La semana pasada, las bacrim tuvieron su cuarto de hora. Los Urabeños decretaron un paro armado como venganza por el abatimiento de su cabecilla, Juan de Dios Úsuga, alias Giovanny . Sin disparar un tiro, simplemente intimidando a la población con panfletos y mensajes de texto, metieron en una película de terror a Urabá, 16 municipios de Córdoba, Santa Marta, las comunas 13 y 8, el barrio Popular y los corregimientos de San Antonio de Prado y Palmitas, en Medellín.
Los habitantes de estos lugares no tuvieron más opción que encerrarse en sus casas. Recuerdo la voz resignada del gerente de una empresa que sirve a Urabá, anunciando la suspensión de sus servicios. Nada que hacer, los mandamás mostraron públicamente sus dientes. Mientras esto pasaba, el Gobierno buscaba la forma de tomar el toro por los cachos, más con declaraciones que con acciones inmediatas. El presidente Juan Manuel Santos trinó: "los intentos de las bandas por frenar la acción de las autoridades no detendrán la lucha sin cuartel contra estos grupos". 122 caracteres que no quitan ni un solo revólver de las manos de lo los pillos. Luego ofreció recompensas, ordenó el envío de 500 policías adicionales a Urabá, mandó fiscales para judicializar a quienes capturaran y realizó un consejo extraordinario de seguridad en Santa Marta. La pregunta de fondo entonces es: ¿Tomaron por sorpresa al Gobierno?
Nadie niega que la Fuerza Pública ha hecho cosas: capturar y dar de baja a los cabecillas de las bacrim como alias Valenciano, Don Mario, Cuchilloy Giovanny . ¿Esto ha sido suficiente? Definitivamente, no. El paro fue un desafío frontal de las bacrim al Estado y si bien no pasó a mayores, dejó un mensaje claro: "señores, no somos una chichigua". No en vano, el alcalde de Montelíbano, Gabriel Alberto Calle, afirmó que el paro terminaría cuando los Urabeños den la orden de levantarlo. Las aguas se calmaron, pero la gente sabe que la borrasca aparece en cualquier momento.
Lo de las bacrim es cosa sería. Son la mutación de un conflicto que arrancó en la época de la violencia, se volvió guerrilla, derivó en paramilitarismo y ahora, vuelve al bandolerismo. Yo no sé si la solución del problema sea, literalmente, la que propuso el expresidente Álvaro Uribe en su Twitter: "se necesitan operaciones contundentes contra bandas criminales, por ejemplo bombardeos, sin la excusa de que no son parte del conflicto". Alejando cualquier consideración furibista o antiuribista, sus palabras se pueden entender más allá de la beligerancia: apuntan a la contundencia en la lucha, haciendo una mezcla entre el legitimo derecho al uso de la fuerza por parte del Estado y una política de seguridad integral que proteja 24 horas, los siete días a la semana, a la población civil. Buen paso, pero antes, hay que recuperar la confianza de la población. Buen paso, pero hay que tener presente que solo se puede dar siempre y cuando haya presencia permanente y más contundente de la Fuerza Pública. Que se vea la institucionalidad.
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