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Desde Mozart hasta Stravinski, hacer obras sacras estuvo entre las prioridades de los grandes músicos clásicos de la historia.
Se llamó Constanze y tuvo una difícil tarea, ocultar que su esposo, Wolfgang Amadeus Mozart, murió sin terminar su última obra, una misa de réquiem que un conde le había encargado para conmemorar el aniversario del fallecimiento de su pareja.
Mozart escribió la pieza musical conociendo que estaba también en sus últimos días, pero no le alcanzó: falleció el cinco de diciembre de 1791, dejándola inconclusa. Así finalizaba un año de gran productividad, según Maynard Solomon, biógrafo del compositor clásico.
El conde recibió el réquiem (tema que se canta con el texto de la misa de los difuntos) , por supuesto. Lo finalizó el compositor y director Franz Xaver Süssmayr, amigo de Wolfgang, por orden de Constanze, quién se lo pidió para poder entregar el trabajo y concluir así su labor secreta.
Un poco más de dos siglos después, la obra, así como se le presentó al conde, sigue sonando y hace parte de ese gran número de piezas que enriquecen el repertorio de música sacra, la que una inmensa mayoría...