Los juegos pirotécnicos estaban a punto de iluminar el cielo cuando su rostro empezó a "retorcerse de una manera extraña". "No pasa nada, ya me ha pasado": fueron las palabras con las que Samantha tranquilizó a un amigo que la escoltaba durante aquel día de la independencia estadounidense. Fue ese amigo, y la gente que como ellos se dirigían hacia el Lago Michigan, los primeros que captaron que algo grave ocurría con esa rubia de ojos verdes que inconsciente convulsionaba sobre una de las plataformas de la línea azul del metro de la ciudad de los vientos.
Después de inducírsele a un coma, el 6 de julio de 2010 Samantha Kittle despertó en el Hospital de la Universidad de Chicago sin recuerdos a la mano. Los médicos le contaron lo ocurrido e iniciaron los exámenes clínicos para determinar la causa de su desvanecimiento. Ella, una joven actriz de la costa este recién llegada a la ciudad, vivió este episodio cuando aún no contaba con muchos amigos en la tercera urbe más poblada de los Estados Unidos.
Quienes preguntaban por el suceso recibían de Samantha una respuesta mordaz. Las risas que provocaban sus ácidos comentarios no escondieron la amenaza del diagnóstico, una vez éste llegó semanas más tarde. La joven actriz que se había mudado a Chicago con el propósito de abrirse paso en el mundo teatral protagonizaría una historia digna de ser contada en Broadway, de donde huyó abrumada por los afanes de La Gran Manzana.
Samantha no dejó su humor, ni aun sabiendo que tenía un tumor cancerígeno alojado en su cabeza. La historia que protagoniza esta joven actriz le da la vuelta al mundo, tal vez porque parece tragedia pero Samantha la hace parecer comedia, una ocurrente ficción. Con su blog A lie of the mind (Una mentira de la mente), esta mujer valiente le cuenta al mundo lo que es vivir con cáncer, mientras se burla de él.
Acto II
"Los doctores no mencionaron que la radiación me daría un bronceado gratis en la frente. ¿Quién necesita bronceador cuando se tiene el bronceado facial más sexy de la ciudad?", escribe Samantha en su blog.
Los gustos -en los que se incluyen los días soleados, las bañeras y el helado-, amores, gatos y amigos, las lágrimas y vanidades de una mujer joven, hermosa y talentosa hacen sus apariciones en el blog para construir escenas cotidianas, a veces dramáticas y casi siempre divertidas. "Si alguien está libre durante el día y quiere venir a mi casa a jugar Scrabble , ¡contácteme por favor! No se te pegará el cáncer y prometo no hablar acerca de mi muerte, pero tal vez pierdas la partida".
El humor negro con el que Samantha habla sobre su parecido con "un niño que tuvo un mal día en su clase de karate", con el que juega a intercambiar pelucas hechas de col crespa, también deja espacio para momentos íntimos, en los que se siente el frío de la primavera en Chicago y la soledad. "Me gustaría estar rodeada de más amigos y simpatizantes. Oigan, lectores, por favor descubran sus tumores cerebrales en un lugar donde tengan toneladas de amigos".
"Hoy me establecí en el Campamento de la Tristeza, donde me podrán encontrar toda esta semana interpretando papales dramáticos, como Samantha llora copiosamente en el baño o le ladra a la gente: '¡no me toques!'", escribió, en un post ambientado por una imagen suya con los ojos encharcados, cuando recibió la noticia de que un tres por ciento del tumor quedó dentro de su cráneo después de una segunda operación cerebral.
Acto III
Para esta escritora y actriz de 26 años, especialista en estudios de género, el humor es un modo terapéutico de afrontar la enfermedad, una válvula de escape y un punto de apoyo para otros pacientes con cáncer que han alentado su escritura. "Yo espero que el blog motive a otros a usar el humor como una forma de lidiar el cáncer", afirma.
"Empecé a escribir stand up (género humorístico) porque inevitablemente terminaba acudiendo al humor cada vez que trataba de explicarle a la gente lo que me había pasado (...) El stand-up parecía algo que podía manejar. Volver el material un blog fue un giro natural", explica. Escribir también fue una manera de hacer un alto en su camino actoral sin desvincularse totalmente de la dramaturgia.
Durante el último año de sus estudios sobre teatro en el Guilford College de Carolina del Norte, Samantha interpretó un rol que, sin saberlo, la marcaría por el resto de sus días. El papel: Beth, una mujer "golpeada tan severamente por su esposo en la obra que sufrió daño cerebral. En escena, ella aprende a caminar y hablar de nuevo". El nombre de la obra: Una mentira de la mente , de Sam Shepard.
Samantha y sus muchos lectores alrededor del mundo esperan que su 'obra' termine con un final parecido. "El tratamiento ha sido agotador. La fatiga es terrible, ¡pero en dos días la termino! Estoy muy contenta. Seguiré en quimioterapia de rutina pero no más radiación", cuenta desde Chicago.
En el blog A lie of the mind , esa especie de tragicomedia en la que Samantha es protagonista y narradora, ella ha consignado también su optimismo. "No puedo creer que haya llegado tan lejos y con buena salud. Después de meses oscuros y de estar asustada, en la incertidumbre, soy afortunada de tener estos resultados finales", escribió en su blog, aquel espacio para la esperanza y el humor donde se hacen pasar las adversidades más fuertes como un juego mental, ficticio, que desafía la muerte con un valiente eslogan: "Los tumores son divertidos, pero no hilarantes".
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