Las películas producidas entre países siempre han sido una opción para hacer viables proyectos que de otra forma se quedarían guardados en un cajón. Además, si un filme pertenece a más de un país, comercialmente tiene las ventajas de exhibirse, al menos, en los países a los que pertenece, con lo que esto implica en términos de promoción y asuntos fiscales.
Por otra parte, los resultados cinematográficos no necesariamente se benefician de las ventajas de la sumatoria de esfuerzos. Ocurre con frecuencia que las exigencias y reglamentación de las coproducciones sean realmente un obstáculo para la solidez y coherencia del proyecto. Y es que cuando algunas decisiones, en términos de equipo técnico, protagonistas, locaciones o contexto cultural, se toman en función de un contrato y no de las verdaderas necesidades de la historia o la intención del autor, es fácil que resulte un producto inconsistente, cuando no un sancocho de acentos e idiosincrasias.
Le ocurre mucho a los países del tercer mundo. Su necesidad por sacar adelante las producciones de una industria que difícilmente existe en un contexto que tiene otros imperativos mayores que el de hacer películas, hace que las coproducciones sean una oportunidad que no se puede desperdiciar. Cuando esto ocurre, se pueden dar dos posibilidades: que el socio del primer mundo venga e imponga su equipo artístico y con ello su mirada de foráneo o colonizador, o que respete la historia y acepte que la iniciativa del proyecto debe tenerla la "casa".
Aunque uno y otro caso pueden atentar contra la mencionada consistencia de la película, el primero suele ser más arbitrario y contradictorio desde nuestro punto de vista, porque aunque se trate de una historia nacional, donde el contexto y la mayoría de los personajes sean locales, si la mirada es desde afuera, con la torpeza propia de los estereotipos y la fascinación por el exotismo, el resultado será un relato y un mundo ajenos al nuestro. Eso es justamente lo que ocurre con Ciudad Delirio (Chuz Gutiérrez ), la película que sirvió de excusa para esta reflexión.
En Colombia no hay mucha tradición de coproducciones. Si bien es una práctica que se ve con cierta frecuencia desde los años 70, no son tantos los títulos que se pueden contar. Hay unos casos que llaman la atención, como cuando Ciro Durán y otros cineastas de México y Venezuela aprovecharon los incentivos del G3, un tratado comercial entre estos tres países que ellos aplicaron al cine, pero con deficientes resultados artísticos.
En los últimos años el sistema de coproducción nos ha permitido ver unos buenos títulos: Contracorriente, Rabia, El arriero, Pescador, entre otros; pero también unas mezcolanzas insufribles: Crimen con vista al mar, Amar a morir o La ministra inmoral. Lo importante en la reflexión sobre este tema, no solo son las cualidades cinematográficas de estos proyectos, sino la discusión de si estas películas que, en términos legales e industriales, tienen el carácter de nacionales, realmente sí terminan siendo colombianas en esos aspectos que verdaderamente definen nuestro cine: cultura, idiosincrasia y realidad, así como la mirada y posición que asumen ante esto.
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