Cada vez más, la literatura es asunto de síntesis. Feneció la verborrea decimonónica que apadrinó a tantos juristas, predicadores y políticos.
La electrónica ha convertido en luz los vocablos, y la luz solo brilla tras la puntual combinación polar que la engendra. Hoy no solo sobran las palabras, sino las sílabas, incluso las vocales.
La juventud garrapatea signos energúmenos.
Lo decía, con lenguaje católico, el contundente Nicolás Gómez Dávila: "El escritor pierde un mes de indulgencias por cada palabra sobrante".
Indulgencias eran aquellos premios espirituales otorgados por actos buenos. Se cobraban únicamente en la otra vida, a la hora de la contabilidad y la balanza.
Pues bien, un mes por palabra vana es metáfora de cabal sanción para escritores. Habría que aumentarla, sin duda, en este tiempo de labia desmesurada y vacua. Es que son legión quienes cometen literatura para solemnizar ocasiones o seducir muchachas. Sus maestros son los dudosos poetas españoles de la sensiblería, que nutrieron a legiones de declamadores perfumados.
Declaraba María Mercedes Carranza que probablemente la gente no compra poesía, pero la escribe.
La escribe como epitafio para acompañar escudos de fútbol y fotos de motocicletas en lápidas jóvenes.
También como tarjeta infantil de regalo en día de madres o de novios. O como escondido diario que almacena mermeladas cotidianas para reconciliar el alma y las nostalgias.
La escritura no exige materiales costosos, como otras artes: ni telas ni instrumentos ni atuendos ni escenarios. Un papel y un lápiz son más fáciles de encontrar que una puñalada. Los ingredientes del lenguaje están a mano de cualquiera, no así la calidad que es implacable.
Una palabra, escueta, es una potencia. Esta palabra, ligada de modo ineludible a otra, puede ser potencia al cuadrado.
Para que esta progresión sea geométrica, o al menos aritmética, esas expresiones han de ir pegadas a la piel de los hechos interiores de un autor que haya transformado sucesos y conceptos en sustancia propia.
De ahí que sea saludable castigar la abundancia de verbos, sustantivos y adjetivos que no digan nada, a fuerza de ser mudos hace tiempos. Quien diga ha de decir poco para comunicar mucho.
Ha de identificar la peste de las frases de cajón, con más conveniencia nombrables como frases de ataúd, por asesinar el sentido.
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