Desde una esquina del barrio El Triunfo, en El Picacho, fue lanzado ayer el primer transbordador colombiano, pero este no salió disparado cielo arriba sino al vacío, loma abajo y rastrillando pavimento.
La nave, hecha de un material conocido popularmente como "jaiboa", mezcla de cartón y madera, estaba dotada con batería, llantas de neumático, luces, pitos, sirenas y lo más importante, un piloto avezado y atrevido, que no les temió a los empinados descensos de la Comuna 6 de Medellín, donde se realizó la competencia.
"Le cuento que el bólido apenas lo terminé a las 3:00 de la mañana, me llevó muchos meses de trabajo y bueno, aquí estoy para desafiar estas lomas", expresó Mauricio Arboleda, el piloto, pleno de efusividad y emocionado de poder participar en el Quinto Festival de Carros de Rodillos Borrando Fronteras Invisibles.
El evento fue organizado por las mesas de Derechos Humanos y de Recreación y Deportes de la Comuna 6 y buscaba, a través de diversiones como ésta, convocar y unir a la comunidad para que piense más en la paz y en la unión que en la violencia.
Carlos Arcila, presidente de la Mesa de DH, agradeció la presencia de personas de muchos otros sectores de la ciudad que acudieron a la cita en El Picacho a sembrar esa semilla de convivencia que tanta falta ha hecho este año en el sector, que ha sido azotado por muchos homicidios y por un problema grave de fronteras invisibles marcadas por combos y bandas delincuenciales.
Por eso, por allí rodó "Roowill", un bólido hecho de maderas finas, como nazareno, pino y roble, proveniente del barrio Buenos Aires. También lo hizo El Armagedón de Granizal y estuvo El Gladiador de Aranjuez, con un piloto conocido en su barrio como "El Mono" y también como "El Arrugado", tan excelente al conducir, que el niño y las dos mujeres que lo iban a acompañar en el viaje lo que menos tenían era miedo.
"Para nada, lo que no vemos es la hora de empezar a bajar por esa calle", decían en medio de más de doscientas personas que presenciaban la partida.
Hasta la OEA
En el Festival, que recorrió barrios como El Porvenir, El Picacho, el Doce de Octubre y El Pedregal, llamó la atención la presencia de un carrito piloteado por una misión de la OEA al mando del ciudadano estadounidense Cristopher Halle, que para mayor curiosidad, era la primera vez que se montaba en un vehículo de estas características.
"Nosotros acompañamos a la Mesa de Derechos Humanos en su trabajo y por eso estamos acá en este festival tan exótico", dijo Halle, a quien acompañaban otra jovencita americana y el paisa Luis Fernández, que no expresó susto como copiloto.
A las 10:30 de la mañana, de la carrera 87 con calle 106, empezaron a largar los carros en grupos de tres. Bajó uno que no medía más de 20 centímetros piloteado por un niño de 11 años; rodó Los Simpson, un carro largo que ya es patrimonio de la familia Marín Martínez, y corrieron hasta triciclos.
En la primera curva, 50 metros más abajo, muchos "pegaron pelo" con aparatosas caídas y hasta una señora de nombre Yuli Gutiérrez fue arrollada y perdió el conocimiento, pero en un hospital cercano la volvieron a la vida después de que su familia pasó un tremendo susto.
La comunidad gozó el festival, en el que participaron unos 80 carros de la zona y de toda la ciudad.
Fue un evento emotivo, que le hizo decir a doña Amparo Muñoz que "ojalá la gente pensara más en estas diversiones y no en violencia". Ese era el sentido de la fiesta y tal vez se logró. Fue un día de paz y muchas risas en las lomas de El Picacho.
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