Hace días, en un importante hotel de la ciudad observé cómo del lobby empezaron a salir extranjeros muy alborozados que se dirigían a un tradicional bus escalera que esperaba afuera, lleno de chicas casi desvestidas, en medio de un copioso aguacero.
Sin quitar el ojo y con voyerismo, vi cómo mientras subían a la discoteca rodante, esos monos de ojos azules se mezclaban en obscenos manejos con las alegres acompañantes, y bajo una ensordecedora música, casi desprevenidamente inhalaban coca e ingerían licor. ¡Y eso que la rumba no ha empezado! pensé.
La cantidad de extranjeros en Medellín no era habitual años atrás. La ciudad entonces no era atractiva por el tema de la violencia. Hoy, cuando parece haber una mejor percepción de seguridad a nivel internacional, (aún con violencia) se ha podido posicionar la ciudad en aspectos de competitividad, que han permitido la organización de certámenes importantes que convocan gran cantidad de foráneos.
Cerca de un millón de turistas están viniendo a Medellín cada año. Pero detrás de cada convención, evento, o feria internacional, se esconde un poderoso y pecaminoso atractivo para los extranjeros en esta ciudad: el demonio disfrazado de noche, con todo lo que ello implica. Música, sexo, droga y alcohol. Detrimento del tejido social.
El turismo sexual se convirtió en un modelo de negocio serio y altamente lucrativo, que adopta como cualquier empresa, conceptos gerenciales y organizacionales mediante la implementación de políticas, objetivos, normas, públicos objetivo, canales de distribución, estrategias, elementos de mercadeo y marketing; genera una dinamización de la economía local, dado que involucra una alta cadena de abastecimiento y se convierte en un complejo problema de seguridad y orden público, difícil de intervenir.
Hoteles, hostales, agencias de viajes, salas de masajes, restaurantes, discotecas y clubes nocturnos se lucran del sexo turismo. Taxistas, guías turísticos, personal hotelero, comerciantes, redes sociales y demás, ofrecen con propiedad al visitante una robusta agenda de tetas, culos y lupanares, para dar rienda suelta a los deseos carnales.
La prostitución y el sexo turismo son actividades antiguas y características de las grandes ciudades, imposibles de erradicar. Son manifestaciones que convierten al cuerpo humano en mercancía de intercambio comercial.
En la práctica, para que no proliferen estas manifestaciones, en vez de pretender tapar el sol con un dedo, deben escatimarse esfuerzos para impulsar políticas públicas que minimicen los riesgos sociales y fortalezcan las oportunidades de empleo y educación.
Sin embargo, preocupa el silencio de mandatarios y autoridades que denota complacencia frente a los réditos producidos por la oferta y demanda del negocio del apareamiento. Actividad ilegal que arroja muy buenos excedentes, que alcanzan para callar bocas, cegar ojos, realizar cirugías estéticas, penetrar todos los círculos sociales y hacer de Medellín una parada internacional ideal para el sexo.
¿Pero a costa de qué? de menos profesionales y más prostitutas, de la utilización de menores en la trata de personas, de la profundización del negocio paralelo de la droga, del crecimiento económico en detrimento del tejido social, de la mala imagen de Medellín y demás males asociados. ¡Ah! y el oprobio de quienes somos soñadores.
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