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EL NARCISISTA

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17 de diciembre de 2013
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¿Vendrá el nominado embajador de los Estados Unidos en Colombia, Kevin Whitaker, a pisar tan duro como lo hizo en su papel de virrey el señor Myles Frechette en la época del presidente Samper?

Podría ocurrir lo mismo, cuando se evidencia la timorata protesta de la Canciller colombiana ante la intervención del señor Whitaker en asuntos internos de decisiones jurídicas tomadas por el procurador Ordóñez contra el alcalde Petro.

El pronunciamiento de la cancillería colombiana fue subestimado por pusilánime. El gobierno norteamericano respaldó al lenguaraz embajador. Le dio el aval para que venga a decir lo que se le ocurra en una nación que hace buen tiempo ha venido perdiendo su soberanía y dignidad.

Guardábamos la esperanza de que el presidente Santos elevara su voz de protesta por aquellas afirmaciones de Whitaker, en la misma forma como lo hizo con el delegado de la ONU en Colombia. Este había pedido cuentas –arrogándose funciones de las cuales carece– al procurador Ordóñez sobre los alcances del fallo contra Petro. Exigía revisar el expediente levantado contra el narcisista y marrullero alcalde.

Santos se tragó la lengua. ¿Por qué su silencio? ¿Quizá por desquitarse del procurador por su visita a la Corte Penal Internacional, a manifestar sus dudas sobre la impunidad que se podría venir en la firma del proceso de paz? Con este silencio presidencial, ¿se podría protocolizar el hecho de que en Colombia no solo se estrujan sus órganos de control sino que se carece de liderazgo para defender los derechos y determinaciones autónomas internas?

Se entiende el papel del entonces embajador Frechette en época de Samper. El país estaba conmocionado por el escándalo de los dineros de la mafia que entraron a su campaña electoral y que dio origen al proceso 8000. Era un gobierno débil sometido a toda clase de irrespetos.

Pero ahora las cosas son algo diferentes. Hay un presidente al cual recibe el Jefe de Estado norteamericano. Existe fluida interlocución que no existía en el descertificado cuatrienio de Samper. Bien podría Santos haberle planteado a la Casa Blanca que el señor Whitaker no sería bien recibido y en consecuencia Colombia no estaba en disposición de otorgarle el beneplácito. Habría sido una posición digna, que no solo lo enaltecería ante la diplomacia internacional y el país en general, sino que podría hasta haberle sumado algunos puntos para afianzarse en las encuestas que hasta hoy lo dan como ganador de las próximas elecciones presidenciales.

Si parece exagerada esta petición, no es sino comparar con lo que podría suceder en caso de que un embajador colombiano antes de pisar tierra gringa, opinara que es deplorable para la justicia americana que aún no se haya podido establecer el crimen del presidente Kennedy. Seguramente desde la Casa Blanca se le fulminaría y allí su carrera diplomática se malograría.

Cabe entonces preguntar, ¿iremos con esta actitud apocada del gobierno colombiano a repetir la misma cadena de indignidades que nos ha llevado con el tiempo a la pérdida de Panamá, parte de la Amazonia, de Los Monjes con Venezuela y de miles de kilómetros cuadrados con Nicaragua? ¿Dejaremos que el señor Whitaker llegue a trapear como otro virrey con el decoro del ya ajado pabellón nacional?.

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