El 14 de junio de 1982 una multitud indignada colmó la Plaza Mayo y se agolpó frente a la Casa Rosada, la sede presidencial argentina, para protestar por el alto al fuego en la guerra de las Malvinas, que los argentinos estaban ganando, según decían el gobierno y la prensa.
Aquellos exaltados ciudadanos habían encontrado la noticia deseada e interpretaban que la guerra debía seguir hasta la victoria final. Aunque los hechos eran otros y el honor nacional estaba saliendo mal librado en la guerra contra los ingleses, la lectura que los argentinos hacían era la que ellos querían hacer, guiados por sus deseos, por el gobierno militar y por una prensa que reproducía dócilmente la información oficial. Como decían los cabalistas: "la interpretación es más significativa que lo que se dice".
El campo de lo interpretable es amplísimo: los gestos del otro, sus palabras, el tono de su voz. Se interpretan las acciones, también las omisiones, se interpretan la música, las obras de arte, las leyes, las fórmulas médicas, las cartas y el significado de las llamadas perdidas en el celular. El ser humano es un incansable intérprete y vive de interpretarlo todo porque es su forma de guiarse entre la maraña de los hechos.
Y a fuerza de hacerlo, ha aprendido que solo hay una segura interpretación cuando el intérprete se atiene rigurosamente a los hechos, gústenle o no, y que una mala interpretación puede ser catastrófica por desorientadora.
Por eso la buena interpretación debe hacerse a distancia de los afectos o desafectos, de las adhesiones o de los rechazos emocionales.
Esta columna hizo la semana pasada la propuesta de dejar a un lado los partidismos para examinar unos hechos relacionados con el gobierno del presidente Uribe.
Los lectores que reaccionaron ante la invitación y el contenido de la columna, incluidos cinco cuya carta destacó este periódico, demostraron que hoy por hoy está perdida la capacidad de interpretar porque predomina, en cambio, la proclividad a una apasionada combinación de defensa y ataque como respuesta a los hechos.
Defensa del Presidente y ataque a quien ose criticarlo.
Cualquier intento de examinar los hechos, de escudriñar la relación que existe entre ellos o su naturaleza, tropieza con una pugnacidad y beligerancia que descartan todo intento de racionalización. Como los encolerizados manifestantes argentinos que solamente querían entender que Argentina estaba ganando en las Malvinas, y que rechazaban como antipatriótico y contrario al bien de la nación cualquiera otra versión, aquí la sola propuesta de examinar unos hechos tuvo su peculiar interpretación: "envenenamiento contra el Presidente", "oposición destructiva", "animadversión enfermiza", "ataque sistemático", "negativa contraevidente de un excelente gobierno".
Sin embargo, los hechos estaban y siguen ahí, escuetos, disponibles para la interpretación, aunque al cabo del incidente se los ve cubiertos por una espesa fronda de adjetivos y de exaltadas apologías.
Lo que distingue a las democracias de los regímenes totalitarios es que en estos predominan la propaganda y la apología, mientras en las democracias se analiza e interpreta con serenidad.
El respeto por la opinión discrepante, la libertad para interpretar, el examen frío de los hechos, son síntomas de buena salud democrática.
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