Es tiempo de animales. Nunca como hoy perros, gatos, peces, pájaros, caballos han ocupado mentes humanas y concitado caricias. Son de la familia, hijos, hermanos, amores. La humanidad se vuelca sobre la seda de su pelamen, les construye hoteles, les levanta túmulos, los llora.
Los animales ya no son mascotas, a pesar de que los productores de alimentos concentrados sigan llamándolos con esta palabra de origen occitano. Trovadores del sur de Francia, donde nació el amor galante, la inventaron para significar embrujo o amuleto que da suerte. Los animalitos eran eso, fetiches de juguete para lucir y atraer albricias.
No. Ya no son utilidades ni adornos, son adoraciones. A finales de año una joven y vivaz columnista de prensa mantuvo en vilo a la gente del país de Facebook con fotos y crónica sobre enfermedad y cirugía de su perrita dálmata. La solidaridad la rodeó. Causó explosión de propietarios que subieron a red sus enamoramientos de cuatro patas.
Hace setenta años Elías Canetti se quejaba en un aforismo de que "en la historia se habla poco, demasiado poco, de animales". Nuestro botafuego Fernando Vallejo no cesa de fustigar a Jesucristo por haber carecido de palabra de piedad para ellos. Pues bien, el XXI cambiará esta tendencia. Escritores, mitógrafos, legisladores habrán de poner foco sobre la pasión contemporánea por los irracionales.
¿Irracionales? ¿Quedó bien esa palabra? Diga usted que los animales no tienen alma, no sienten ni son inteligentes, y decenas de voces lo apabullarán con ejemplos de que está naciendo nueva humanidad, raza de perros adivinos, linaje de caballos perspicaces, prole felina llena de misterios y astucias.
De nuevo Canetti, hablando como arúspice: "no es posible hacerse idea de hasta qué punto va a ser peligroso el mundo sin animales… Con los avances del conocimiento, los animales se irán acercando a los hombres. Luego, cuando vuelvan a estar tan cerca como lo estuvieron en los antiguos mitos, apenas habrá ya animales".
Anubis, dios egipcio, fusión de hombre y chacal es, entre aquellos antiguos mitos, efigie de una niña que hoy duerme con su galgo, lo mima, le es elocuente sin palabras y al cabo de catorce años de complicidad lo asiste a morir entre sollozos para luego darle sepultura en el por siempre de su intimidad metamorfoseada.
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