa época era muy importante el tema de la virginidad”.

Claro, eran muchos mitos, pero entonces Luisa lo llama a usted y ¿usted qué hizo, le dijo algo a García Márquez?

“No, yo no dije absolutamente nada, me dejó prácticamente sin palabras. A una señora mayor qué le voy a decir. Yo me hice el solapado, continué buscando y no lo encontré, porque eso no apareció. El expediente no apareció”.

Gabo publicó este libro en el 81 y recibió el Nobel en el 82, más por Cien años de soledad, dicen. Pero Crónica de una muerte anunciada sigue siendo un libro muy importante...

“Yo creo, y a mí no me quita nadie de la cabeza que su libro más importante es Cien años de soledad, pero la crónica es otra cosa y él no la trataba como novela, sino como una crónica. Es un relato periodístico, porque es un hecho que sucedió y tiene unos personajes a los cuales él les cambió el nombre Bayardo San Román es Miguel Reyes Palencia, por ejemplo. Santiago Nasar es Cayetano Gentile Chimento, Cristo Bedoya es Carmelo Martínez, mi papá”.

Claro, su papá aparece en la novela...

“Sí, y en cambio, hay personas que aparecen con nombre propio, como su madre, Luisa Santiaga, que ahí Luisa se molestó porque dijo que nadie le conoció el segundo nombre. Y había otra que también aparece como su nombre, que es su hermana Margot, que sí estaba en Sucre cuando eso”.

Es muy interesante siempre ver cómo elaboraba García Márquez sus libros. Él, con esta historia, se empeñó en tener varias conversaciones sobre cómo había sido el hecho para conocer el detalle, quizá para encontrar giros...

“Seguro que sí porque, repito, es una crónica a partir de unos relatos orales de testigos presenciales y algunos testigos que seguramente no fueron presenciales, pero lo oyeron de alguien que lo fue. Es un pueblo chiquito que se reducía casi a dos calles, una iglesia y una plazoleta”.

Y su papá terminó dándole toda la conversación para que pudiera escribir Crónica de una muerte anunciada...

“Terminaron enganchados en eso con él y su hermano Luis Enrique, que también sale en el libro con su nombre propio. Gabito tenía una obsesión con ese cuento que, inicialmente iba a ser el guión de una película que se iba a robar en Andalucía. Finalmente terminó siendo un guión que se rodó entre Cartagena y Mompox”.

La toma del Palacio de Justicia

¿Cuéntenos ahora sí, cómo fue que se salvó su papá? ¿Cómo fue el milagro que se salvara esa toma del Palacio de Justicia?

“Contaba mi papá, Carmelo Martínez, que como a las 10 de la mañana, un poco antes de la toma del Palacio de Justicia, Luis Almarales lo fue a buscar a su despacho que quedaba en el tercer piso, me cuenta Marta, su secretaria, que el tipo llegó groseramente y preguntó: ‘¿Carmelo está?’ Y ella le dijo: ‘no, él no está’, a pesar de que mi papá estaba adentro en su despacho. Al poco tiempo, minutos más tarde, sintieron los primeros disparos y las cosas. Ellos se refugiaron detrás de los anaqueles metálicos donde estaban los expedientes, los utilizaron como protección y se tendieron en el piso”

¿Quiénes estaban?

“Estaba Marta, un abogado del Ministerio de Hacienda que después publicó un relato sobre lo que le ocurrió en el despacho con mi papá, él recibió inclusive un disparo, después creo que fue director de fiscalías en Cali”

¿Y cuánto duraron en ese refugio?

“Toda la tarde, hasta cuando se incendió el Palacio, que era de madera, los pisos de madera y las oficinas en madera, cortinas, papeles... ahí todo era combustible. Es más, yo recuerdo que mi papá decía que como a las 10:00 de la noche, creyeron que había vuelto la luz. Por la llamarada tan grande que iluminó el Palacio”.

¿Hasta esa hora estuvo atrapado?

“Afortunadamente ya el Ejército había tomado el tercer piso donde él estaba y la oficina vecina era la de Enrique Low Murtra. Se comunicaron todo el día tocando la pared de madera. Mi papá tuvo teléfono como hasta las 2:00 de la tarde y se comunicó con mi mamá y con una hermana. Ya a esa hora cuando el infierno se prendió y se puso más crudo ellos dijeron, bueno, salgamos de aquí y salieron a la buena de Dios corriendo. Salió Enrique Low y salió mi papá. A la bajada del tercero al segundo piso se tropezaron con unos soldados. ¿Quiénes son? Entonces se identificaron y a mi papá lo sacaron por una ventanita que daba hacia la carrera octava en una canasta de un carro de bomberos. De ahí lo llevaron a la Casa del Florero, se identificaron y se fueron al Capitolio, donde los estaban esperando varios senadores. Hasta la billetera se le perdió, no tenía ni para coger un taxi”

¿Ustedes pensaban que había muerto?

“Yo estaba en Sucre, yo venía convencido de que había muerto cuando llegué a Cartagena y alguien me dijo ‘el doctor se salvó’. Esa misma noche me fui para Bogotá. Y al día siguiente lo acompañé a él a reconocer los cadáveres junto con Enrique Low y con el ministro de Justicia, a reconocer ese infierno que hubo ahí. ¿Qué vimos? Cuerpos incinerados por el piso de hombres y mujeres y armas”.

Terrible...

“Al cuarto piso, subimos buscando los restos de un amigo de mi papá que era magistrado de la Sala Penal, Fabio Calderón Botero, y lo buscamos porque Fabio tenía la oficina exactamente encima de la de mi papá. Y yo recuerdo que me tropecé con algo metálico y me incliné y lo recogí. Era la placa de bronce que decía Fabio Calderón Gotero, magistrado, esa placa me la encaleté. Hoy en día me hubieran procesado por destrucción de pruebas, pero la intención mía era llevársela a la familia de él. En otro lugar mi papá preguntó ¿quién es el señor que está tirado ahí? Le contestaron que el presidente de la Corte, Reyes Echandía. Prácticamente incinerado no se reconocía. Mi papá le preguntó, ¿por qué saben que es el Presidente? Y él le dijo, pues por unos bolígrafos de oro que tenía dentro del chaleco que no se le quemó porque cayó del lado izquierdo. Eso fue terrible”.

Dos historias tremendas las que le tocaron a su papá, la crónica de una muerte anunciada y la toma del Palacio de Justicia, tal vez dos de las historias más icónicas...

“Y le tocó también el 9 de abril con Gabito en Bogotá. La pensión donde vivían la incendiaron y terminaron viviendo unos días en casa de un tío de Gabito que vivía en Bogotá”.

Es decir, ellos dos vivían juntos en Bogotá...

“Claro, ellos se fueron a la Nacional a estudiar juntos”.

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