El secuestro es una práctica abominable. Pese a los esfuerzos de las autoridades por erradicarlo, continúa generando dolor en Colombia y ensombreciendo la imagen de nuestro país en el exterior. Por épocas parece ceder, pero casos como el plagio de una niña en Fortul (Arauca) nos vuelven a recordar la persistencia de esta plaga que no hace distinción de edad ni de condición social entre sus víctimas.
Ante cualquier tipo de plagio, sea extorsivo, político o secuestro simple por múltiples causas, la sociedad colombiana no debe resignarse nunca o tomarlo como algo natural, fruto de nuestro conflicto interno o de falencias sociales. Por el contrario, cada caso, así sea uno entre muchos, y aunque haya unos más visibles que otros, debe convocar la solidaridad y la movilización de voluntades para rechazarlo, hasta que Colombia deje de figurar entre las naciones del mundo más azotadas por este flagelo.
Por eso, el país sigue con estupor las circunstancias que rodean el secuestro de Nora Valentina Muñoz, hija del alcalde de Fortul, una población localizada a media hora de la frontera con Venezuela, donde hacen presencia guerrilleros del Eln y las Farc, y grupos delincuenciales dedicados al comercio ilegal y al narcotráfico.
Aún no están claros para el país quiénes son los autores del secuestro y los motivos de la retención de la niña, si bien su padre ha tenido comunicación con sus captores y muy seguramente sabe ya de sus oscuras pretensiones. ¿Es la guerrilla y esta lo niega ante la reacción que ha despertado su secuestro? ¿Es algún grupo que exige del Alcalde una retribución especial en esta convulsionada región petrolera? ¿Se trata de alguna venganza contra el funcionario por el control al comercio fronterizo?
Independiente del motivo y de quiénes sean los secuestradores, la desaparición de la niña de 10 años ha generado expresiones de rechazo a todo nivel. Sus vecinos se movilizaron ayer con camisetas blancas para exigir su liberación. El Presidente Santos prometió "perseguir (a los secuestradores) en donde estén". También el papa Benedicto XVI "reza por la inmediata liberación de la niña y de todas las personas que están secuestradas en Colombia". Atentados contra la niñez como el que representa el secuestro de esta menor son "un acto deplorable que viola de manera flagrante los derechos humanos", según la categórica advertencia hecha por la Organización de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).
El secuestro de niños tiene que terminar. En lo que va corrido del año han sido retenidos contra su voluntad 29 menores, según el Gaula de la Policía. De acuerdo con la Fundación País Libre, en los últimos 10 años fueron secuestrados 1.900 menores en Colombia.
El mensaje que nos deja este hecho, que por supuesto rechazamos, es que tenemos que hacer esfuerzos más notables y permanentes para proteger a los niños y velar por sus derechos. Siendo muy grave su secuestro, pues tipifica además como delito de lesa humanidad en cuanto a desaparición forzada, los ataques a la niñez son de toda índole y preocupan en grado sumo.
Apenas hace unos días la ONU advirtió sobre el trato que reciben las mujeres como "trofeo de guerra". La mayoría de ellas son menores, entre los 14 y los 18 años, sometidas al maltrato físico, sexual y emocional por diversos actores armados. Y según el Informe Forensis 2010, de Medicina Legal, en ese año, 1.248 niños terminaron su vida de forma violenta. Es decir, tres cada día.
Sin duda, el país tiene que unirse en torno a sus niños y rechazar en forma solidaria y contundente toda violencia ejercida contra ellos.
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