Comenzaron los turistas japoneses, cuando las cámaras eran aparatosas y costaban en yenes. Desde que el visor saltó al punto vidrioso de los celulares, la manía es general. La humanidad viajera abdicó del ojo, a favor de la cámara. La gente no ve monumentos, paisajes, museos, atardeceres ni personajes. Los fotografía con compulsión, los guarda en la nube, los baja una o dos veces, los olvida para siempre.
Por andar ocupados forzando el mejor encuadre y calculando el baño de luz, los paseantes pierden el instante de apariciones. Creen que el retrato digital almacena con mayor rigor la fugacidad de lo real, y degradan el sentido de la vista a mero servidor de espejos, prismas y lentes. El órgano del sentido es obligado a adelgazarse por entre mínima pantalla, mientras el esplendor panorámico se derrocha en vano.
Cuando la fotografía era análoga, y revelado y copia en papel encarecían el pasatiempo, el obturador se respetaba. Cada impacto era tasado, de modo que el arte y la precisión visitaran la mayor proporción de imágenes. La capacidad infinita de los equipos digitales de ahora banalizó el dedo índice, que no necesita modular su impulso y que por ello se lanzó a orgía perpetua de reproducciones del entorno.
La facilidad trajo consigo el desenfreno. Hoy la cámara es todopoderosa, omnipresente y parpadea en ráfaga. Desde el niño balbuceante, hasta el anónimo propietario de un artilugio elemental, todos se sienten fotógrafos, y proceden a multiplicar por infinito colores y formas del mundo.
Hay un espejo poderoso creciendo en todo bolsillo, y desde ese azogue vuelan galaxias, estrellas, árboles, caras. Cada fotógrafo frenético se piensa demiurgo. Todos guardan la ilusión de apoderarse de ciudades, caballos, niños, novias, y de conformar con este arsenal un tesoro a su medida. Los millares de instantáneas son patrimonio que crece en cada ocasión del deseo.
Detrás de la abundancia, no obstante, acecha la trampa. El mundo variopinto se ríe de las fotos, pues hay mucha porción de realidad que la cámara no ve. Por la gota de vidrio del lente no entra el estremecimiento del alma a la que se ofrece el panorama. Mientras la turba se empina en pos del mejor ángulo, el buen contemplador atisba el gesto que explica el sudor de unas manos. Luego lo guarda en una circunvolución vedada al progreso. Lo hace suyo y tal vez logre transformarlo en silencio, en poesía.
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