Pico y Placa Medellín
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Cuando llegué a vivir a Bogotá, hace unos tres años, mis amigos capitalinos me miraron con cara de angustia cuando les propuse que nos acostáramos un rato en la manguita a bajar el almuerzo. Les expliqué que en Antioquia decimos manga en lugar de césped, y ellos me enseñaron, a su vez, esas palabras y expresiones de la sabana cundiboyacense que terminé por incluir en mi vocabulario, como briquet, esfero o changua.
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De vuelta a Medellín, un año después, guardé las palabras rolas en ese rincón de la memoria donde están las cosas que algún día vas a necesitar y desempolvé mi jerga paisa, desde los vocablos más cotidianos, como candela o lapicero, hasta los dichos y refranes que escuché de mis abuelos y estos escucharon de los suyos. El idioma español, que celebramos este 23 de abril, no es solo uno: su vastedad nos obliga a aprender nuevas palabras y formas con viajar unos cuantos kilómetros entre una ciudad y otra.
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