Wilmar Roldán nació en Amalfí en 1980 y vivió hasta su adolescencia en Remedios, es decir, dos de los pueblos más violentos por esa época en Colombia. Cuando con 14 años empezó a ser árbitro, y le tocó lidiar con un paramilitar que le ofreció plata o plomo, llegó a la conclusión de que si había superado ese reto, el de Pato contra Zaragoza, sin dejar su vida ni su honra en el camino, estaba listo para pitar cualquier partido que se le atravesara: hasta una final de Copa Libertadores.
A Remedios lo lleva tatuado en su piel. El libro con su autobiografía que acaba de salir a las librerías se llama Silbato de Oro, por el instrumento que utiliza en los partidos que fue elaborado con oro sacado de las minas de Remedios. Ese pueblo del nordeste de Antioquia, que no suele tener sosiego, le forjó el carácter para no tener miedo de nada, le enseñó a defenderse con dignidad de la pobreza en la que vivía con su mamá y lo llevó a convertirse en el mejor árbitro de fútbol en la historia del país y uno de los más destacados del continente.
Roldán ha sido árbitro en dos Mundiales y ha pitado finales de Copa Libertadores y Copa América. El libro, que acaba de publicar la editorial Zaíno, hace una atractiva narración de su vida y sus peripecias para lograr llegar a la cúspide.
Usted nació en Amalfi y se crió en Remedios, una zona muy difícil. Allá fue donde empezó a ser árbitro. Como dice en el libro, si uno la saca del estadio pitando en Remedios y en el Bajo Cauca, puede pitar en cualquier parte...
“Antes quiero decir que muchas personas ven el árbitro solamente cuando hay decisiones controversiales o cuando afectan a su equipo amado. Nosotros somos administradores de pasiones: La pasión por su equipo, por el fútbol. Nos convertimos en el foco de muchas críticas. Que seamos los malos de la película, o como dijo Eduardo Galeano en su Fútbol a Sol y Sombra, los perdedores pierden por él y los ganadores a pesar de él. Bajo ese apostolado ya entramos perdiendo a una cancha”.
¿Siente que de entrada ya son señalados por la gente?
“Yo he entrado a canchas en las que no he pitado la primera falta y ya me están insultando. Alguna gente, no toda, pero hay personas que van al estadio a desahogar sus emociones, sus depresiones, sus angustias; el estadio maneja una atmósfera muy complicada. Pero bueno, yo inicié en el arbitraje desde muy niño, ya llevo 35 años pitando. Cuando yo encontré ese don que me hizo clic, ese mensajes de Dios, porque soy muy católico, empecé a decir, el arbitraje va a ser mi tabla de salvación ante las necesidades y carencias que desafortunadamente yo no pedí nacer con ellas. Entendí que si yo hacía bien ese trabajo, podía salir de mi pueblo porque no me gustaba una zona roja, una zona llena de guerrilla, de paramilitares. Fue así como un niño con todas esas carencias económicas, sociales, personales, familiares pudo encontrar un don y decir: ‘voy a seguir esta hoja de ruta para convertirme en el mejor árbitro de la historia de este país’. Y eso es lo significativo y máxime cuando desde niño empecé a pitar partidos que me exigían, que me retaban a que de pronto iba a estar tentado por sobornos”.
El primer capítulo del libro es muy simpático. Hay una figura que usted utiliza, la de Santiago Nasar, el de Crónica de una muerte anunciada, que cuando apareció ya sabía que lo iban a matar. ¿Usted se sintió como él después de pitar el partido de Remedios ante Segovia?
“En esa época que no había la tecnología ni los avances de ahora, ser jugador de la selección del pueblo era lo máximo. Es como un jugador ahora que sea convocado para la Selección Colombia o de cualquier país. Para nosotros ser elegidos en ese momento era tener un estatus. Entonces nos presentamos muchos chicos a la cancha y teníamos que dar lo mejor, porque si vos salías en esa lista de 23 jugadores ya todo mundo te va a mirar diferente y vas a tener un estatus especial en el pueblo, nos trataban como ídolos. Porque aparte el nordeste antioqueño es una región muy futbolera. Hay que decir que cuando inicié en el fútbol también era árbitro, yo hacía las dos cosas al mismo tiempo”.
¿Porque alguien le vio el talento y le dijo, vaya y estudie, puede que le vaya bien en el arbitraje?
“En el momento que yo inicié fue por retar a mi profesora de pitar un partido. Y dije, bueno, esto también me gustó mucho, el tener ese poder discrecional de decidir: que si yo decía que era falta todo el mundo me hacía caso. Si yo decía que amarilla, roja, pitar un penalti, una falta, pensé: aquí hay un poder y ese poder fue el que me empezó a brindar un espectro diferente”.
Sí, porque parece que de defensa central de la selección de Remedios no le iba tan bien. ¿Cómo fue eso de que llegaba de primero a los entrenamientos y se iba de último, como Cristiano Ronaldo para ganarse el puesto?
“Yo era titular en la selección Remedios. Entré por la puerta de atrás, pero quedé siendo titular. Después perdí mi puesto. Muchas veces la gente abusa del talento y aquellos que de pronto no nacemos con un talento innato, pues lo tenemos que suplir con la autodisciplina, que es también uno de los relatos bonitos de esta autobiografía. Es como hacerle entender a las personas que cuando encuentren ese don, cuando encuentren esa capacidad, yo cómo lo puedo transformar para ser diferente a los demás. Porque para hacer lo mismo que hace fulanito de tal, pues eso lo hace cualquiera. Pero vaya pues, levántese más temprano, haga más repeticiones, esté más atento a todo, colabore, tenga ese don de servicio, eso no es para todo el mundo. Yo digo que soy un afortunado, porque a mí eso nadie me lo enseñó. A nosotros nos enseñaron a trabajar desde niños porque somos de familia montañera”.
Cuenta usted que se levantaba a las 3:00 de la mañana a trabajar todo el día...
“Ordeñaba, encerraba los terneros, iba por las mulas de mi tío Santiago que era arriero, organizaba la pesebrera; no teníamos agua y había que bajar hasta la cañada a traer agua”.
Y cuando nacieron sus hermanos menores, usted les cambió el pañal, los cuidaba.
“Me tocó suplir también porque desafortunadamente mi mamá sufría mucho y se metió con hombres que no respondían. Mi papá apareció mucho después, pero nunca tuvimos ese feeling, no conectamos. Yo quería ser amigo de él, porque tampoco puedo cuestionar a una persona en temas del amor. Ella me contó que fue una aventura que tuvo con él. Pero también si uno es responsable y un hombre en todo el sentido de la palabra, también sabe que si embarazaste una mujer así no fueras a vivir con ella, al menos ayúdale con algo. Esa es mi percepción, y fue todo lo contrario. Nunca ayudó, nunca hizo nada. Y nosotros prácticamente muriéndonos de hambre y el señor nunca apareció y a mi mamá le tocó sola. Mucha gente tiene sus ídolos y yo tenía al lado a Luz Amparo Roldán Pérez, esa mujer me enseñó mucho y una de las cosas más bonitas era a no doblegarse ante las necesidades”.
A propósito y volviendo al episodio del partido, usted mostró finura, como dicen en la calle. Porque era de la selección de Remedios y de pronto le tocó pitar porque faltó el árbitro, le tocó quitarse la camiseta de jugador y ponerse la del juez. ¿Qué fue lo que pasó?
“Duele que uno haga parte de la selección y decir va a jugar el clásico, con todo listo y que no venga el árbitro. Y bueno, y ¿quién va a pitar el partido? Porque ahora la vía la arreglaron y uno llega en tres horas a Remedios, en esa época que se demoraba hasta tres días si llovía. Desafortunadamente todo el mundo se quedaba en tacos, en derrumbes, y no llegó el árbitro. Entonces, ¿quién pita el partido? Que Wilmar Roldán, váyase cambiando”.
Usted tenía 14 años de edad, según relata en el libro.
“Sí, esa era mi edad. ¿Cómo iba a pitar el partido si iba a jugar? Es que el único arbitro aquí es usted y ya el otro equipo está de acuerdo, me respondieron. Le rogué al técnico Arnaldo Amórtegui, que en paz descanse, que me dejara jugar porque yo había entrenando todos los días y el partido era un clásico. Al final tocó irme para la casa, cambiarme y volver a dirigir. Ahí también empecé a forjar mi carácter, esa valentía que uno debe tener y decir, yo ya no soy futbolista, yo soy árbitro. Vamos a cumplir la ley y vamos a ser justos y ecuánimes en las decisiones. Ahí también me empecé a ganar un poco el respeto”.
¿La mamá ni siquiera lo quería dejar salir cuando usted iba para la misa, porque en el camino le podía pasar algo después de los sucedido en ese partido.
“Esas pasiones que genera el fútbol y la gente con licor y demás que apuestan a quién gana, quién pierde y que el árbitro del mismo pueblo haya sido artífice, según ellos, de la derrota del equipo, queda uno en el ojo del huracán”.
Lo bueno es que se fue hasta la iglesia y en la misa sacerdote pidió un aplauso para Wilmar Roldán. ¿Entonces ya te blindó un poquito frente a las pasiones del pueblo, no?
“Sí, porque es que yo también fui acólito. Yo hacía de todo, yo no me quedaba quieto porque había que conseguir algún peso para llevar a la casa, me daban cien pesos. El sacerdote me conocía. Eso es lo bonito, cuando uno actúa con rectitud deja puertas abiertas. También me enseñaron a mirar a la gente a los ojos, porque ahí es donde uno habla con la verdad. Me dijeron que quien habla con la verdad nunca se equivoca. A decir las cosas como son y eso me lo enseñaron a punta de rejo cuando no hacía caso... Los montañeros somos personas que no nos preocupamos por un insulto o porque la mamá o el papá o en mi caso mi abuela me castigaban. Nos inculcaron el respeto por los mayores y nunca apoderarse de lo que no es de uno. Esas cosas me sirvieron para trascender en esta profesión”.
Esa prueba de finura se repitió después en otro partido, cuando todavía usted era muy joven que empezó a pitar en los pueblos. ¿A usted lo han intentado sobornar ¿eso es común en el fútbol o solo fue en ese momento?
“Nosotros venimos de una transición de lo que fue el fútbol en la época de los ochenta, noventa, cuando había carteles y se crearon muchos imaginarios del tema de arreglo y amaño de partidos. Hasta, desafortunadamente, tenemos un luto en la historia del fútbol colombiano. Un árbitro asesinado en Medellín por esos temas de disputa entre narcotraficantes que eran hinchas, dueños o lo que fuera de equipos. Entonces nos quedamos con eso en la cabeza, que cuando un árbitro se equivocara es porque lo tenían comprado y eso es totalmente falso, o al menos en el caso mío, yo hablo por Wilmar Roldán. Meto las manos al fuego por mí, yo ya llevo 24 años en el fútbol profesional colombiano y a mí jamás una persona se me ha acercado a decirme Roldán, hay esto para un partido. Se hubiera ocurrido, lo hubiese expuesto”.
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