Observando la cuna de mi diminuto pesebre, hecha con mis manos, cierro los ojos, y me sorprendo de la fugacidad con que percibimos el transcurrir de los días, seguramente, como efecto del desaforado desarrollo de la tecnología y la premura de las tareas, cada vez más invasoras de nuestro reloj.
No es rara por eso la forma escandalosa como se ha disparado el registro de deficiencias cardíacas que quitan la vida a seres humanos cada vez más jóvenes.
Pero con ese fenómeno de "rapidación" crece adherida otra sensación de pérdida de nuestras más sentidas tradiciones: el comercio, año por año, ha afinado la forma sutil para desdibujar el espíritu de la navidad y enfilarnos en sus pretensiones. Unas décadas atrás preparábamos el árbol de navidad y el pesebre para el 16 de diciembre. Hacíamos los preparativos de cocina, agendábamos encuentros de familia, y nos pasábamos, cada día, de casa en casa, recreando el paisaje del abrazo, de la conversación entre amigos y familia, explorando en distintas escenas la acústica de las guitarras, los tiples, los sonajeros y los villancicos.
Cada año, la radio, la televisión y los medios escritos son más precoces para anticiparnos la celebración de la navidad. Y no es inocente que sean los centros comerciales los primeros en ambientar ese espíritu de luces y color. Es una sutil forma de coquetear desde temprano a esos ingresos extras que llegan a nuestros bolsillos.
Como no somos tontos, entendemos que el objeto de ese abusivo adelanto no es el respeto a nuestra tradición, sino el aprestamiento de las registradoras y las tarjetas de crédito, que empiezan a sentir la pulsación más agresiva del año.
Y por supuesto, pasa la navidad, y ese dinero extra, que podría aliviar muchas otras aspiraciones de las familias, se esfuma en las estratagemas que inventa el comercio con promociones seductoras, arropadas con el "Pague dos y lleve tres", "Compre hoy y pague mañana", "Apúntese al madrugón". Entonces gastamos lo que no tenemos.
Lo deseable sería que, a pesar de esta competencia desleal, supiéramos conservar el más genuino sentido de estas festividades, por lo menos en la franja de esos nueve días de pesebre, llenos de pretextos para abrazar.
Es preciso recuperar ese espíritu decembrino que tenía la magia de regresarnos un poco a la infancia, a ese tramo de vida sin complicaciones, de espontaneidad, sencillez y elementalidad, recuperar esas escenas navideñas que nos regresaban a tantos rasgos que no debimos dejar desprender de nuestra humanidad.
Por eso, la razón de mi antojo para que los días que hoy iniciamos sean el pretexto para el abrazo que teníamos guardado, para la sonrisa que retuvo la prisa de cada día, para el gesto suelto que amarraba la censura de la sensatez.
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