Cuando Nacional cayó 2-0 en la final de la ida de la Libertadores de 1989 ante Olimpia de Paraguay, hombres como Alexis García y Luis Carlos Perea tomaron la batuta y arengaron al equipo.
Y eso, dice John Jairo Carmona, fue fundamental para que un equipo que jamás dejó de confiar, igualara la serie. Los días previos a ese 31 de mayo se alejaron de la ciudad y se enfocaron.
No había tecnología que los distrajera y entre todos compartían los nervios. “Me acuerdo que me tocaba concentrar con René (Higuita) y, ¿cuál de los dos más callados, pues?, eso era cada uno interiorizando ese nerviosismo”.
La noche de la gloria en El Campín era fría, en el bus se hablaba poco. En el camerino se escuchó a Francisco Maturana repasar conceptos y decirles que tenía plena confianza en que iban a revertir el marcador.
“La cancha era esponjosa, el agua que quedaba en el pasto se metía por el cuero delgado y eso hacía que los pies se congelaran. Yo no los sentía”, recuerda Carmona.
Pero la cantidad de banderas verdes ondeadas por todo el estadio y el ánimo de la gente produjeron el calor necesario para ir al frente.
Y los goles, un autogol de Fidel Miño y el tanto Albeiro Palomo Usuriaga, desataron el clamor general y que los “callados” como Andrés Escobar y Leonel Álvarez empujaran al equipo.
Los penaltis trajeron el nerviosismo, pero la tranquilidad con la que Maturana eligió a sus cincos pateadores, y tener a Higuita, lo calmó.
“La confianza que había del entrenador, entre los compañeros, los directivos y la afición fue vital para revertir esa final”, puntualiza.
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