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EL BURRO Y EL BUEY, ¡NI FALTA QUE HACEN!

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    EL BURRO Y EL BUEY, ¡NI FALTA QUE HACEN! |
24 de noviembre de 2012
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Uno de los recuerdos que no se borra de la memoria de nadie es la celebración de la Navidad, que empezaba el siete de diciembre y se acababa el seis de enero. No iba de septiembre a febrero, como ahora.

El primer paso era salir de excursión, en gallada familiar, a conseguir un chamizo para después hacer un árbol forrado en algodón que quedaba espantosamente feo. Generalmente se "sembraba" dentro de un tarro de galletas y de sus ramas colgaban unas serpentinas de colores brillantes en forma de espiral que jamás dejaban de dar vueltas. Las bolas eran pocas y tan frágiles como la cáscara de huevo, en diversos tamaños, formas y colores, con mayoría de rojas, verdes y doradas.

La adrenalina empezaba el siete. En las casas más pudientes desempolvaban las instalaciones de luces para las ventanas, todo un lujo, aunque nunca funcionaban de un año para otro. La actividad principal, después de prender las velitas a la Virgen, era recoger la esperma para hacer con ella unas bolas gigantes que de nada nos servían después. No podía faltar "la candelada del diablo", con los consabidos regaños de los mayores por el peligro extremo que esta actividad representaba para los pequeños.

Con el encendido de los alumbrados se daba inicio oficial a la temporada de Navidad y la fecha era tan inapelable como el fallo de La Haya. Ahí no había Madonna que valiera para prenderlos antes, ni Colombiatex que los hiciera dejar encendidos hasta febrero.

El 16 era un día feliz. Significaba que podíamos hacer el pesebre y que el Niño Jesús ya venía en camino con todos sus regalos.

Los "santicos" podían ser de barro, de hilachas o de la porcelana más costosa. La base de papel encerado, de aserrín o de musgo si alguien se había atrevido a atentar contra el planeta para lograr el olor tradicional. Sobre ella poníamos ovejas y pastores, patos nadando en un lago simulado sobre una superficie forrada en papel celofán, marranos, gallinas y no estorba un mico atravesado; casitas de cartón, piedras y cardos.

Todo cabía en nuestro pesebre y nos tenía sin cuidado que hubiera en él elementos "post" que no concordaran con el momento histórico que intentábamos representar.

Eran nueve días muy largos, hasta el 24, con una ansiedad inmanejable. Las novenas eran la excusa perfecta para refrendar los lazos familiares y de amistad en torno al nacimiento de Jesús. Ahora tienen un sentido más rumbero que espiritual, pero la intención sigue siendo válida.

Más allá de la connotación religiosa, el pesebre es un homenaje a la familia y un símbolo que nos invita a mantener vivo el compromiso, a no dejar que el amor filial se extinga y a que no desaparezca el vínculo sagrado entre los miembros que la conforman.

De ser capaces de construir para nosotros, aun con nuestras humanas imperfecciones, el entorno cálido, afectuoso y fortalecido de la Sagrada Familia, habremos recibido el mejor traído de la vida. Lo demás son arandelas. Y la discusión sobre el burro y el buey, una soberana pendejada.

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