Querido, conversado y reído Henry, con usted se charla muy bien porque no sólo agrega datos a la conversación sino que le imprime tono, es decir, con las palabras dichas permite ver imágenes. Y es que una buena conversación exige un poco de dramaturgia, de humor, de tolerancia. Conversar es aprender el otro, saber que hay cosas que bien dichas (usando las palabras adecuadas), nos crecen como personas. Hablar no es producir sonidos, es saber pronunciar lo que se dice (ya Spinoza había escrito una gramática para aprender a hablar con los sonidos correctos) con el fin de que la cosa nombrada sí sea a la que nos referimos y no otra. Usted, querido amigo, es un buen conversador, alguien preocupado por el buen hablar, que es una condición de ciudadanía. Los persas establecían que para habitar una ciudad se tenía que saber hablar correctamente, ya que la ciudad es un asunto moral y de intercambios entre los hombres.
En el mundo que nos toca, contaminado y delirante, la palabra ha perdido su real valor. Se habla de manera general, sin determinar nada concreto, creando emociones y no razones. Basta escuchar alguna canción o escuchar a dos que hablan destruyendo el sentido de la palabra, que es el nombrar y definir, confrontar y enseñar. Se habla sin escuchar, sicóticamente, descuidando al otro, imponiendo. Claro que esto se debe a que estamos mal educados: desconocemos la urbanidad (el saber comportarnos en la ciudad), la elegancia (cada vez se elige peor) y el sentido del bien vivir, que comienza cuando se sabe nombrar recurriendo a lo más bello.
En este punto, en la carencia de saber conversar, querido Henry, perdemos la amabilidad y oscurecemos lo que tenemos.
En nuestras sociedades, en las que se satanizan tantas palabras (por no entenderlas), la palabra burgués es una especie de lacra. Decir que se es burgués (que se ha adquirido un espacio de vida donde lo bello es lo que marca el horizonte) es casi un crimen a los oídos de muchos, pues el burgués es confundido con el ignorante con dinero o con un agente del capitalismo salvaje. Burgués no es más que alguien que sabe habitar la ciudad, que trata de llevar su espacio privado al espacio público, pero en condiciones de belleza. El pensamiento burgués (muy claro en las novelas de Thomas Mann y Julio Verne), comienza con el saber hablar, conversar, oír y debatir, entendiendo el debate como un aprendizaje y un buen gusto. Y es que en el hablar está el paraíso, el infierno.
Henry Solano Vélez, abogado y profesor de derecho penal en la UPB. Como buen burgués, se mantiene elegante, ríe fácil y asume la conversación como una posibilidad de aprender y, a la vez de enseñar eso, que bien pronunciado, ya está en su interior. Vivir en el orden del habla (como burgués) es tener más mundo.
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