Cuando alguien —hace cuarenta años o más— llamaba a una emisora para pedir música colombiana generalmente se refería a los ritmos de los Andes colombianos. Es decir, pedía un bambuco, una guabina, un torbellino, una danza o un pasillo. Se trata de canciones de guitarras con voces acompasadas que hablan del amor, de la vida en el campo, de las experiencias de una sociedad agrícola.
El espectro comenzó en 1991, cuando la Constitución política reconoció la pluriculturalidad, dice Julián Cardona Toro, coordinador de la licenciatura en música de la Universidad del Atlántico y coautor del libro Seis canciones andinas colombianas. El panorama ha cambiado de tal forma que hoy son más conocidas por el público las composiciones de José Barros —un músico de la Costa— que los temas de Garzón y Collazos.
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Seis canciones andinas colombianas, editado por el ITM, es el resultado del trabajo investigativo de Alexa Cortés, Julián Cardona Toro y Andrés Arcila Gutiérrez. La idea de reunir en un volumen las partituras para guitarra y voz de un puñado de composiciones surgió a partir de una necesidad que los autores percibieron en los centros de formación y en las academias de música. “Las músicas populares y del folclore casi no tienen registros bibliográficos serios. Las canciones se montan a partir de unas guías o a punta del oído de los intérpretes”, dice Cardona. Las publicaciones rigurosas pueden impactar los currículos y aumentar el interés de las nuevas generaciones por músicas confinadas a las radios públicas y al circuito de los festivales.