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Ryan Castro se “gradúa” en El Atanasio: espectáculo sin precedentes con 5 horas de show y 18 invitados

El concierto se transformó en una maratón de colaboraciones en vivo que incluyó a referentes del género urbano y otras corrientes musicales. Con la aparición de artistas como Sean Paul, Maluma, Sech, Zion, Feid y J. Balvin el espectáculo elevó la escala de los eventos y una puesta en escena única en el escenario de sus sueños, en su casa, en Medellín.

  • Ryan Castro durante su concierto en el Estadio Atanasio Girardot, donde reunió a cerca de 48.000 asistentes. FOTO: CAMILO SUÁREZ
    Ryan Castro durante su concierto en el Estadio Atanasio Girardot, donde reunió a cerca de 48.000 asistentes. FOTO: CAMILO SUÁREZ
  • Ryan Castro se “gradúa” en El Atanasio: espectáculo sin precedentes con 5 horas de show y 18 invitados
  • Ryan Castro se “gradúa” en El Atanasio: espectáculo sin precedentes con 5 horas de show y 18 invitados
hace 3 horas
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El show de Ryan Castro en el Atanasio Girardot de Medellín fue, sin exagerar, un espectáculo que será difícil de igualar. Escenario, puesta en escena, bailarines, luces, sonido e invitados de lujo —tantos que por momentos era imposible llevar la cuenta— se combinaron para convertir la noche del 25 de abril de 2026 en una de esas que quedan en la memoria colectiva de los espectáculos musicales más destacados de la ciudad.

Aquel joven que hace poco más de una década se ganaba la vida cantando en buses logró lo impensable: conquistar, y con creces, el Atanasio ante cerca de 48.000 personas.

Desde el inicio, todo fue desbordante. La palabra “espectacular” aparece una y otra vez, casi como un recurso inevitable ante la falta de adjetivos suficientes. Y no es gratuito: incluso frente a otros grandes shows de artistas locales en el Atanasio —como los de J Balvin, Feid o Blessd—, el de Ryan se sintió como el más grande hasta ahora. La vara quedó alta.

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Un estadio convertido en ghetto

Desde horas antes, el ambiente ya anunciaba que algo distinto iba a ocurrir. Colores, música, camisetas con el “¡Awoooo!” estampado y fotografías que narraban la trayectoria del artista marcaban el camino. En los alrededores de la tribuna occidental, las activaciones de marca y la estética cargada de rojo y grafiti construyeron una especie de “mini ghetto” que se replicaba dentro del estadio.

La ansiedad era evidente en los rostros de los asistentes. EL COLOMBIANO hizo presencia a eso de las 5:30 p. m. y el estadio ya estaba prácticamente lleno, sobre todo en las localidades de norte y oriental. Para “matar el tiempo”, el público coreaba a “grito herido” clásicos del reguetón de los 2000. Pero más allá de la música, había una sensación compartida en los presentes; esa noche, en Medellín, se estaba haciendo historia.

Llamó la atención que, a diferencia de otros conciertos, el público no rumoreó en las filas y alrededores del estadio, mientras entraban, a nombres de posibles invitados. Todos estaban allí por él: el Awoo, el cantante del ghetto, el Ghetto Star, Richy, el tío Ryan. Todas sus versiones, todas sus etapas.

El escenario también hablaba por sí solo: una estructura imponente, con una estética playera y dos quioscos a los costados, en línea con la narrativa de su más reciente etapa musical. Esta vez, el color dominante no era el rojo habitual, sino un naranja que marcaba una nueva identidad visual, por su más reciente álbum, Sendé.

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Un estadio convertido en ghetto

El encargado de abrir la noche fue DJ Tornall, sobre las 7:10 pm, calentando el ambiente con clásicos del reguetón e incluso temas decembrinos. El punto de ebullición estaba listo para la entrada de Ryan.

A las 8:00 pm en punto, llegó el momento.

La aparición de Ryan fue cinematográfica: de repente el helicóptero de la Policía Nacional sobrevuela el Atanasio, al mismo tiempo se mezcla con una protección en las pantallas de El Cantante del Ghetto cantando desde las alturas, en el mismo y, tan solo milésimas después, comienza el show interpretando Rebecca, desde el techo del estadio y, en cuestión de un parpadeo, como si este se hubiese teletransportado, hace su presencia en la tarima principal para arrancar con Parta y Choquee, SQ y Fiesta. Un inicio que dejó claro que no sería un concierto cualquiera.

Ryan Castro se “gradúa” en El Atanasio: espectáculo sin precedentes con 5 horas de show y 18 invitados

“Primero que todo, agradecerle a las 47.000, 48.000 personas que vinieron y pagaron solo por verme a mí”, dijo ante un estadio rendido.

Invitados, energía y momentos inolvidables.

El desfile de invitados arrancó con Kybba, uno de los dj de Dance Hall más reconocidos, con quien interpretó Bombastic y Azota Mamazota, Seguido por uno de los momentos más celebrados: la aparición de Sean Paul, quien no solo interpretó Bad Bad Bad Remix y Exclusiva, sino también éxitos como Temperature.

Luego vinieron más sorpresas: temas con artistas del movimiento isleño, coreografías impecables con más de 20 bailarines y una producción visual que acompañaba cada ritmo. Cada detalle estaba medido.

Más adelante apareció Dongó con quien cantó Sanka, seguido por los isleños, Rayo y Toby, con los que pudo brindarle al público SAI que interpretaron Mamá, Calor, Power Trip y Movimiento de cadera.

El show siguió con Botapafó y Se vale to, acompañado de más de dos docenas de bailarines en una coreografía milimétrica, con cámaras que parecían bailar al ritmo del dancehall, una atmósfera cautivante y entretenida a la vez.

Uno de los picos de la noche llegó con la aparición de Maluma en Pa' la seca, desatando la euforia total. Para que luego, el Pretty Boy le regalara al público exitos como 11 P. M., Borró cassette y Hawái.

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La pausa romántica

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El show también tuvo espacio para bajarle un tanto al perreo y darle paso a su faceta más romántica. Vestido de blanco, interpretó Fan de su relación junto a Maisak, quien también aprovechó para cantar su éxito Se me olvida.

En uno de los cambios más sorprendentes, Ryan literalmente “surfeó” sobre el público en una lancha hasta una extensión de la tarima ubicada en el centro de la cancha. Allí, con la forma circular de una isla, con palmeras y sillas, interpretó las canciones con las que empezó su carrera, las que marcaron el inicio de su trayectoria, como Cositas al oído, Entre Nos y Nunca imaginé. Luego, acompañado por Mora, cantaron Mil vidas, quien también ascendió al público con su éxito, La inocente.

Desde ese punto, el show continuó con una seguidilla de éxitos, incluyendo colaboraciones como A poca luz y 4Life con Hamilton

Uno de los puntos más altos llegó con Aria Vega en Chévere, “¡Ryan es la mond#*!”, gritó la barranquillera, desatando la euforia.

Luego vinieron Si me preguntan, Lejanía, Baby Love, Ojalá y la sorpresa vallenata: Jorge Celedón con Ay ombe y otros clásicos de su repertorio.

El clímax: una constelación de estrellas

La recta final fue una avalancha de nombres y emociones. Aparecieron figuras como Zion, Andy Rivera, Sech, Feid y, por supuesto, J Balvin, quien ha sido su mentor en los últimos años.

El ritmo subió otra vez con Pa que vuelva y la entrada de Zion en Envigado, seguido por éxitos como Amor de pobre, Amor, Fantasma y Zun Da Da.

Ryan regresó al escenario principal surfeando mientras cantaba Comerte a besos y luego Menos el cora.

Después apareció su alter ego, Richy, con Mujeriego, La garrafa, Mi fortuna, El pichón y El ritmo que nos une (la de la Selección Colombia). Luego dio paso a su lado Ghetto Star con Amor de una noche.

En uno de los momentos más emotivos, Ryan se sinceró ante su público: “Me costó como 15 años... este show era uno de mis sueños”.

El estadio coreó su nombre.

Fue precisamente Balvin quien protagonizó uno de los momentos más emotivos de la noche al decirle:

“Este hombre es la voz de superación, viene de abajo... hoy te estás graduando en tu tierra como uno de los artistas más importantes de Colombia para el mundo”.

Ryan no pudo contener las lágrimas. El estadio coreó su nombre.

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Un cierre a la altura

Cuando parecía que todo había terminado, aún quedaban sorpresas: Baby Rasta y Gringo subieron al escenario para encender una vez más al público.

Finalmente, Ryan cerró con Malory, en medio de pirotecnia y una euforia colectiva que vendió una noche redonda.

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