Soy el rey de la soledad en este inmenso estadio invadido por la orfandad de voces que ayer gritaban madrazos en contra del equipo contrario o entonaban cantos heroicos exaltando triunfos surgidos de guerras atravesadas por goles, banderas multicolores y uñas comidas partido tras partido.
La pregunta que me hago es inevitable: ¿Inspira más temor un estadio lleno o uno vacío? Es curioso, pero participar en este choque que se juega sin público, con las tribunas pobladas por fantasmas sin divisa, me estimula a correr con más fuerza y seguridad; ya no le temo a la piedra que tiene mi humanidad como objetivo, ni a la putiada de otros domingos, cuando el equipo perdía o cuando yo salía corriendo por el extremo derecho para auxiliar a mi compañero, sometido al concierto de patadas del matón del otro cuadro. Sí, es verdad, me siento el rey de la soledad.
Y cuando meto otro carrerón estando en la pista atlética y me veo volando en libertad, recorriendo el escenario de un lado a otro, me reafirmo en mi convicción de que soy el rey de la inmensa soledad, igual que la emisora HJCK, la de don Álvaro Castaño Castillo, era la estación radial de la inmensa minoría.
Y ello es tan cierto que cuando mi equipo hizo gol en medio de ese silencio atronador, me despojé de mi uniforme y me fui a la tribuna rival, y a todos esos fanáticos ausentes les enrostré la conquista alcanzada, tanto o más importante que la derrota que les asestó Leónidas a los persas en las Termópilas. Los reté para que hablaran y agitaran sus trapos... respuesta de sepulcro. El juez central fue quien me sacó del ensimismamiento al mostrarme la tarjeta roja y mandarme a lo alto del hormigón cargando mis escasas ropas.
Y no obstante saberme y sentirme el rey de la soledad de un país de 50 mil súbditos, sin contar poblaciones vecinas, una pequeña duda me carcomía y me obligaba a preguntarme si acaso se disfrutaba más y mejor el triunfo, teniendo uno que aguantarse a esos aparecidos que siempre están allá arriba de la tribuna -y ahora al lado-, capaces de vestirse con colores más que ordinarios y, además, de seguir hasta el final a un equipito de cinco pesos que no le gana ni a una selección de periodistas con artritis diagnosticada.
Presenciando ahora desde arriba y sólo para mí ese partido descubrí, por una parte, que mi lugar como utilero (1) está es abajo, con mi agüita milagrosa, mis linimentos y mis manos mágicas y, por otra, que ser el rey de un estadio sin hinchas es como vestirse de capitán para navegar en el mar de las lágrimas.
¡Cambio mi trono de soledad por la hostil compañía de un fanático rival!
(1). Homenaje a este personaje del fútbol, protagonista de "Relato de un utilero", cuento de Roberto Fontanarrosa.
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