No sabemos si Santos hoy volvería a comparar a Uribe con Bolívar -como lo hizo hace menos de un año en el Palacio de Nariño- en la misma forma en que El Tiempo -periódico de su tío abuelo- equiparaba en su momento al dictador Rojas Pinilla con el Libertador.
Parece ser debilidad de los Santos, tan santanderistas en su ideología, tener a Bolívar como referente para igualarlo con los personajes que en determinados momentos los seducen.
Quizás hoy el presidente Santos, como van patentizándose las diferencias con su antecesor, no le diría a Uribe "que es el segundo Libertador, por habernos devuelto la esperanza", cuando hay grietas preocupantes en la política de la Seguridad Democrática.
Dudamos de que de repetirse el elogio, Uribe quedaría satisfecho y tranquilo, cuando el mejor nuevo amigo de Santos es un fundamentalista que bajo la sombra del Libertador anuncia quedarse en el poder, "mínimo hasta 2019", apuntalado por los 120 mil milicianos, brazo armado de su revolución bolivariana
Ya los disensos entre Uribe y Santos comienzan a sobrepasar a los consensos.
Chávez ha sido el protagonista principal de esas diferencias. Santos se acercó a él, quizá con demasiada confianza. Inicialmente sostuvo que los campamentos subversivos ya no existen en Venezuela. Luego, cuando Uribe dudó de esa afirmación, aquel se retractó. Sabía que no podía engañarse a sí mismo. Y mientras Santos envía a Chávez, con moño y todo, el regalo de Makled, Uribe sostiene que el mejor interés por juzgarlo lo había demostrado Estados Unidos.
Las pullas comienzan a abundar en estos atisbos de difíciles relaciones. Santos anuncia que como expresidente se dedicará a dictar clases "y no a molestar a los presidentes de turno".
Álvaro Uribe fustiga a Santos con un trino que ensordece: "A muchos nos duele la violencia. Otros la aprovechan para su ascenso político". Respuesta para glosar la ley de reparación de víctimas de la violencia y amargar el matrimonio Santos-Chávez.
Si bien Santos ha logrado mantener al resto de expresidentes callados a través de la participación de sus ahijados en el gobierno -y hablar con la boca llena es mala educación- no ha podido colocarle candado al twitter de Uribe.
El solo protagonismo de Vargas Lleras, por quien Uribe Vélez siente abierta animadversión, evita cualquier asomo de bajarles tono a los estridentes trinos de su Blackberry. Resume el estilo para persistir y no desistir en sus travesuras epistolares. Quiere seguir siendo -como decía Malraux del general De Gaulle-, "un hombre de anteayer y de pasado mañana".
No se resiste a perder vigencia.
No sabemos si estas diferencias de conceptos, de definiciones y de estilos que ya no se insinúan, sino que se protocolizan entre presidentes y expresidentes, se irán a proyectar en las elecciones regionales. Si habrá uribistas de la clase A promoviendo sus candidatos, y santistas recalcitrantes atravesando los suyos. Aquí sí que se podría proyectar una división que resquebrajaría en materia grave el futuro de ese partido, que como todos los que se basan en caudillismos más que en ideologías, tienen un presupuesto de vida incierto.
Ojalá piensen Uribe y Santos, que son los dirigentes que pueden sacar este país -hoy ahogado con el agua hasta el cuello-, de los muchos atolladeros en que se encuentra.
El resto de expresidentes -con excepción de Belisario dedicado a la cultura- cuentan poco porque sus prestigios se han minado dada la miopía con la cual han actuado en la política. Que tengan sus diferencias, sus discusiones, pero que en la búsqueda de acertar en los aspectos fundamentales del manejo del país, cansado históricamente de las luchas enconadas de quienes han sido sus jefes de Estado, primen las coincidencias.
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