Educar es una noble misión que exige abnegación y entrega, que implica una gran responsabilidad. Renovar cada día el entusiasmo y la mística que nos animan en tan maravillosa misión.
Educar es estimular y acompañar un proceso que debe surgir de la individualidad de cada quien, para estimular sus valores y transformarlos en esas cualidades y virtudes que definen una personalidad equilibrada y armónica que se proyecte en una sana relación consigo mismo, con el otro, con la naturaleza y con Dios.
Una interrelación que pueda crear vínculos de fraternidad y sentimientos de respeto por la dignidad de cada ser humano, varón o mujer, y por su derecho a la vida y a la libertad.
Educar en la honestidad y la solidaridad. Educar para el amor, para el trabajo, para la paz. Educadores primeros, por deber y por derecho, los padres de familia; en ese pastoreo que realizan con amor, dando la vida al hijo.
Educar es enseñar no sólo con la palabra? Con el ejemplo y con la vida. Es dar lo mejor de sí mismo. Reconocer la dignidad de cada persona, ayudar a desarrollar sus aptitudes y valores, estimular su creatividad, su sentido crítico, su interés por el mundo que lo rodea y su posibilidad de descubrirlo.
Educar es también enseñar a vivir a plenitud esas dimensiones que nos hacen "persona humana". Educar en valores.
Iniciar y descubrir ese sentido trascendente que tiene la vida humana: Un Dios Padre que nos creó y que nos ama. Un Hijo de Dios, hecho Hombre, que murió por nosotros para redimirnos del pecado. Un Dios Espíritu Santo que nos confirma en la fe y en la vida de gracia.
Aprovechar las grandes celebraciones de la Iglesia para compartirlas en familia y despertar los primeros sentimientos religiosos y espirituales. La familia, primera escuela, iglesia doméstica como la llamó el santo padre Juan Pablo II.
Es en el hogar, en la familia, donde debe iniciarse y continuarse ese proceso de formación de cada hijo. Los jardines infantiles, los colegios, son colaboradores de los padres de familia en esa misión de educar.
En esos primeros años de la vida de los niños, quienes estén complementando el proceso vivido en los hogares deben tener una preparación calificada para cumplir esa delicada misión. Ser capaces de compartir con ellos sus juegos, sus fantasías, su asombro ante el mundo, su pequeño mundo, que van descubriendo cada día. Misión que exige cualidades que nacen de la nobleza del corazón: amor, bondad, ternura, respeto; cualidades que a su vez se despiertan en los niños y que serán pautas de conducta para su futura vida de adultos.
En los colegios y en las universidades, no sólo se deben enseñar las distintas materias de los programas escolares, de primaria, de bachillerato y universitarios: los profesores deben tener una formación ética y profesional para proyectarla a los alumnos y tener principios sobre educación de adultos para no desviar su proceso formativo y saber complementarlo con su palabra, con su ejemplo. La fiesta de la Madre, la fiesta del Buen Pastor, la fiesta del Educador, tienen tantas similitudes en su profundo significado, que podríamos llamarlas la Fiesta del amor que se da, que es don y entrega para generar nueva vida.
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