Tarde o temprano; mejor, tarde siempre, porque es en el ocaso de la vida, el ser humano acaba encerrado en una torre del viejo castillo desvencijado que llaman vejez y allí (sea lo que sea para cada uno su inevitable confinamiento: refugio, cárcel, celda monacal, arresto domiciliario, pieza de hospital, cubículo de manicomio, antesala del infierno o preámbulo de cielo) se consuela con los que, tal vez, son los únicos amigos que no dan la espalda nunca: los libros.
Y mucho menos si sus autores ya están muertos.
Lo decía Quevedo en un soneto titulado " Desde la torre ":
"Retirado en la paz de estos desiertos,/ con pocos, pero doctos libros juntos,/ vivo en conversación con los difuntos/ y escucho con mis ojos a los muertos./
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,/ o enmiendan, o fecundan mis asuntos;/ y en músicos callados contrapuntos/ al sueño de la vida hablan despiertos.
Las grandes almas que la muerte ausenta,/ de injurias de los años, vengadora,/ libra, ¡oh, gran don Iosef!, docta la imprenta./
En fuga irrevocable huye la hora;/ pero aquélla el mejor cálculo cuenta/ que en la lección y estudios nos mejora."
Vivir en conversación con los difuntos y escuchar con los ojos a los muertos? Me gusta esta definición de la lectura, sobre todo refiriéndose a los autores clásicos y a los ya muertos, que llena de melancolía el alma de don Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645). Lo recordaba en días pasados al hacer la presentación, en la Biblioteca Pública Piloto, del libro " El último calendario de Franz ", novela póstuma del fallecido médico y escritor antioqueño Jaime León Castaño Arbeláez (1946-2004).
Pues bien. Con esos dos versos de Quevedo en la boca (musitados, recitados, rezados, declamados, cantados, gritados) me encerré en estos días de festejos y celebraciones en honor del libro, el idioma y la lectura, me encerré -digo- en mi torre-biblioteca, para el viejo rito del descarte de volúmenes.
Tristeza porque uno sabe que va a salir de libros que nunca más volverá a leer, o porque simplemente va a echar de la casa a un sinnúmero de huéspedes mudos que nunca pusieron problema, que no dijeron una sola palabra en años.
Conozco esa liturgia. Tardes enteras, noches enteras expurgando. Allí, en las estanterías, los libros viviendo la angustia del desamor último. Algunos, como niños acurrucados e inermes, esperando la sentencia herodiana de ir a parar a una caja de cartón. Otros, erguidos y desafiantes, dispuestos a oponer resistencia. Los de más allá, como resmas de papel momificadas, impávidas frente a su destino final.
Hay el que salta gozoso con guiños de alegría y hace gracias hasta que se ve de nuevo acunado en las palmas de las manos para el rito de la relectura. Y el otro, que esperó pacientemente por años y años para ser leído y casi grita: no me arrojes, no me abandones, todavía no me has hecho el amor de lectura.
A la vuelta de las horas, de los días, uno siente remordimiento. Y entonces, a revisar las cajas de cartón repletas de volúmenes para ir devolviendo unos, estos, aquellos, todos, de nuevo a las estanterías.
Después de tantas pesquisas y peripecias por lograr espacios vacíos y botar papeles, la biblioteca vuelve a ser la misma. Todo ha quedado igual.
Por ahora, viejos amigos, vuelvan tranquilos a sus silenciosos sueños en los estantes.
Yo aquí, en la torre de la soledad de este castillejo deshabitado y mustio de la senectud, mejor me pongo, metido entre sus páginas, "a conversar con mis difuntos, a escuchar con los ojos a mis muertos".
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