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El arte de no ser cotidianos

Tres músicos, dos bailarinas. Su forma de ser los diferencia de los demás. Arte que experimenta.

  • El arte de no ser cotidianos | Sergio Rivera, Sergio González y Freddy Navarro son músicos de la Filarmónica. También tienen un grupo de rock, VC4, en el que hacen covers de Apocalíptica. FOTO S HERNÁN VANEGAS
    El arte de no ser cotidianos | Sergio Rivera, Sergio González y Freddy Navarro son músicos de la Filarmónica. También tienen un grupo de rock, VC4, en el que hacen covers de Apocalíptica. FOTO S HERNÁN VANEGAS
01 de marzo de 2014
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Sergio, el de los crespos negros, de apellido González, saca el chelo del estuche, luego la patica, la que se llama pica, y no pasan ni diez segundos desde que el instrumento toca el suelo, y hace sonar las cuerdas con el arco. El otro Sergio, el de pelo largo, también negro pero lacio, el de apellido Rivera, se afana en hacer lo mismo. Se une con su chelo. No es música clásica, como la que tocan en la Filarmónica de Medellín. Improvisan.

Sergio y Sergio son músicos de la orquesta. Llegan con su chelo en los hombros para el ensayo, y después, son los mismos de pelo largo, pero tocan otros géneros, muy distintos. Tienen una banda de rock, VC4, en la que interpretan covers de Apocalyptica y de Metallica.

— Toco en una orquesta de tangos, en un grupo de rock de los 90, con VC4, que es más bien metalero, y con Arcof, que es de investigación sobre música colombiana de compositores del siglo XIX. Todo me gusta. Cuando uno escoge un arte, lo importante es que a uno le guste —dice Sergio González.

Al instrumento, más o menos, le dedican unas ocho horas, y un poquito. Contrastar la música es una manera de diversificar. También tiene que ver con lo que son. Los dos Sergios, desde niños fueron influenciados por el rock. Al de los crespos lo puso a escuchar metal el hermano. Al de pelo liso, la tía.

— Yo creo que todo lo que hago de músicas contrastantes es un complemento —continúa González—. En la Filarmónica es todo el repertorio clásico de orquesta sinfónica, que a la hora de ejecutarlo es muy gratificante, porque son cosas que no son sencillas y que te obligan a estudiar en menos tiempo. Después es encontrarte con una música como el rock, y es abordar el instrumento desde otra forma. Es cambiarse el chip. Si yo hiciera toda mi vida un mismo género ya estaría loco. Estos cambios lo que hacen es hacerlo diferente.

Además es descubrir, como le pasó a Sergio Rivera. Cuando empezó a tocar chelo lo hizo con música clásica. Con VC4 encontró que podía hacer rock con él. Hasta efectos pueden lograr, al mismo estilo de las guitarras eléctricas. La ejecución es la misma, pero cuando es rock, entre más extraño esté el instrumento, mejor suena. Pueden improvisar. En la Filarmónica no.

Eso los hace músicos, precisamente. Aunque no sean los que por tradición la gente se imagina en una Filarmónica. La convención hace pensar en personas elegantes, bien peinadas, muy clásicas. Ni Sergio ni Sergio son lo uno ni lo otro, y tampoco importa. Ni la Orquesta es así.

— Hay muchas personas —cuenta Rivera— que tienen sus trabajos y tienen que ir con cierto corte de pelo. A nosotros no nos exigen eso. Lo que nosotros hacemos es música y no tiene que ver con la apariencia. A los conciertos vamos con uniforme, como debe ser.

— De hecho, si te fijas —relata González—, no solo somos nosotros los del cabello largo. Hay más músicos. Como el arte es tan libre, uno se expresa con el instrumento. Ya es muy normal ver a un artista con el pelo largo, con tatuajes, con piercings. Uno siempre que ve a un peludo en una orquesta siente que está entre familia.

Hasta el chelo se adapta. En la banda de metal el instrumento pasa de la música clásica al rock. El interés es, exactamente, romper las formaciones tradicionales con elementos clásicos.

No importa entonces si hay piercings o tatuajes o si después se van a tocar música colombiana. Freddy Navarro, que también toca el chelo, que también es de VC4, no tiene el pelo largo.

— La apariencia o el tipo de música que te guste no te encasilla. Lo que uno hace con el rock y con la orquesta le ayudan a enriquecerse musical, melódicamente. Es complemento.

Un baile diferente
Isabel Pérez Lopera baila. Mueve las manos, mueve la cintura. Se mueve, toda ella. También los crespos del afro se le mueven con la música. En el pie se ve un tatuaje. Una pluma.

De los 24 años que tiene, 21 ha bailado, que es casi toda la vida. Estudió cinco semestres de Economía y se retiró, por bailar. Luego estudió otros cinco de Mercadeo y se retiró, por bailar. Ahora decidió que no iba a estudiar más de eso. Ella es bailarina y por ser bailarina ha hecho sacrificios. Muchos.

Isabel estuvo en el Ballet Folklórico de Antioquia durante varios años. Las reglas son claras. El cuerpo sin una raya, el pelo largo, y como ese era su sueño, en ese instante, ella fue así. O casi: se hizo en la pelvis una rosa negra del África, de un tamaño exacto que ni el vestido del mapalé, que es uno de los que más muestra, se lo dejara ver.

— Todo depende de donde estés. Un tatuaje en una bailarina de ballet clásico se ve raro, pero en una de danza contemporáneo, no tanto. Me hice la flor para aceptar mi raza. Cuando era niña le decía a mi mamá que me lavara con esponja.

Dejó el Ballet Folklórico y ahora está en Malas Compañías, es profesora y una exploradora más. Tiene tres tatuajes, se cortó el pelo y sus crespos se desordenan en un pequeño afro. Cuando era niña le decían repollo.

— Realmente esta es mi personalidad. Cumplí un sueño, pero uno siente que quema etapas. La danza es gigante y hay muchas cosas para hacer.

Su tercer tatuaje es la palabra Fortaleza. Una manera de recordarse que cuando se cierran las puertas se abren otras. Para ella, siempre bailando.

Igual para María Claudia Mejía. No tiene tatuajes, pero no es una bailarina cotidiana. Por lo menos en el tema. Le interesan los espacios no convencionales.

— Empezar a explorar otras opciones del movimiento. La danza en espacios no convencionales es hacerla en techos, en cocinas, en espacios que no fueron pensados para ello.

Su primer proyecto fue en las estaciones del metro. Danza ciudad, el boceto. Después bailó en México, también en las estaciones, y su propuesta más reciente fue el de Besos en el parque. Se le ocurrió mientras esperaba que su padre se fuera. Estaba en el Hospital San Vicente y en esas esperas largas de la muerte, miró por la ventana y vio la silla y vio esa pareja que se besa, que danza.

El tema no es raro en el mundo, pero sí en Medellín. Muy pocos lo han hecho. Quizá ahora, que María Claudia tiene un curso de espacios no convencionales en el pregrado de danza de la U. de. A, sean más.

Tampoco son comunes las otras dos mezclas de esta profesora, directora del grupo Malas compañías. Estudió Comunicación, y lo dejó por la danza. El teatro es el otro contraste.

No es lo mismo hacer danza que hacer teatro, pero se pueden juntar. Ella lo hizo primero en el Matacandelas, como profesora y coreógrafa, con la obra de Las danzas privadas, y ahora lo hace con La hora 25 y su Hamlet en los tiempos del ruido.

— Yo me alimento del teatro y ellos se alimentan de la danza. Es el cuidado del cuerpo. No hay un solo movimiento que no tenga que ver con la mirada.

Del rock a la música clásica. De la música colombiana al tango. Del pelo largo al esmoquin para el concierto. Del afro que se mueve al bailar al pequeño tatuaje. Del teatro a la danza. A veces hay espacios que fueron, estrictos. Todavía hay espacios que son estrictos. Siempre, de todas maneras, hay unos que son distintos, casi bichos raros. Eso, no obstante, más que diferentes, los hace contrastar y explorar.

— La esencia —termina Sergio Rivera — es lo que lleva uno por dentro.

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