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Especiales

Antología Periodística

Qué tan cierto y útil es ese mito que llamamos antioqueñidad

Por JUAN DIEGO ORTIZ JIMÉNEZ | Publicado el 30 de diciembre de 2018
Infografía
Los paisas y su identidad antioqueña
en definitiva

La construcción de un imaginario colectivo derivó en lo que llamamos antioqueñidad. En la actualidad hay críticas a ese estereotipo y se pide reconstruirlo, mezclando la pujanza con la legalidad.

Levanta el brazo izquierdo y con su índice, en la misma posición de Dios, en La Creación de Miguel Ángel señala la tierra prometida.

Este es un campesino, de sombrero y con un atado de fique en la espalda, que carga en la otra mano un hacha; mientras que su compañera, de pañoleta de arabescos y faldón azul, carga el primogénito. Divisan los Horizontes.

Una de las tantas lecturas de esta icónica obra de Francisco Antonio Cano (Yarumal, 1865-Bogotá, 1935), es que representa la colonización antioqueña y simboliza una madeja difícil de desenredar: qué significa ser antioqueño.

Prácticas, gustos, saberes, creencias e ideas se pueden citar entre las múltiples características que se le acuñan a esa construcción conjunta que se llama antioqueñidad, determinadas por la topografía agreste, el aislamiento del resto del país y la singularidad de las expresiones culturales.

El primero en aventurarse a hacer una descripción de ese pueblo minúsculo (en 1800 vivían 93.000 habitantes) fue el oidor Real Juan Antonio Mon y Velarde (1747-1791): “La vida aislada y semibárbara que llevaban contribuyó a reforzar el espíritu digno e independiente que caracteriza a los montañeses; mientras que su extrema pobreza les había impuesto hábitos de economía, de orden y frugalidad (templanza), indispensables para el enriquecimiento de un pueblo”.

El escritor bogotano Álvaro Mutis, en sus comentarios sobre Aire de Tango, el libro de Manuel Mejía Vallejo, dice que el pueblo antioqueño ha tenido en Colombia la capacidad de alcanzar las más grandes cimas, pero también ha debido conocer los más grandes fracasos. Manifiesta la capacidad de iniciar empresa, de lograr grandes obras, pero a su vez, apunta que posee un “gusto por el fracaso, la catástrofe y la derrota”. Agrega que este fatum fue heredado de los árabes, a través de los españoles, lo que constituye una cultura preocupada siempre por las victorias como elemento que plantea la exigencia permanente de su vida.

En 1983, cuando se abrió la licitación para construir el metro, el presidente Belisario Betancur dijo: “Nuestra historia nunca fue una novela rosa, fue hecha a fuerza, de hombres enfrentados a un medio hostil. Un hombre que siempre en la mitad de las crisis emprendió descabellados proyectos: ¿No hicimos el ferrocarril en plenas guerras civiles?”.

¿Qué es y qué no?

Juan Luis Mejía Arango, rector de la Universidad Eafit, asegura que las palabras y los conceptos son mutantes porque adquieren contenido dependiendo de cada época. “Hoy es legítimo hablar de antioqueñidad, pero dotada de nuevos contenidos porque no es el mismo concepto que el de los años 60 o el de los 80”, dice.

Mejía destaca que ese arquetipo, construido y difundido de generación en generación, es importante porque toda sociedad necesidad tener autoestima. El problema surge cuando esta se desborda.

“Como toda sociedad, somos una sumatoria de defectos y virtudes, lo importante es exaltar esos valores que nos gustan, como la laboriosidad, la solidaridad y el empuje; e identificar los antivalores, como la tendencia a burlar la ley, como el avispado”, acota.

Para el escritor y docente José Guillermo Ánjel, la antioqueñidad es una añoranza por carencia de identidad histórica. “Es una especie de referencia de algo que todavía no hemos construido. Sabemos que existe, pero no lo tenemos. Se cumple lo que decía Carlos Gustavo Jung: ‘en los símbolos están los sueños del hombre’. La antioqueñidad es un símbolo, no una realidad. No hay un metarrelato que nos diga cuál es el mito fundante”, dice.

No hay un único antioqueño

En el Testamento del Paisa, el conocido repositorio de canciones, cuentos y adivinanzas paisas, Agustín Jaramillo Londoño, el autor, dice que pese a que recolectó cada frase de primera mano porque “aquí llueven nuestros propios aguaceros”, admite “que las nubes vinieron de remotas regiones. En el arroyuelo que brota de mis montañas hay aguas que han bajado por el Sena, el Nilo y el Tigris”.

En efecto, el religioso José Gallego Osorio, en su libro “País Vasco, País Paisa”, cita al menos 447 apellidos con raíces del Norte de España que perviven en nuestra región: “Existen características especiales comunes a los dos países: espíritu emprendedor, andariego, fundador, la palabra empeñada y la afición al juego, la religiosidad, la consistencia de la familia, la alta natalidad y el empeño autonomista en un marco de montañas pobres y subsuelo rico”.

Ánjel añade que no existe un único patrón en Antioquia. Incluso, anota que la descripción de las abuelas turcas que hace el escritor Orhan Pamuk en su obra se asemejan a la matronas paisas. “Existen hasta cuatro tipos de antioqueño: el minero del Nordeste, el lechero del Oriente, el finquero del Suroeste y el ganadero del Magdalena Medio”, acota.

La historiadora Libia J. Restrepo, parafraseando a Mon y Velarde, sintetiza que fue tal la mezcla, que los antioqueños terminamos siendo: “gente libre de todos los colores”.

Las críticas al mito

La historiadora Restrepo añade que durante muchos años ese imaginario funcionó, promoviendo una serie de valores, pero que después de los 70, por fenómenos asociados a la cultura del dinero fácil y a la falta de ética, el mismo arquetipo sirvió para justificar conductas que no estaban acordes a los viejos valores.

El escritor Pablo Montoya opina que uno de los conceptos fallidos sobre los que se han construido las sociedades modernas es la nacionalidad, porque favorece las élites políticas, religiosas y económicas, que se amalgaman con la creación de discursos guerreros.

“La construcción de esa identidad antioqueña surge con el éxito que tiene el proyecto conservador de Pedro Justo Berrío (1827-1875). La antioqueñidad engrandece una región pero con un montón de valores reprochables y discutibles como el racismo, el segregacionismo de la religión Católica y la intolerencia con las minorías étnicas”, afirma.

Jorge Orlando Melo, historiador y profesor universitario, también critica la formación de los arquetipos de los pueblos. Señala que términos como la antioqueñidad son más políticos que históricos.

“Las simplificaciones y generalizaciones son arbitrarias y se miran con desconfianza en las Ciencias Sociales. No tienen una base real, se usan para invitar a la gente a que actúe y se maneje de cierta manera. No aclaran nada, solo crean confusión e imprecisiones. En la medida de lo posible es mejor no usarlas porque son estereotipos, maneras de hablar inexactas”, anota.

¿Algún provecho futuro?

José Guillermo Ánjel propone definir primero quiénes somos, qué lugar ocupamos en la tierra y qué valores afianzamos en ese imaginario.

“Listo, si somos colonizadores, entonces vamos a colonizar conocimiento y a promover las mejores costumbres. Debe partir desde el colegio e incluirse como programa de humanidades en las universidades”, sugiere.

La historiadora Libia J. Restrepo sostiene que debe primar el fomento de la cultura ciudadana, el cumplimiento de las normas y respeto por las diferencias.

El rector de Eafit, Juan Luis Mejía, plantea el ejercicio de mirarnos al espejo para exaltar lo positivo que tenemos como proyecto social e identificar las debilidades y defectos. “Una nueva sociedad siempre tiene que preguntarse qué es hoy y para dónde va. No es un valor estático, tenemos que saber qué es ser antioqueño en 2018, un concepto mucho más complejo que el de décadas atrás”, anota.

El escritor Pablo Montoya concluye que los valores fundamentales sobre los que debemos apoyarnos en el futuro son los humanos, los que pertenecen a todos los pueblos del mundo; y dice que la primera tarea a resolver en Antioquia es un problema de base: la desigualdad social.

Contexto de la Noticia

ANTECEDENTES Estado de Antioquia desconoció a Fernando VII hace 205 años

Acosado por los rumores de la llegada de las tropas realistas, el 11 de agosto de 1813 el presidente dictador del Estado de Antioquia, Juan del Corral, proclamó la Independencia. En el acta de ese día quedó consignado: “se declara que Antioquia desconoce a su rey Fernando VII y a toda otra autoridad que no emane directamente del Pueblo”. Demetrio Quintero Quintero, secretario general de la Academia Antioqueña de Historia, explica que si bien, tres años después comenzó la Reconquista y solo hasta la batalla de Chorros Blancos (Yarumal, 1820) se selló la salida de los españoles de Antioquia, “la fecha clave, con la que comenzó el proceso libertario, fue el 11 de agosto”.

Protagonistas así se describe el ser antioqueño en la literatura

Epifanio Mejía
y su canto a la libertad
“El hacha que mis mayores / me dejaron por herencia / la quiero porque a sus golpes / libres acentos resuenan (...) Yo que nací altivo y libre / sobre una sierra antioqueña / llevo el hierro entre las manos / porque en el cuello me pesa (...) Nací libre como el viento / de las selvas antioqueñas / como el cóndor de los Andes / que de monte en monte vuela (...) Bajamos cantando al valle / porque el corazón se alegra / porque siempre arranca gritos / la vista de nuestra tierra”. Estrofas dos, cuatro, seis y 17 de El Canto del Antioqueño (1868).
Tomás carrasquilla
“El alma es maraña”
“Dicen libros muy sabios de filósofos patagones, que el enredo material enreda los espíritus. Según eso, el alma medellinita debe ser una maraña. ¡Hasta lo será! Aquí no hay tipo ni agrupación que puedan encarnar esta montonera tan heterogénea. Ni el interés pecuniario, ni el amor al suelo y al trabajo, ni la misma verbosidad hiperbólica son aquí generales. Solo la autonomía individual puede sumarnos, porque aquí cada uno es Juan Memando y... ¡San-se-acabó!”. (1919). Versión tomada de la edición de Obras Completas (1958).
fernando gonzález
“Conseguir dinero”

“De ahí que el antioqueño no sirva sino para abrir fincas, para conseguir dinero y que no se pueda confiar en sus ideas políticas, religiosas, etc.”. (Extracto de Los Negroides, tercera edición. Bedout. Medellín, 1972).

“El medellinense tiene su lindero en sus calzones; el medellinense tiene los mojones de su conciencia en su almacén de la calle Colombia, en su mangada de El Poblado, en su cónyuge encerrada en la casa, como vaca lechera”. (Tomado del artículo El brujo Fernando González, de Alberto Aguirre, 1994).

Gonzalo arango
del amar y el odiar
“Escandalosa lujuria de esta tierra donde brota el milagro por el amor de un corazón y unas manos de mujer. Quisiera vivir en medio de este esplendor de fuerza, sol y poesía. Pero tal vez no. Esta violencia desencadenada terminaría por matarme, es demasiado inhumana. Mi alma también ama la pobreza, la aridez y las piedras. Mi dicha muere en el exceso. Y esta belleza es perfecta. La felicidad tendría aquí su reino, pero también una muerte melancólica. El corazón necesita ausencias para alimentar el deseo”. (Obra Negra, 1974).
Juan Diego Ortiz Jiménez

Redactor del Área Metro. Interesado en problemáticas sociales y transformaciones urbanas. Estudié derecho pero mi pasión es contar historias.

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