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Los títeres de Jabrú no hablan, pero son mágicos

Natalia Durán y Jorge Libreros son titiriteros, dedicados a su arte. Desde el taller hasta la escena, todo un proceso que pasa por enamorarse.

  • Ellos experimentan las técnicas. Al final de la función les gusta contarle al público sobre el proceso y los materiales de sus muñecos. FOTO juan antonio sánchez
    Ellos experimentan las técnicas. Al final de la función les gusta contarle al público sobre el proceso y los materiales de sus muñecos. FOTO juan antonio sánchez
29 de marzo de 2015
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Cuando Clownti se ríe, se ríe casi con toda esa cabeza blanca que tiene. No habla, pero suelta uno que otro sonido y a veces alcanza a decir papá. También mueve los ojos, azules. La mano derecha es la mano de Natalia Duque. La mano izquierda es la de Jorge Libreros. Ellos los titiriteros, él el títere que vive en esa maleta roja donde tiene el portarretratos de su papá, su ropa en un gancho y hasta el pequeño violín que sabe tocar, aunque no suena muy afinado. Clownti es la maleta que más sale de la casa de Natalia y Jorge.

Hace doce años que él y ella viven de los títeres. Hace cuatro que tienen sala y comedor, porque construyeron el laboratorio-bodega-taller en el tercer piso de su casa, la que compraron y construyeron no haciendo otra cosa que títeres. Viven con su hijo, Jacobo, que también tiene 12 años, y dos gatos, uno que se esconde y otro que quiere aparecer en las fotos. Dos títeres más, de carne y hueso, explican ellos.

A Jorge le parece que él es titiritero de toda la vida, pero que se dio cuenta tarde. Cuando estaba en noveno en el colegio descubrió el teatro y no valió que todos los años de antes hubiera dicho que quería estudiar arquitectura. La mamá hasta le preguntó y entonces qué lo de la arquitectura, pero estaba tan enamorado como el sapo enamorado que se enamoró de una pata. Estudió artes escénicas en la EPA.

El otro descubrimiento lo hizo después, cuando un amigo lo invitó a hacer títeres. Ese muñeco lo devolvió a la niñez y se acordó, cosa que se le había olvidado, que él jugaba con títeres y usaba la ventana y el sofá de teatrinos. Wow, pensó con ese muñeco, y decidió que quería hacer títeres de ahí en adelante. En esas va.

Natalia estudiaba artes plásticas, también en la EPA. Ahí fue donde conoció a Jorge y se enamoró de él y de los títeres, porque una vez también se los mostraron y se encantó. Después llegó Jabrú, su grupo, porque querían hacer su propia búsqueda, sus propios muñecos, investigar, aprender.

En Medellín no hay escuela de títeres ni materias de títeres. Ellos han sido autodidactas. Leen, investigan, ensayan, se equivocan, vuelven a empezar, les muestran a otros artistas, van a festivales, construyen sus muñecos, mezclan técnicas, ensayan, experimentan.

Al sapo enamorado lo reconstruyeron hace poco porque no conocían el trabajo en espuma. Lo que hacían antes era moldear el icopor, pero hace tres años llegaron a la espuma y lo evolucionaron. Exigencia en el proceso evolutivo, comentan, más serios, porque a Jorge a veces le da por hablar como la viejita que sale a regañar al público en la varieté que presentan.

En 12 años tienen 5 obras para contenido familiar, tres para adultos, y cincuenta muñecos, haciendo cuentas alegres de los muñecos.

La creación

Natalia decide los colores de los títeres, las texturas, lo estético. Jorge se encarga de los mecanismos, de la dramaturgia. Jacobo es el fotógrafo de la familia. El trabajo es en grupo, igual los viajes. Ellos son titinerantes, porque viajan mucho, si bien menos de lo que creen los vecinos. En cada maleta, no saben muchos, lo que viaja es una obra completa. Una familia de títeres que espera las manos de Jorge y de Natalia para decir algo, para hacer algo, para mostrar algo.

Jenny Giraldo García, periodista del proyecto radial Cuarta Pared, los ha visto cuatro veces y ha repetido Oficio de difuntos. La primera que se vio fue Clownti y le pareció que es el títere más dulce y tierno. Además ella estaba en el público y Clownti le dio un besito. La flechó.

A ellos les interesa contar, tanto como robar suspiros en escena. Casi todo lo que dicen sus obras empieza en lo que ven. Clownti es sobre cómo los niños de ahora crecen solos. Eduvina la fea durmiente es sobre la contaminación. Los temas son cotidianos, denuncias, críticas, que ellos buscan contar desde la poesía. No importa cuántas versiones tengan que hacer, hasta que llegue el lenguaje poético, hasta que lo que quieren decir quede dicho, incluso sin hablar. La mayoría de sus obras son sin texto, no verbales. Sus muñecos, con ellos detrás, tienen emociones, parecen vivos.

Después de la idea, investigan, buscan referentes, leen de la técnica, construyen los personajes, revisan su comodidad, los ensayan, presentan la obra, la miran en video, la estudian, la modifican, la vuelven a presentar. Nunca paran.

Para Jenny hay una muestra de que el trabajo de Jabrú es de amor, entrenamiento y trabajo: que uno ponga la mano izquierda, el otro la derecha y el muñeco mueva sus manos, las de ellos, como si ambas fueran suyas y las mandara el mismo cerebro.

Natalia y Jorge son exigentes. Lo quieren perfecto, porque lo que se dignifica con la calidad es el arte del títere. Entonces hablan de pasión, de que es un trabajo que no es un trabajo, del sacrificio –pasearse por muchas ciudades conociendo solo los teatros–, de lo juiciosos y organizados que son hasta con los gastos –ya la casa es de ellos, pero cuando no, pagaban seis meses de arriendo para dedicarse a la creación o con lo de una obra o dos, cubrían las necesidades básicas y seguían creando–, de que los vecinos han creído que tienen un papá rico que los mantiene, porque cómo, por Dios, vivir de los títeres, de lo que se inventan –en el laboratorio-bodega-taller tienen luces para ensayar, que hicieron con tarros de leche, pero que alumbran como profesionales–, de que decidieron trabajar en esto hasta que se jubilen, y eso que tal vez no haya jubilación. De lo felices que son.

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