Solo cuando un dragoneante entró al despacho del nuevo director a entonar la mala nueva, Fabián Ríos comprendió por qué ese día misteriosamente nadie había llamado a la cárcel: "Mi Mayor, nos cortaron el teléfono".
Como hacía siete meses no se pagaba la cuenta, el jueves pasado no salió ninguna llamada del establecimiento ni entró alguna de los familiares de más de 7.000 internos a pedir la cita para la visita del fin de semana.
"¿De quién es la culpa?- preguntó a varios guardianes- ¿A quién se le olvidó siete veces pagar los servicios?". Todos presumieron de su inocencia y se concedieron a sí mismos el derecho a guardar silencio. Solo uno acotó: "Mi Mayor, no hay con qué pagarla, el presupuesto del mes ya se acabó".
Trayectoria
Desde niño trabajó como asistente de arriero cuyabro, acompañante de bus, voceador de prensa, cargador de maletas y vendedor de loterías en Armenia.
Antes de que le dijeran 'Mayor' o 'Capitán' le llamaron 'Pancito' porque solo comía parva caliente cuando ingresó a la escuela de cadetes de la Policía.
Ahora bien, cuando le cojan confianza en la cárcel Bellavista podrían apodarlo 'Tintico' porque toma una docena diaria para que no le pesen los párpados entre las 6 de la mañana y 12 de la noche durante su jornada carcelaria.
A lo largo de 18 años en la Institución, salió invicto de las comunas de Medellín cuando en los años 90, Pablo Escobar habría dado la 'ñapa' por la cabeza de un teniente como él.
Sobrevivió al atentado de piratas terrestres cuando cinco disparos perforaron su cuerpo. Asistió a los funerales de sus hombres cuando la guerrilla diezmaba el equipo que lideraba en Zaragoza.
En Valledupar rechazó las cartas de invitación de un comandante del Ejército que, en compañía de paramilitares, lo convidaba a participar de masacres.
Aceptó su primer trabajo en la prisión en 2002, cuando llegó a Cúcuta a ocupar el puesto que dejaba el director recién asesinado. Después lo trasladaron al establecimiento de Villavicencio y luego al penal de su tierra en el Quindío.
Era el anfitrión de una prisión que albergaba, como mucho, a mil reclusos. El patio más hacinado era de 320 hombres y no de 1.500. Las riñas eran por regionalismos entre paisas y no por retaliaciones entre bandas.
Y lo que más reclamaban los internos en aquel entonces en la cárcel de Peñas Blancas, no era comida ni salud, sino venganza. Querían que a Garavito lo sacaran de su celda y se los llevaran al patio.
"Usted verá", le respondió su esposa cuando le consultó si aceptaba o no el puesto. Y desde hace un mes cuando miles de hombres le quitan el tiempo que le dedicaba a una familia, su señora no disimula los celos que le tiene a Bellavista.
"Ella dice que soy hiperactivo- cuenta el Mayor Ríos- Cuando estaba en la casa yo no sabía qué hacer, no podía quedarme quieto, me iba a lavar el carro, a hacer el aseo, a desbaratar y armar aparatos".
Ahora vive solo en Bellavista en una casita vecina al pabellón de máxima seguridad, a un minuto de su oficina. "Para qué iba a traer a la familia a encerrarla acá, preferí dejarla en Armenia en libertad".
Quién lo creyera, pero se entretiene calificando la conducta de los miles de reclusos. Autorizando o rechazando el ingreso de pastores, monjas, voluntarios y abogados. Sancionando a visitantes, reprendiendo a funcionarios, recibiendo quejas, insultos y reclamos.
Esta semana tenía dos bloques de papeles en su escritorio. Necesitaba contestar 60 tutelas para que los jueces, por incumplimiento y desacato, no le profirieran una orden de arresto. "Lo que me preocupa es la multa que me pongan y no los cinco días de cárcel porque aquí me mantengo".
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